MITOS DE LOS SANFERMINES

10 de julio

HEMINGWAY Y LOS GUIRIS

Teniendo en cuenta que es el único foráneo con estatua –para tenerla hay que ser navarro o, en su defecto, haber sido canonizado- y dada la proliferación de fotos y anécdotas suyas no extraña que muchos crean que Hemingway fue una especie de hijo adoptivo de Pamplona que jamás se perdía unos sanfermines y que, en su época –como Sarasate en la suya-, constituía una de las estampas más típicas de la fiesta, trincando vino de un porrón en Marceliano o riendo en la terraza del Txoko tras su barba blanca de premio Nobel. Es probable que esa leyenda haya sido fomentada por el propio Hemingway, aficionado a crearlas sobre sí mismo. Como se decía al final de El hombre que mató a Liberty Valance -que nadie crea que es obra suya, pero viene a cuento y también es yanqui-, cuando la leyenda es mejor que la historia se debe imprimir la leyenda.

Hace años que, por Iribarren, sabemos que en realidad Hemingway estuvo pocas veces en San Fermín, y la mayoría de ellas cuando ni siquiera era todavía Hemingway, o sea, cuando no había escrito sus libros, no lo conocía nadie y ni se había dejado la barba, y cuando los sanfermines tampoco eran del todo los sanfermines –faltaban todavía el chupinazo, la tómbola, la ropa blanca, el Struendo, los extranjeros-. Pero qué más da. Gracias a Hemingway, a su libro ambientado en Pamplona y a su leyenda los sanfermines se hicieron famosos en todo el mundo, y cuando uno va, por ejemplo, a Australia y dice que es de Pamplona en vez de preguntarle que dónde queda eso –como les sucede sin ir más lejos a los de Vitoria o Zaragoza, por mucho que tengan equipos en la UEFA- le contestan de inmediato con sonrisa de complicidad: Oh, where the bulls run! Tener unas fiestas conocidas en todo el orbe constituye la prueba científica –que por otro lado no nos hacía ninguna falta- que avala nuestra firme creencia de que Pamplona es el ombligo del mundo.

Sucede que los guiris no se conforman con conocer y admirar nuestras fiestas, sino que también se empeñan en venir. Y por alguna extraña razón, cuanto más lejos está un país, más guiris nos manda. Ingleses vienen pocos, pero en cambio australianos y neozelandeses a manadas. Seguro que nadie ha visto un griego en San Fermín, pero sí un montón de japoneses. Y mientras que los suizos son más bien escasos, los suecos hasta tienen peña propia.

Dada nuestra tradicional hospitalidad no nos importa que se acerquen por aquí siempre que se comporten debidamente. Entendemos perfectamente que nos visiten ya que viven en países más bien sosos y alucinan con lo majos que somos. Pero la avalancha de guiris tiene algunas pegas. El problema no es que nos quiten espacio a los indígenas; nos da igual que abarroten los hoteles porque nosotros estamos en casa, y para los que duermen en el césped de la plaza del Castillo se inventó el riego matutino. Pero es que nos desnaturalizan la fiesta –no todos, claro, hay algunos que incluso tienen abono para los toros y colegas en Pamplona, pero son los menos-. Empezaron por correr de cualquier manera el encierro, y acabaron por lanzarse de cabeza desde la fuente de la Navarrería contra los adoquines –que están declarados de interés cultural y forman parte del patrimonio histórico-artístico- creando un numerito típico de los sanfermines sin intervención de la población autóctona. No tienen ni idea. Se creen que la fiesta consiste solo en beber y hacer el indio, sin darse cuenta que cuando los pamploneses se dedican a beber y a desmadrarse –que, reconozcámoslo, constituye una parte importante de la fiesta- lo hacen por elevados motivos, asentados en hondas raíces culturales e imbuidos en un profundo significado inalcanzable para los guiris.

Debido a esto –y a las atroces películas de Hollywood donde Pamplona más que ciudad europea parece un villorrio mejicano- no estamos muy seguros de si Hemingway nos hizo un favor o una faena. Pasado aquel entusiasmo de los años sesenta -los del 600, los Beatles, el auge del turismo y la estatua a Hemingway-, los pamploneses de hoy dudamos sobre si no nos hubiera ido mejor sin tanta resonancia internacional; al fin y al cabo, la esencia esencial de la fiesta, que somos nosotros, estaba asegurada.

 

 

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