¿HAY
SALIDAS A LA CRISIS?
Por el Foro Iruña: Fernando Atxa, Iñaki
Cabasés, Fermín Ciáurriz, Conchita Corera, Reyes Cortaire, Miguel Izu,
Guillermo Múgica, Iosu Ostériz y Patxi Zabaleta.
Esta vez al menos, en general,
los grandes gestores del sistema vigente se han visto forzados a reconocer el
carácter estructural, multidimensional, global y de larga duración de la crisis
actual. Esta constatación, sus dramáticos efectos humanos y sociales, así como
sus alarmantes componentes ecológicos y medioambientales les llevaron, de
entrada, a tener que admitir la necesidad de cambios profundos. Pero, pasado un
tiempo y tras los costosos paquetes de medidas adoptadas, volvemos a
encontrarnos con más de lo mismo. Nos han retrotraído al punto de partida y,
socialmente, en peores condiciones todavía. Se ha instalado al ladrón en el
centro de la casa y se le han dado las llaves para que no tenga que forzar
puertas ni ventanas. No es de extrañar que reconocidos y laureados expertos en
la materia, con un mínimo sentido de honestidad con lo real y de dignidad
personal, nos estén recordando la función a menudo eufemística del lenguaje
sobre esta crisis, –que habría que denominar más bien ‘la gran estafa’–, y la frecuente naturaleza tramposa de las
medidas adoptadas para afrontarla, -que
bien podríamos calificar como ‘el gran engaño’-. Se nos piden sacrificios
ocultando a quién benefician y para reparar un roto del que no somos principales responsables. Se nos amenaza con
el castigo de los mercados como si, detrás de ellos, no hubiera mercaderes con
sus nombres y apellidos. Y se nos habla de tomar el buen camino sin poner en
cuestión en virtud de qué norma o voluntad supremas el camino tomado sea el
bueno. Nos parece que, en semejante contexto, la pregunta que da título a este
escrito no sólo es pertinente, sino también relevante. Responderemos en tres
pasos.
Consideramos básico, para
empezar, el modo de afrontar el presente y de entender las salidas al mismo.
Respecto a lo primero o la mirada al presente, anotamos tres apuntes. El
primero tiene que ver con la insostenibilidad del sistema imperante: una
insostenibilidad humana (millones de víctimas), social (desigualdad escandalosa
y creciente), política (en contradicción con la democracia y los derechos
humanos y de ciudadanía) y ecológica (por su acelerada destrucción de los
recursos y del medio vital). El segundo atañe a la economía, en sus diversas
formas históricas, y a su tan legítima como distorsionada pretensión científica
que la ha ido alejando de su propio ámbito humano y social, terreno y vital de
pertenencia, con el señuelo de un ideal cognitivo tan exacto como el matemático
y tan previsible y predecible como las leyes de la naturaleza. Pero la economía
es una ciencia humana al servicio de la mejor administración y gestión de los
recursos, y de la promoción de la cadena global de la vida en el Planeta. Y el
tercero concierne a nuestra responsabilidad. Estos tiempos posmodernos han
arriado la bandera de la persona como sujeto del devenir histórico,
convirtiendo así a esta en una hoja zarandeada por el viento imperativo e
ineluctable de la razón tecnocientífica y del mercado. Pero, desvinculada de lo
humano y de la vida, la razón, ya se denomine científica o mercantil, ¿merece
acaso tal nombre? Y respecto a lo segundo o nuestra manera de concebir las
salidas, no echamos a volar la imaginación. Reconocemos la carencia de una
alternativa acabada y global, y sabemos de su creciente complejidad. No
ignoramos que todo futuro es y será siempre imperfecto y reversible. Y no se
nos escapa que tan sólo contamos con propuestas sectoriales y parciales a sumar
e integrar. Pero damos el nombre de “salidas” a todo intento que, desde los
legítimos anhelos de la ciudadanía y contando con las potencialidades y los
límites de la realidad, trata de encarar el presente de modo que se vaya abriendo camino a un futuro mejor para la inmensa mayoría.
Así entendidas las cosas,
nosotros pensamos que sí hay salidas. Y no lo afirmamos tan sólo en virtud de la autoridad de
infinidad de pensadores y agentes sociales críticos, que así lo proclaman. Lo decimos porque es nuestra convicción,
que nos parece, por cierto, razonable, responsable, práctica y de futuro.
Estamos, por eso, por la defensa del bien común, de lo público, del estado del
bienestar, por más que apostemos por un bienestar más frugal y menos consumista
que el actual. Sostenemos la inaplazable necesidad mundial de que otra política
defina y gobierne a otra economía; de que se acabe con el régimen de plena
libertad del capital; de que el sistema financiero sea puesto al servicio de la
producción de bienes y servicios. Apoyamos que se establezcan mecanismos de obligado cumplimiento de redistribución de la renta mundial; que se
penalicen las ventajas competitivas sostenidas sobre el dumping
sociolaboral. Defendemos gravar la
especulación y limitar el beneficio. Reconocemos la legitimidad de la búsqueda
del interés, pero de un interés que sea de algún modo socializable y
universalizable. Apostamos por el restablecimiento del valor social y la
progresividad de los impuestos. Creemos conveniente la elevación sustantiva del
régimen de cobertura de las reservas bancarias, atajando así de raíz “el monopolista privilegio bancario que
alimenta la deuda, engorda la actividad especulativa, obtiene ingentes
beneficios y sustenta un poder que se impone a la política y la chantajea”.
Apoyamos, en suma, los esfuerzos por un ‘gran nuevo pacto verde’ y por una
‘democracia económica’ que prime las necesidades, los intereses y derechos de
las mayorías, así como su iniciativa y participación. No estamos ante sueños
imposibles. Un sin fin de modestas realidades (soberanía alimentaria, consumo
responsable, mercados sociales, comercio justo, empresas sociales solidarias, finanzas
éticas, cultura libre) nos dicen que el cambio es posible y nos sirven de
humildes pistas en el camino.
Pero lo alternativo, por
parcial y limitado que sea, plantea sus condiciones y exigencias. Estas son, al
menos, de índole social, cultural, política y económica. Socialmente nos
hallamos ante el reto de la construcción del sujeto del cambio, lo que conlleva
el abordaje de las alianzas, del lugar de las capas medias en proceso de
pauperización, de la correlación de fuerzas… Culturalmente urge la necesidad de
avivar el sentido de ciudadanía y, más en general, de una cultura democrática
comprometida con el bien común y la participación. Apremia, igualmente, una
nueva cultura de nuestra relación con el medio y la promoción de otros estilos
de vida más respetuosos con él y, a la postre, también más humanos. En esta
óptica no olvidemos que el decrecimiento, como término, no deja de ser un
“eslogan provocador”, “una bomba semántica”, un revulsivo oportuno.
Políticamente se impone la necesidad de que los partidos vuelvan su mirada a la
sociedad y se resitúen básicamente a sí mismos en función de ella. A fin de
cuentas existen para recoger y tratar de hacer realidad los anhelos colectivos.
Deberán superar para ello su pragmatismo cortoplacista, forzado en gran medida
por una recurrente dinámica electoral y por una ambición de poder con
frecuencia divorciada de sintonía con la sociedad. Y económicamente, para
concluir, se precisa superar la nefasta concepción neoliberal de la economía,
reconocer que también ella debe estar al servicio presente y futuro de lo
humano y del medio en su integridad y universalidad, y aceptar que también ella
se debe a valores y opciones fundamentales.