INDÍGNATE CON LOS SANFERMINES
Ya estamos a punto de acabar con estas
fiestas y la fiesta a punto de acabar con nosotros. Otro año más hemos caído en
la trampa, esa que nos tiende el sistema cada seis meses para tenernos
embobados y distraídos de la realidad. En diciembre con las navidades, en julio
con los sanfermines, en ambos casos se trata de formular buenos deseos al
prójimo y de ser artificialmente felices, en invierno de forma más recogida y
hogareña, que hace frío, en verano de forma más bulliciosa y alborotada
desparramados por la calle, pero por supuesto siempre gastando y consumiendo
que es el fin último de la vida humana. Hace tiempo que de las navidades se
apropiaron los comerciantes y, sobre todo, los grandes almacenes y las grandes
superficies, y poco a poco van haciendo lo mismo con los sanfermines. De
momento les vamos adjudicando el patrocinio de algunos espectáculos, es
cuestión de tiempo que les entreguemos todo y que algún día el chupinazo lo
tire el consejero delegado del Corte Inglés. Que por otro lado sería una vuelta
a los orígenes, todo esto empezó como una feria de mercaderes y sólo siglos
después se le añadieron los actos en honor de San Fermín trasladados desde el
gélido octubre.
Gracias
a que a estas alturas tenemos los huesos doloridos y el píloro irritado nos
damos cuenta del engaño en que hemos caído a partir del día seis, por otro lado
el de todos los años. Nos hemos desentendido de lo que pasa en el resto del
mundo y de lo que nos viene después de sanfermines y nos hemos dedicado a ir
soltando dinero por todos lados como si fuéramos de la familia Rockefeller, o
peor, que habría que ver si un Rockefeller aceptaría pagar lo que pagamos por
una almohadilla en la Plaza de Toros, un cubata en la calle Olite, unos churros
en las barracas, unas rabas en la plaza del Castillo, un bocata de E. coli con
bacon en la calle Jarauta o un chirimbolo luminoso a un chino en cualquier
parte. Decidido, nunca más.
En
fin, que ya falta menos.