IDENTIDAD
En mala hora le cambiaron el nombre a la cédula personal, aquel papel que servía a las autoridades para identificar a sus súbditos mediante el nombre, domicilio y algún dato más. En tiempos del régimen que se pretendía totalitario y exhibía una ideología hecha de exageraciones se inventaron la ampulosa denominación de Documento Nacional de Identidad. Todavía hay quienes creen que de ese pedazo de papel (bueno, ahora principalmente de plástico, una materia todavía más artificial) dependen su Identidad y su Nacionalidad. Confundiendo identidad con identificación, e identidad nacional (sentimiento personal de pertenencia) con la posesión de nacionalidad (vínculo jurídico con un Estado).
No resulta muy consistente suponer que la identidad individual, hecha de una mezcla de sucesos y experiencias que sólo cada interesado puede conocer y clasificar por su importancia (ser hombre o mujer, haber nacido en esta o aquella época, vivir aquí o allá, estudiar ciencias o letras, sufrir con el Barça o el Madrid, frecuentar estas o esas compañías, preferir la fresa o el chocolate…), dependa de la posesión de un título administrativo expedido por terceros. No parece que del simple dato objetivo de cuál es el Estado que le expide un documento aceptando la tutela de sus derechos como ciudadano tengan que depender sus particulares y subjetivos sentimientos de pertenencia a una comunidad, de compartir esencias culturales o espirituales o cierto destino histórico, por no decir metafísico, con otras personas. O viceversa. Hay países sin DNI, y no por ello sus habitantes carecen de identidad. O de medios de identificación; en algunos lugares me han pedido que me identifique con una tarjeta de crédito (nunca pensé que ello me marcara una indeleble identidad como cliente de Visa o del Banco Santander).
Y sin embargo, fruto de esa general pérdida del sentido de la proporción y hasta del ridículo que preside nuestra vida política, parece que hoy campan a sus anchas tales ideas. Tanto por parte de quienes han inventado y promueven un Documento de Identidad Vasca (Euskal Nortasun Agiria), creyendo que les va la identidad en ello, como por quienes se lo han tomado tan en serio que escandalizados y esgrimiendo el Código Penal quieren poner a la Justicia a perseguirlo. Cómo si ésta no tuviera cosa mejor que hacer (por cierto, hubo hace años un "pasaporte navarro" emitido por UPN; harán bien sus autores, por si acaso, en comprobar la fecha de prescripción de cualquier supuesto delito). Se diría que comparten todos ellos la creencia de que la posesión de un documento va ligada a una determinada identidad nacional, o de que la existencia de una identidad colectiva exige un documento para materializarla. De que el documento en cuestión posee propiedades sobrenaturales, sean mágicas o maléficas.
La identidad colectiva es una de esas realidades poco aprehensibles edificada sobre ideas, no sólo de difícil comprobación empírica, sino a menudo en directo desafío con hechos fácilmente perceptibles y generalmente admitidos de los cuales se hace momentánea abstracción cuando interesa. Los grupos humanos, incluso los más pequeños, no sólo son enormemente complejos sino que sus miembros rara vez tienen una percepción común y uniforme sobre sí mismos. Las identidades colectivas, como muchos matrimonios, con frecuencia descansan sobre un cúmulo de malentendidos. De personas que creen pertenecer a una comunidad que comparte ideas y sentimientos, pero que el día en que tratan de explicar cuáles son se pone de relieve que tienen pocas cosas en común; o, al menos, que lo que se tiene en común no es aquéllo que los interesados creían tener. Se puede habitar la misma casa y vivir en mundos completamente diferentes. Se puede habitar la misma tierra y tener sentimientos de identidad no sólo distintos sino incompatibles, imaginar que se pertenece a distintas naciones. Hace unos meses Aingeru Epaltza, con ocasión del "Día de Navarra" (Diario de Noticias de 5 de diciembre de 2000), escribía sobre "dos javieres", dos formas distintas y contrapuestas de entender, a través de la figura totémica del santo patrón, nuestra identidad: "un Javier navarro, español y de derechas, y un Xabier euskaldun, abertzale y progresista que, aunque parezca mentira, fueron la misma persona". Dos modos, entre otros posibles, de explicar, de imaginar, una misma realidad; porque la realidad, en realidad, quizás no se conoce, pero se imagina, se sueña con ella. De las identidades, de las naciones, podemos decir lo que del Halcón Maltés: que están hechas del mismo material del que están hechos los sueños.
Por otro lado, como cada ser humano cualquier comunidad (y en especial en nuestra época) está en un permanente proceso de cambio. Sabemos perfectamente, o debiéramos saber, que nos parecemos mucho menos a nuestros bisabuelos que a nuestros contemporáneos, aunque éstos habiten a miles de kilómetros y hablen otra lengua. La idea de unos caracteres esenciales inmutables que definen a un grupo humano a través de la historia, generación tras generación, no puede ser más engañosa. Una idea que pretendemos hacer real reescribiendo la historia cada día, de modo que imaginamos a nuestros antepasados, no como fueron, que quizás no lo sabemos, ni siquiera como somos nosotros, que a lo mejor tampoco sabemos, sino como nos gustaría ser. Así que les adjudicamos a los abuelos nuestros mismos vicios, miserias, ideas y ambiciones. Nos empeñamos en repetir un pasado improbable que nos conviene en el presente, y por eso lo hacemos obligatorio para el futuro en nombre de la historia y la tradición. Tradición muy a menudo inventada anteayer y a medida.
Los discursos puramente identitarios –sea cual sea la identidad defendida: española, vasca, navarra- resisten poco la crítica racional, pero no importa, porque operan en otro ámbito. Su eficacia está en el dominio del sentimiento, que por definición suele ser acrítico e irracional ("somos vascos porque nos sale de las entrañas", escribía Joselu Cereceda en Gara el 12 de octubre de 2000, un argumento equiparable a "somos españoles porque nos sale de los cojones" que podría contestar cualquiera con parecido fundamento). Por eso la identidad es un recurso tan utilizado y tan útil, sea en la movilización política o en el puro marketing para vender cualquier producto ("ży tú de quién eres?", pregunta sin tapujos el spot de un fabricante de refrescos, para obligarnos a elegir entre Kas naranja o Kas limón). Identidad que nos venden como si fuera la nuestra, de quienes debemos creerla o comprarla, pero que suele ser la del vendedor. Entre la identidad y el discurso identitario suele existir la misma brecha que entre la necesidad del vendedor y la necesidad del posible comprador; pero siempre habrá alguien con interés en que esa distancia se haga invisible.
Donde no hay otros argumentos, o donde sea preciso ocultar los verdaderos y sustituirlos por otros más simples, apelemos a la identidad colectiva. A nuestra identidad eternamente amenazada y necesitada de defensa. A nuestra verdadera identidad negada por falsarios, invasores e impostores. Somos Nosotros contra los Otros. La lucha del Bien contra el Mal, de la Verdad contra el Error, ese esquema tan sencillo que está detrás de todos los cuentos infantiles y, curiosamente, también en los mensajes de la sofisticada y cibernética sociedad "de la información" del siglo XXI.
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