INDÍGNATE
Sí, vale, se supone que los sanfermines son
para estar de fiesta, alegres y de buen rollo. Pero lo mismo que los párrocos
recuerdan en sus homilías sanfermineras que debe de haber un momento para el
jolgorio y otro para la oración, podemos decir que también se puede
compatibilizar la fiesta y la indignación. Sólo porque tiren el chupinazo no
tiene uno porqué dejar de estar indignado, o de ser un indignado, que
últimamente parece que no es lo mismo.
He
estado indignado por muchos motivos toda la vida, en realidad si repaso mi
biografía creo que buena parte de las cosas que he hecho, públicas y privadas,
sobre todo las públicas, han estado movidas por la indignación. Pero visto,
oído y leído lo que estos últimos meses cuentan los medios de comunicación, que
son los que construyen la realidad y el lenguaje, no soy uno de esos
“indignados” con etiqueta de los telediarios. Para ello hay que ser joven (o
nonagenario como Hessel y Sampedro), estudiante o parado, acampar en alguna
plaza y reclamarse apartidista, que no apolítico, pero muy apartidista. No doy
el perfil. Tampoco creo que todos los políticos sean iguales ni igual de
corruptos (ni todos los indignados iguales y violentos). Ni debo ser un
antisistema, aunque siempre me he considerado tal visto lo que dice el
diccionario que es antisistema, “contrario al sistema social o político
establecidos”, hay que ser muy canalla o muy idiota para ser partidario. Pero
parece que no basta, para ser considerado antisistema conviene tener aspecto greñudo
y agresivo, pegar fuego a contenedores o destrozar el mobiliario urbano.
Pero
volviendo a lo que iba, si siempre hay motivo para indignarse, y más desde que
nuestra vida depende de la confianza de los mercados y la evolución de la prima
de riesgo de la deuda soberana, en sanfermines no sólo se mantienen intactos
todos los motivos de indignación sino que se suman otros específicos. Sobre
ellos escribiré los días próximos, si la indignación no me lo impide.