IZQUIERDA, DERECHA Y PROGRESO
El progreso humano como idea política proviene de la Ilustración, del siglo XVIII, cuando se elabora la creencia de que el desarrollo de las ciencias tendrá como resultado el bienestar social. La difusión del conocimiento –objetivo de los enciclopedistas- servirá para eliminar los obstáculos físicos y psíquicos que se oponen a la felicidad. Condorcet concretaba el progreso en una creciente igualdad entre las naciones, la eliminación de las diferencias de clase y una mejora moral general. La idea de progreso se contrapone a la de conservación de un orden natural –o divino- establecido e inmutable; se cree que el ser humano puede dominar la naturaleza mediante los avances técnicos y que puede reformar la sociedad para hacerla más justa.
La Revolución Francesa recogerá esas ideas en el lema "libertad, igualdad, fraternidad". La colocación de los diputados en la Asamblea Nacional dará origen a la distinción entre derecha e izquierda; los primeros son partidarios de mantener el orden establecido –la Monarquía absoluta- y los segundos de cambiarlo según las nuevas ideas liberales. Los revolucionarios más radicales, los jacobinos, pondrán el acento en la igualdad, incluso en un sentido de igualación social entre pobres y ricos.
La revolución liberal será capitalizada por la burguesía, que pronto la encauza a posiciones más conservadoras. La influencia del liberalismo británico –vinculado al nacimiento de la economía política- hace identificar progreso con desarrollo económico, entendido como extensión de la revolución industrial y del sistema de producción capitalista. Y el industrialismo se liga pronto ideológicamente con la idea del mercado, el individualismo y la libre competencia. Se supone que las leyes del mercado son imprescindibles para ordenar la economía; la búsqueda del interés egoísta por cada empresario es el motor del progreso.
Hecha la revolución –a lo largo del siglo XIX se completa en casi toda Europa- y tomado el poder por la burguesía, ésta se reconcilia con la monarquía y con la aristocracia estableciendo un liberalismo conservador basado en la idea de libertad limitada –libertad de empresa-, derecho de propiedad y sufragio censitario. Los conservadores ocupan la derecha del espectro político porque defienden el orden social y político establecido. Frente a ellos se sitúa la izquierda, las fuerzas que critican el sistema y quieren cambiarlo: liberales progresistas, demócratas, republicanos, socialistas y anarquistas. Los valores que reivindican son libertad, igualdad y justicia; es la exigencia de igualdad real, y no solamente la igualdad formal reconocida en las leyes pero desmentida por la brecha social y económica producida por el sistema capitalista, lo que caracterizará principalmente a la izquierda. El movimiento socialista criticará al capitalismo como contrario al ideal de progreso humano porque su lógica lleva a la división de la sociedad en clases antagónicas, propietarios y proletarios, explotadores y explotados. La lógica capitalista –acumulación incesante de capital- se muestra contraria al primitivo objetivo de lograr la felicidad del género humano. La mayoría de la población –los que no son propietarios de los medios de producción- se ven condenados a una vida dura y sacrificada. Por eso la izquierda vincula la idea de progreso con la de reforma económica y social, y no sólo con la industrialización y el aumento de la producción de bienes; y frente al egoísmo individual propugna la solidaridad como su motor.
Hasta bien entrado el siglo XX la derecha no tiene inconveniente en reconocerse como tal; predica la conservación del orden y de la propiedad, e incluso teoriza sobre la importancia de la tradición para vertebrar la sociedad. En la II República española funda la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas). Pero a partir de los años 40 la derecha empieza a renegar de esa denominación; quizás por el desprestigio de las dictaduras de derecha y la extensión, aunque a veces sea formal, de las ideas democráticas –más igualitarias-; quizás porque el capitalismo avanzado –centrado en el consumo y ya no en la producción- necesita fomentar la idea de cambio constante –cambio tecnológico- y requiere, a partir de la crisis de 1929 y de las ideas de Keynes, de un Estado social, que asegura cierto nivel mínimo de vida –de consumo- a todos los ciudadanos y un clima de paz social. La derecha hoy no quiere ser derecha, aunque siga defendiendo el orden establecido; por ello predica a la vez dos tesis incompatibles entre sí: que ha perdido sentido la distinción entre derecha e izquierda, y que ellos son de centro (¿el centro de qué, si no hay izquierda ni derecha?). Y se apunta a la idea de progreso; la derecha quiere ser considerada progresista, y para demostrarlo predica el permanente crecimiento económico (expresado en términos macroeconómicos), principal y mutilada concepción que tiene del progreso. Crecimiento económico que sigue vinculando a las ideas de propiedad privada, competencia y libre mercado, matizadas con políticas sociales que permitan mantener el orden pero que deben ser recortadas en cuanto pongan en peligro a aquéllas (resumidas hoy en la mágica expresión de competitividad). La derecha, esto es, los grupos socialmente más favorecidos interesados en mantener el orden social, ha asumido que para sobrevivir es necesario introducir ciertas reformas puntuales, y se ha acostumbrado a fagocitar en provecho propio las propuestas de la izquierda; ha asumido la democracia, el Estado social, la idea misma –aunque limitada- de igualdad real. La derecha económica tiene hoy una especial habilidad para mercantilizarlo todo, incluso la crítica del sistema; hoy se incorporan al marketing la ecología, los derechos humanos, la solidaridad internacional, el bienestar social. Las multinacionales son especialistas en presentarse como entidades benéficas e impulsoras del progreso, todo en beneficio de su cuenta de resultados.
La izquierda sigue reclamándose como tal, porque sigue criticando la desigualdad existente en nuestra sociedad. Porque la Tierra sigue poblado por pobres y ricos (mucho más de los primeros) y la diferencia entre ellos en vez de disminuir aumenta. Y aunque dentro de unos pocos países (como el nuestro) la mayoría de la población tiene un nivel de vida aceptable, que es tanto como decir que puede aspirar a aquella felicidad perseguida por la Ilustración como medida del progreso, hay amplias minorías condenadas a la pobreza y a la exclusión social. La izquierda sigue criticando la idea de que las leyes del mercado sean suficientes para regular la economía y exige la intervención pública para distribuir equitativamente los bienes y los servicios, y hoy también para planificar un desarrollo sostenible que no acabe por destruir el planeta. Y se reclama progresista porque entiende que el progreso no es solo crecimiento económico sino también crecimiento humano, lo que exige reformas sociales siempre encaminadas a una sociedad más justa, que es tanto como decir más igualitaria en el disfrute de los derechos. La izquierda trabaja en todos los campos donde se produce desigualdad: entre ricos y pobres, entre hombres y mujeres, entre jóvenes y adultos, por motivos de raza, lengua, religión, nacionalidad, orientación sexual; denuncia los nuevos motivos de discriminación que se producen por el desarrollo económico (es decir, afirma el progreso humano frente al mero progreso material) y propone nuevas respuestas de transformación social.
A la estela de la izquierda aparece a veces el izquierdismo, al que Lenin calificó de enfermedad infantil del comunismo. Consiste en una actitud de rechazo sistemático de las estructuras sociales y políticas y una negativa a participar en ellas mientras no llegue la revolución que las transforme totalmente. El izquierdismo adolece de renunciar a la acción transformadora de la sociedad para acomodarse en una posición sectaria; característico de las sectas es vivir en la certeza de estar en la verdad, lo cual les lleva a encerrarse en sí mismas y evitar el contacto con la sociedad impura que les rodea.
Si el discurso político (y más en períodos electorales) lleva frecuentemente a confundir izquierda y derecha, izquierda con izquierdismo, y progreso social con desarrollo económico, la confusión se incrementa con las fuerzas políticas que practican el populismo o el nacionalismo. Ambas actitudes tienen en común la exaltación de una parte de la sociedad, la que realmente representa al pueblo y que encarna las virtudes que deben defenderse. La exaltación puede referirse a las sociedades agrarias primitivas, puras y sencillas, no contaminadas por el mundo moderno, idea básica del primer populismo (visión elaborada por Rousseau, que tuvo una especial interpretación en la Rusia decimonónica; el populismo ruso, a través de Plejánov y Lenin, tuvo mucho que ver con la revolución bolchevique), o simplemente al pueblo contrapuesto a los que ejercen el poder, que por eso mismo han dejado de ser pueblo; o a quienes mantienen las características nacionales de lengua, raza o religión frente a las influencias extranjeras. El populismo y el nacionalismo, por mucho que a veces se tiñan de progresismo, presentan serias contradicciones con el ideal de igualdad. Aunque presentan al pueblo como un todo, en la práctica tienden a dividir la sociedad en grupos diferentes (según se acerquen más a los criterios de pureza popular o nacional), y a derivar los derechos no de la condición de ser humano o ciudadano sino de la pertenencia al sector social correcto. La igualdad entre las personas suele quedar en segundo plano ante un sujeto superior, el pueblo o la nación, en cuyo nombre pueden sacrificarse los derechos individuales (hasta matar o morir por la patria, con la tumba del soldado desconocido como máximo símbolo de la nación). Por otro lado, la idea de progreso social suele ser difícilmente conciliable con las ideas de conservación de la sociedad tradicional y rechazo del mundo moderno implícitas en las tesis populistas y nacionalistas.
Hoy el progreso, como la libertad o la democracia, figura en el programa de todos los partidos políticos. Pero el ciudadano que tiene que elegir entre esos programas hará bien en preguntarse por la idea de progreso que se le ofrece.
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