HOMOSEXUALIDAD
Y CONCIENCIA
Es muy de agradecer que la Conferencia Episcopal Española, en su nota
de 5 de mayo último “Acerca de la objeción de conciencia ante una ley
radicalmente injusta que corrompe la institución del matrimonio”, se acuerde de
la libertad de conciencia. Afirma literalmente que “el ordenamiento
democrático deberá respetar este derecho fundamental de la libertad de
conciencia y garantizar su ejercicio”.
Lástima que esa nota siga una añeja
tradición de los documentos eclesiásticos consistente en que, cada vez que se
apela a la conciencia de los creyentes, el acento es en exceso admonitorio
cuando no directamente amenazante. “Obre usted en conciencia” rara vez suena,
en bocas episcopales, como “haga usted lo que crea correcto” sino más bien como
“haga usted lo que yo le diga”.
Nuestros
obispos le exigen al Estado respeto a la libertad de conciencia. Muy acertado y
muy buena oportunidad para practicar lo mismo en el seno de la Iglesia.
Recordemos que, como dice el apartado
1.790 del Catecismo de la Iglesia Católica, “la persona humana debe obedecer
siempre el juicio cierto de su conciencia”.
Así que cuando la
Conferencia Episcopal afirma que “los católicos, como todas las personas de
recta formación moral, no pueden mostrarse indecisos ni complacientes con esta
normativa, sino que han de oponerse a ella de forma clara e incisiva. En
concreto, no podrán votar a favor de esta norma y, en la aplicación de una ley
que no tiene fuerza de obligar moralmente a nadie, cada cual podrá reivindicar
el derecho a la objeción de conciencia”, hubieran hecho bien en añadir algo
más. “A menos que su conciencia les dicte lo contrario”; porque los
obispos orientan, pero no pueden suplir ni imponer el contenido de la
conciencia individual. Es decir, que los católicos a cuya conciencia no repugne
el proyecto de ley que se tramita para regular el matrimonio de parejas
homosexuales y consideren justo que se les equipare en derechos a las parejas
heterosexuales tienen la obligación de votar a favor de dicha norma. Aunque, en
opinión de los obispos, estén muy equivocados. Pero deberán seguir su
conciencia, por muy errónea que sea. Esta es una de las miserias del ser
humano: que aunque seamos conscientes de que quizá estemos equivocados, no
tenemos más remedio que obrar conforme a nuestro humilde saber y entender,
exactamente igual que si estuviéramos en posesión de la verdad.
En
cualquier caso, la nota de la Conferencia Episcopal resulta clarificadora.
Explica que la nueva definición legal del matrimonio “supondría una
flagrante negación de datos antropológicos fundamentales y una auténtica
subversión de los principios morales más básicos del orden social”, así
como “un retroceso en el camino de la civilización con una disposición legal
sin precedentes y gravemente lesiva de derechos fundamentales del matrimonio y
de la familia, de los jóvenes y de los educadores”. En el mismo sentido, la
Congregación para la Doctrina de la Fe en un documento de 3 de junio de 2003
sobre el reconocimiento legal de las uniones homosexuales había señalado que “La
enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la complementariedad de los sexos
repropone una verdad puesta en evidencia por la recta razón y reconocida como
tal por todas las grandes culturas del mundo”. No extraña por ello que la
Conferencia Episcopal Española haya suscrito un comunicado de prensa conjunto
el día 20 de abril con judíos, evangélicos y ortodoxos en el que se afirma que
“el matrimonio monógamo heterosexual forma parte de la tradición
judeo-cristiana y de otras Confesiones religiosas”.
En
otra nota de 15 de julio de 2004 titulada “En favor del verdadero matrimonio”
la Conferencia Episcopal Española ya
había dicho que “el matrimonio no puede ser contraído más que por personas
de diverso sexo: una mujer y un varón. A dos personas del mismo sexo no les
asiste ningún derecho a contraer matrimonio entre ellas. El Estado, por su
parte, no puede reconocer este derecho inexistente, a no ser actuando de un
modo arbitrario que excede sus capacidades y que dañará, sin duda muy
seriamente, el bien común. Las razones que avalan estas proposiciones son de
orden antropológico, social y jurídico”.
Razones antropológicas, sociales y
jurídicas compartidas por diversas culturas. No acabo de entender, entonces,
porqué el último llamamiento de la Conferencia Episcopal es solamente a los
católicos. Si se trata de orientar en el plano de la antropología, de la
sociología y del derecho, si se trata de iluminar la razón la Iglesia debiera
ser algo más generosa y abrirse también a los no católicos. A los católicos
debiera dirigirse si se tratara solamente de una cuestión de fe. ¿Es una
cuestión de fe? ¿Se puede ser católico y estar a favor de la regulación legal
de los matrimonios homosexuales? La realidad es que hay católicos homosexuales;
católicos homosexuales que forman parejas homosexuales; y católicos
heterosexuales que están a favor de que los católicos homosexuales formen esas
parejas y se regulen en igualdad con el matrimonio heterosexual, y a tenor de
lo que dicen las encuestas parece que son (somos) bastantes. Incluso hay
teólogos católicos que opinan que de por medio no hay cuestiones de fe ni de
dogma, sino efectivamente de simple cultura. Y hasta hay algún que otro
católico que piensa que hoy en día Jesús de Nazaret a lo mejor defendería las
parejas homosexuales como en su día defendió a los pobres, a los pecadores, a
los extranjeros, a los impuros y a los que ponían al ser humano por encima de
la ley frente a los escribas y fariseos que actuaban como celosos guardianes de
la tradición y la ortodoxia.
Entiendo por todo ello que haría bien la Conferencia Episcopal, sin renunciar a su misión de orientar a los fieles en lo que crea que sea más coherente con la doctrina cristiana, en utilizar un tono más didáctico, más humilde y menos imperativo. Más precavido ante la posibilidad de que en el futuro las ciencias antropológicas, sociales y jurídicas den otras razones distintas a las de hoy. Ya sucedió con la astronomía y hubo que corregir el juicio sobre Galileo. Y haría bien en admitir más generosamente que la libertad de conciencia opera siempre, no solamente cuando los obispos se acuerdan de ella y en contra de lo que ellos sugieran.
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