HACER
FRENTE AL PASADO
Hace
unos días Ludger Mees escribía sobre La digestión del pasado vasco
proponiendo una Vergangenheitsbewältigung a la vasca, trayendo ese
vocablo que puede traducirse por hacer frente al pasado y que se ha
popularizado en Alemania para describir el proceso de confrontación pública con
el pasado nazi. Proponía, con acierto, que al entrar en una nueva etapa pos-ETA
se realice un debate -no solo académico- sobre cómo fue posible que en una
sociedad desarrollada y culta pudiera perdurar y reproducirse un fenómeno
violento como ETA durante tanto tiempo en el que todas las fuerzas políticas se
pregunten si sus tentaciones de instrumentalizar el fenómeno del terrorismo en
uno u otro sentido no ha sido uno de los factores que han alargado el ciclo
vital de ETA, en el que la sociedad civil se pregunte si realmente realizó un
esfuerzo suficiente para combatir a la violencia y sobre todo en el que la
izquierda abertzale analice autocríticamente su trayectoria. Indica Mees que no
es bueno “abortar este necesario debate con la tan recurrente respuesta de
que hay que mirar al futuro, y no al pasado. Sin pasado no puede haber futuro,
y si se aplaza el debate volverá más tarde con mayor virulencia, tal y como
ocurrió en el caso alemán”.
Leí
estas líneas en El País hallándome en El Escorial para asistir a un
curso de verano titulado Setenta y cinco años después, una revisión de los
mitos del 18 de julio dirigido por el profesor Angel Viñas con la
participación de prestigiosos historiadores. No pude evitar hacer
comparaciones. Coincidiendo con el curso y el aniversario no faltaron medios de
comunicación y columnistas que volvieron a repetir esos mitos del 18 de julio
de 1936, la necesidad del alzamiento militar para evitar la anarquía republicana,
la ruptura de España, la persecución religiosa y la dictadura bolchevique, la
inevitabilidad de la guerra civil, la responsabilidad compartida de uno y otro
bando. Mitos que, por desgracia, resultan inmunes a los datos que en abundancia
han ido proporcionando los historiadores en las últimas décadas ya que los
prejuicios suelen ser mucho más potentes para configurar la percepción de la
realidad que la realidad misma, y sobre todo más decisivos para la movilización
política.
Y
volvió a repetirse con este aniversario el sonsonete de que es mejor mirar al
futuro y olvidar el pasado, que no hay que recordar la guerra civil porque abre
viejas heridas. Un argumento interesado que, curiosamente, solo se utiliza para
el año 1936. Porque no se suele rechazar el recuerdo del pasado si se refiere a
otras fechas distintas; el año que viene vamos a conmemorar abundantemente en
Navarra el quinto centenario de la conquista de 1512 (otro enfrentamiento
civil, otro motivo de discordia) y también, sobre todo en Cádiz, el segundo
centenario de la Constitución de 1812 (en el curso de otra guerra también
fratricida). Este año en Estados Unidos están conmemorando el 150 aniversario
del inicio de su propia guerra civil, la cual por cierto nunca han dejado de
recordar. Está claro que cada generación debe reinterpretar su historia, y no
sólo en el ámbito académico por simple avance de la investigación científica,
sino por la necesidad de contar con un relato mínimamente compartido sobre el
que basar la convivencia de una sociedad. Nunca hemos contado en España con ese
relato; los vencedores hicieron el suyo que impusieron como historia oficial
durante cuarenta años (y que en buena medida pervive en los mitos sobre la
guerra civil más extendidos), los vencidos también hicieron el suyo en la
clandestinidad o el exilio, pero sus herederos, que estamos condenados a
convivir en el presente y el futuro, los hijos y nietos de quienes hicieron y
sufrieron la guerra, también necesitamos nuestro relato e interpretación.
No
cabe cerrar el Vergangenheitsbewältigung sobre la guerra civil y sus
consecuencias dando carpetazo como pretenden hacer una parte de la sociedad
española y algunas fuerzas políticas que parecen temer su resultado, que no va
a ser la reproducción de aquel conflicto pero sí un juicio histórico sobre el
mismo, el juicio que reclamaba el propio caudillo que se proclamaba responsable
sólo ante Dios y ante la historia. A estas alturas ya no se trata de castigar
ni de perseguir a nadie, ni siquiera de juzgar individualmente para declarar a
unos buenos y a otros malos, y mucho
menos de clasificar las víctimas de uno y otro bando; ninguna muerte estuvo
justificada, todas fueron injustas y evitables. Comparto lo que Jorge M.
Reverte escribía ahora hace un año: “No existe ninguna diferencia de grado
entre las víctimas de Paracuellos y las de Badajoz. Ha existido una diferencia
de trato durante 40 años. Pero todos fueron asesinados a sangre fría, de forma
indiscriminada, sin juicio y sin causa. Les podemos hacer iguales ahora. Pero la
base para conseguirlo es reconocer que ninguno fue asesinado justamente, por
mucho que de los asesinos, que no lo fueron todos los combatientes, unos fueran
golpistas odiosos y otros fueran odiosos defensores (aunque nos pese a algunos)
de una causa justa”. Honrar a los muertos que no lo fueron cuando fueron
asesinados, en su caso identificar sus restos, no debiera constituir hoy ningún
problema, como a nadie molesta el recuerdo de los muertos en las guerras del
siglo XIX. Pero si realmente hemos basado nuestra convivencia en unas normas
mínimas contenidas en la Constitución que consagra como valores superiores la
libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político, no cabe justificar
un golpe militar contra un gobierno legítimamente constituido por mucho que se
discrepe de su programa o por muchos errores que se entienda que cometía. Las
instituciones y las fuerzas políticas que se han comprometido con el sistema
democrático no pueden disculpar o justificar el alzamiento militar de 1936 ya
que hacerlo supone tanto como justificar eventualmente en el futuro que la
violencia pueda utilizarse para variar un régimen político.
Volviendo a la propuesta de
Vergangenheitsbewältigung; mal se puede condenar ahora la violencia de ETA,
afortunadamente a punto de desaparecer, exigiendo de los demás también la
condena y pidiendo la asunción de responsabilidades mientras se elude condenar
otra violencia igualmente injustificable simplemente por ser más antigua.