EL HOMBRE DEL SACO Y EL NUEVO PACTO DE ESTELLA

 

Los habituales oráculos de opinión de la derecha navarra vienen denunciando que por parte de la oposición se pretenda, de cara a las elecciones de 2003, configurar un gobierno alternativo al de UPN. Se intenta convencer a la ciudadanía de que tal gobierno requiere un pacto de partidos solo aparentemente democráticos con Batasuna y con otros grupos nacionalistas vascos, renegando de todos los acuerdos contra el terrorismo suscritos y haciéndose poco menos que cómplices de los crímenes de ETA, todo ello con el fin de destruir Navarra e integrarla por la fuerza en Euskadi ("Euzcadi", prefiere escribir alguno en un particular castellano batua). En suma, que desalojar a UPN del Gobierno de Navarra pasa por un "nuevo pacto de Estella".

Tal apelación contiene unos vínculos más bien endebles con la realidad. La Declaración de Estella-Lizarra de septiembre de 1998 en modo alguno constituyó un pacto con compromisos explícitos para la formación de ningún gobierno, ni tampoco aludía en absoluto a la pertenencia o incorporación de Navarra a ninguna otra entidad política, ni siquiera abogaba por un proyecto político definido, ni independencia, ni soberanía, ni rechazo de la Constitución o del Estatuto, ni muchos menos justificaba la violencia terrorista ni llamaba a participar a ETA en ningún proceso político.

Pero prescindiendo del contenido del texto suscrito en Estella muchos han venido definiendo interesadamente el Pacto de Lizarra como manifestación de un frente nacionalista bajo los dictados de ETA para declarar la independencia del País Vasco por la fuerza al tiempo que desde el Gobierno vasco se realizaba una limpieza "étnica" para acabar con todo quien no comulgara con el nacionalismo vasco. Si era ese el propósito es evidente que no se ha conseguido, y si se firmó como medio para acabar con la violencia, como siempre han manifestado sus autores, tampoco. Ese fracaso lo han asumido ya hace tiempo la mayoría de esos firmantes y dan aquel intento por superado, reconociendo en mayor o menor grado sus errores y carencias. Son quienes en su día optaron por el discurso de estigmatizar Lizarra como un diabólico instrumento de ETA los que se aferran a la posibilidad de que no haya muerto, y en esto, curiosamente y no por primera vez, coinciden con ETA y su entorno. Como continuación de la campaña se empeñan en identificar como "nuevo pacto de Estella" cualquier movimiento que quieran hacer sus oponentes políticos confiando en que atribuir tal etiqueta tenga el mismo efecto atemorizador que tiene la apelación al hombre del saco para los niños. Claro que el hombre del saco sólo existe en la imaginación del niño, pero su invocación resulta igual de eficaz para atemorizarle que si existiera.

A quienes tenemos los suficientes años para haber ido al colegio todavía bajo el franquismo y conservamos la memoria estos discursos no nos resultan nuevos. La existencia de una monstruosa conspiración para destruir el orden social y la unidad de la patria plasmada en la Constitución de la II República e impulsada por el Frente Popular en la que en diverso grado se suponía la participación desde católicos conservadores como Alcalá Zamora hasta anticlericales como Manuel Azaña, desde separatistas como Compayns hasta republicanos españolistas como Ortega o Sánchez Albornoz, desde nacionalistas vascos hasta anarquistas, desde radicales hasta comunistas, la hemos oído muchas veces para justificar una guerra civil y una dictadura. La historia de un plan perfectamente tramado con muchos y variopintos conspiradores dirigidos desde Moscú, el mito de la anti-España y la denuncia del contubernio judeomasónico ya agotaron su capacidad para mantener sumisos y obedientes a los españoles de ese par de generaciones que tuvieron que sufrir el franquismo.

Así que las terribles desgracias con que antes nos amenazaban los que mandaban para poder seguir mandando han perdido eficacia. La implantación del comunismo ya no infunde el más mínimo temor; en esta época de capitalismo global y triunfante nadie teme que la revolución bolchevique le vaya a expropiar su casa. El augurio de la destrucción de la familia por la aprobación del divorcio, en un país donde prominentes miembros de la derecha también se divorcian y vuelven a casar, ya tampoco da miedo, ni lo da la despenalización del aborto (se sospecha que la derecha también aborta), ni nadie creería serio amenazar como antaño con que el Estado quiere arrebatar a los hijos de sus padres (al contrario, la desconfianza hacia los padres hace que sea el Estado el que pretenda vigilar que los hijos no beban en la calle y que vuelvan pronto a casa). El fantasma del libertinaje sexual y la degradación moral, cuando el sexo también es negocio y en países aún más norteños que nosotros hasta ministros conservadores contraen matrimonio homosexual, ya no sirve; y el temible avance de la irreligiosidad y el ateísmo, cuando según las estadísticas los votantes de derechas tampoco van a misa (y lo que es más preocupante, parece que entre los que van incluso hay rojos y separatistas, y hasta curas y obispos más que sospechosos), ya apenas se nombra.

Hay que buscar otras amenazas para seguir en el machito y el fantasma euzcadiano es el único que parece que sigue siendo de plena utilidad. Con los mismos esquemas de antes se construye otra conspiración igualmente tenebrosa alrededor del original o de un renovado pacto de Estella que marca todo lo que sucede en la realidad política vasca y española. La lucha contra ETA se ha convertido en la lucha contra todo el nacionalismo vasco, y quien no se une a la patriótica cruzada antiseparatista se convierte en cómplice, tibio o ambiguo frente al terrorismo.

Otros argumentos que oímos y leemos en el acontecer diario de Navarra tampoco son novedad. El descrédito del Parlamento, la consideración de los partidos como un nido de políticos ambiciosos y sin escrúpulos que no persiguen sino su propio interés, la exaltación del Gobierno como el intérprete auténtico del interés público, la denuncia de los peligros que acechan a la sociedad cuando no existe una autoridad fuerte que se imponga, la llamada de atención sobre la existencia de enemigos internos y externos que conspiran para liquidar el orden establecido, la apelación a la identidad amenazada, el llamamiento a cerrar filas en nombre de la patria renunciando a disentir de la doctrina oficial… Parece que no ha pasado el tiempo, algunos discursos políticos de hoy suenan igual que aquellos manuales de historia y de Formación del Espíritu Nacional que estudiamos en el bachillerato.

En un sistema pluralista como el establecido por la Constitución de 1978 que algunos tanto proclaman y tan poco aplican ningún partido encarna el interés general ni la defensa en exclusiva de los valores de la comunidad. Esa consideración es propia de los sistemas de partido único, que en este país y desde que desapareció el Movimiento Nacional felizmente dejamos atrás. Los partidos políticos que en una democracia pretenden plantear una alternativa de gobierno por la fuerza de los votos y por el camino de sumar apoyos mediante pactos o coaliciones no están sino cumpliendo con normalidad su función. La derecha navarra hace años que puso en práctica, con toda legitimidad, esta táctica; la sopa de letras que constituía en los años ochenta (UPN, UCD, AP, PDF, UL, PM) se fundió en un único partido, UPN, para desalojar al PSOE del Gobierno. En los años noventa la derecha ha pactado también para llegar al Gobierno central (acuerdos de PP, CiU, PNV y CC en 1996), y ha tratado de conseguir el Gobierno vasco en el año 2001 por el mismo procedimiento (acuerdos de PP y UA con el PSOE). Pero para cierta derecha navarra la posibilidad de acuerdos entre los partidos de la oposición con la misma finalidad es pecado y a la menor insinuación proclama a los cuatro vientos que se nos viene encima un nuevo pacto de Estella. Nos quiere convencer de que no es la fobia vasquista de UPN la que hace desear legítimamente a los nacionalistas vascos un Gobierno alternativo; ni sus políticas de derechas las que hacen a los partidos de izquierdas dentro de la más estricta lógica buscar también fórmulas para posibilitar otro Gobierno; no, se trata de la malignidad intrínseca de todos los partidos que no sean UPN los que guían sus turbias maquinaciones para pretender un resultado ilegítimo.

Las reiteradas apelaciones a que cualquier acuerdo o coalición para presentar alternativas de Gobierno a UPN pase por los votos de Batasuna y, por tanto, por la complicidad con ETA, inducen a sospechar que lo que más pánico produce en las filas navarristas es que en las próximas elecciones se reduzca el apoyo electoral y la representación parlamentaria de Batasuna (como indican el precedente de las elecciones vascas y los sondeos electorales realizados) hasta el punto de que sus votos dejen de condicionar la formación de Gobierno. Un escenario como el de 1995, en el que un Gobierno tripartito y plural tradujo la suma de votos de los ciudadanos navarros y no fue condicionado por el bloqueo que en otros momentos producía la presencia parlamentaria de HB, no quiere ser admitido ni siquiera a efectos dialécticos, no vaya a ser que los votantes se den cuenta del valor de su voto y de que el futuro no está escrito.

En la larga campaña preelectoral que durará todo este año el elector avisado ha de evitar la trampa de creer que la cuestión que se decide en la próxima convocatoria electoral es la lucha del Bien contra el Mal, la identidad de Navarra, la demostración de quién es un buen navarro o un buen abertzale constitucional según las pautas del PP, o quién debe ser considerado un aliado más o menos próximo del terrorismo. A algunos les interesa hablar sólo de esas cosas para que no se hable de otras; de la creciente regresividad fiscal, de las pensiones de miseria que cobran muchos, de la inestabilidad laboral, de la integración de los inmigrantes, del desarrollo insostenible, del precio de la vivienda, de la concentración de poder económico, del falseamiento sistemático de los indicadores sobre desempleo e inflación, de la manipulación de los medios de comunicación. Lo que se decidirá es quien y cómo quieren los ciudadanos navarros que les gobiernen. Y que sólo ellos van a decidir.

 

 

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