HACER LA PAZ EN EL DIA A DIA

 

Por el Foro Iruña: Iñaki Cabasés, Ginés Cervantes, Fermín Ciáurriz, Miguel Izu, Guillermo Múgica y Iosu Ostériz

 

 

En nuestro ámbito cultural estas fechas suelen ser particularmente idóneas para poner sobre la mesa la gran cuestión de la paz: como problema e interpelación, como aspiración, como reto y tarea. Pero ese noble vocablo, nada más pronunciado, se torna problemático. A menudo son muy diversos los contenidos que unos y otros le asignamos. Como diversas son también las imágenes y representaciones que nos forjamos acerca del mismo. Lo que tiene mucho que ver con las mentalidades, los lugares sociales y políticos, los intereses y las perspectivas en los que cada cual está habitualmente domiciliado y desde los que vive, piensa, habla y actúa.

 

         Para nosotros la paz no es un irenismo carente de tensiones y conflictos. El mero hecho de la singularidad y diferencia, de vivir y de hacerlo en sociedad ya entraña, de suyo, una dosis de conflictividad. En este sentido, en todo caso, la paz tendrá que ver, más bien, con el modo de afrontar dicha conflictividad, con la existencia o no de disposiciones, cauces y mecanismos humanos para resolverla humanamente. Creemos que tampoco la paz se reduce a la mera ausencia de guerra, extendida o focalizada, más o menos generalizada o selectiva, por más tradicional que esta concepción sea y que nuestro propio contexto más inmediato nos lleve a tender a ella. Felizmente, la concesión del Premio Nóbel de la Paz del 2006 a un economista, distinguido impulsor del desarrollo humano y batallador incansable contra el hambre y la pobreza, nos fuerza a repensar y resituar la paz en espacios mucho más anchos y multidimensionales. A ellos queremos referirnos hoy de manera especial.

 

         Así las cosas, - y más allá de que los diccionarios la identifiquen a menudo con un estado de quietud y sosiego -, la paz se nos presenta como un anhelo de realización del ser humano en la totalidad de sus dimensiones y también de sus relaciones. Viene a representar de este modo, en primer lugar, una aspiración de plenitud, siempre buscada aunque nunca plenamente alcanzada, que se cimenta sobre la conciencia del valor y la dignidad propios y el reconocimiento de los ajenos. La paz es un nombre, entonces, que, constituyendo un valor en sí mismo, y aun un verdadero derecho emergente, es, en cierto modo, suma, síntesis y cumbre del amplio espectro de valores morales y derechos humanos fundamentales, al tiempo que manantial y fuente de ellos. Por otra parte, puesto que como utopía siempre huye y sólo parcialmente la apresamos, la paz, en cada situación, aspira siquiera a unos mínimos de bienestar y felicidad humanos, fuera de los cuales ni se reconoce, ni está dispuesta a residenciar su nombre. En segundo lugar, tanto como anhelo individual y social, la paz es un objetivo relacional y convivencial, un verdadero bien general que a todos beneficia y a todos incumbe. Pero que, por lo mismo, precisa al menos de tres factores esenciales: disposiciones humanas y éticas personales y sociales; una práctica de equidad entendida como aquella justicia que reconoce y construye la igualdad; y unos cauces democráticos tales que posibiliten su ensanchamiento y ahondamiento.

 

Una paz así entendida, como proceso y esfuerzo amplios, permanentes y cotidianos, muestra su inocultable envergadura y, al tiempo y frente a ésta, nuestra limitada capacidad y nuestra pequeñez. Estamos convencidos, a pesar de todo, de tener siempre abierta la posibilidad de una contribución a la gran tarea de la paz a nuestra propia escala, en nuestro propio contexto particular y en las condiciones propias. Persistentes en lo que nos toca, podemos ayudar a crear un clima general más propicio a los retos y requerimientos de la paz en la sociedad actual. Pero con idéntica convicción afirmamos que no lo lograremos al margen del triple condicionado arriba indicado: renovación autocrítica y crítica; derechos humanos – no en vano se ha llegado a definir la paz como “el respeto al derecho ajeno”; democracia y más democracia, como la vía política más humana y razonable de que disponemos para resolver nuestros problemas.

 

Pretendemos huir, sinceramente, de un triple escapismo. Ante todo, el de nuestra propia coyuntura, el del denominado “proceso” en marcha. Ya nos referimos a él recientemente en otro escrito. Después, el de las actuales y escandalosas guerras – no hace al caso si declaradas o no – presentes en el mundo, en cuyo tablero, con frecuencia, son los grandes de la actual sociedad quienes juegan su partida de intereses encontrados. Finalmente, el de la inhumana e insoportable situación de pobreza y aun miseria de miles de millones de seres, que constituye hoy la mayor violencia homicida, nos degrada y envilece a todos y todas, y viene a ser la denuncia y el desafío mayor que a la justicia y la paz lanza la realidad en el tiempo presente. Si no es la fuerza de la razón la que responde, se impondrá la razón de la fuerza. No estaría de más que la razón se impregnase de un nuevo sentido de lo humano. De lo contrario, se expone a un naufragio seguro.

 

 

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