DEL GRAN HERMANO AL GRAN PRIMO

Los creadores del programa que encandila a la audiencia, Gran Hermano, han tenido la deferencia de adornar esta nueva muestra de telebasura con una referencia culta. Utilizar el nombre que George Orwell daba en su novela 1984 a la personificación del poder más despótico resulta apropiado –aunque probablemente al autor, excombatiente de las milicias troskistas en la guerra civil española, no le haría mucha gracia este uso comercial-, pero como en casi todas las utopías pesimistas la realidad se ha demostrado más aterradora que la ficción. En la novela el Gran Hermano utilizaba un número ilimitado de cámaras con las que vigilaba constantemente todo lo que hacían –y pensaban- sus súbditos como uno más de sus instrumentos de asfixiante y absoluto control. Hoy el Gran Hermano no necesita millones de cámaras, sólo unas docenas, para controlar y manipular a millones de personas, a todo ese extenso público que no sólo se traga las peripecias de los participantes en el programa, sino que además las comenta en el trabajo, las vuelve a leer en la prensa, llama por teléfono para votar y acude con pancartas para expresar sus preferencias por uno u otro concursante. Al mecanismo se le ha dado la vuelta; el sujeto sometido a control no es el que enfocan las cámaras, sino el que está pegado a la pantalla del televisor –de su propio televisor, que encima paga de su bolsillo-. El Gran Hermano se ha convertido en el Gran Primo –DRAE: "primo, ma. (Del lat. primus) adj. || 9. fam. Persona incauta que se deja engañar o explotar fácilmente"-.

Giovanni Sartori ya ha explicado en un libro, Homo videns, la sociedad teledirigida -que poca gente habrá leído porque ver la televisión no deja tiempo para ello-, que la tecnología está produciendo un ser humano "incluso más crédulo e inocentón que el hombre medieval", que en pocas décadas los medios de comunicación han creado "el pensamiento insípido, un clima cultural de confusión mental y crecientes ejércitos de nulos mentales".

La televisión desplaza crecientemente la información en favor del cotilleo más banal, la comunicación por la publicidad más descarada, la cultura por el pueril espectáculo, a las personas que tienen algo que decir –estadistas, filósofos, artistas, o simplemente maestros de enseñanza primaria- por personas que apenas tienen algo que exhibir –normalmente sonrisas profiden o cuerpos danone-. Y todo en beneficio –ni siquiera lo disimulan, cada programa nos muestra machaconamente a su patrocinador- de nuestro verdadero Gran Hermano, ese reducido núcleo de propietarios del mercado global al que compramos todos los productos que necesitamos y los que no, incluido el pensamiento único.

Si ya nos habíamos acostumbrado a que el protagonismo del espacio televisivo –descontada la cuota debida a los gobernantes- fuera copado progresivamente por misses y topmodels, folclóricas, hijas de folclóricas, exmaridos de hijas de folclóricas, ligues casuales de exmaridos de hijas de folclóricas, supuestos periodistas que cuentan cómo fotografiaron en actitud sospechosa al ligue casual del exmarido de la hija de la folclórica con el novio de la madre soltera del hijo de un torero, paneles publicitarios adornados por futbolistas que explican con torpe lenguaje que fútbol ser fútbol, niños partiéndose la crisma con un triciclo, repetición de pifias y deslices de presentadores, o sujetos de dudosa profesión –si es que la tienen- que opinan sobre todo, a partir de ahora podemos suponer que la televisión va a fabricar protagonistas en su estado más puro. Para ser famoso –o sea, para deambular de un programa a otro de la televisión, y de ahí saltar a los papeles y al chismorreo de bares y peluquerías- ya no será necesaria ni una mínima excusa, como la de pasar por la cama de alguien ya famoso, sino directamente mostrarse ante el Gran Primo a través de las cámaras del Gran Hermano. La televisión se encarga de seleccionar a los aspirantes que darán más juego, en función de su perfil psicológico, su estado civil y su pasado inmediato. Con gran olfato han supuesto que a los televidentes no les van a interesar las conversaciones ni andanzas de catedráticos de filología hispánica de mediana edad, torneros jubilados, amas de casa, taxistas felizmente casados, emigrantes ilegales, delegados sindicales, críticos de cine o profesores de autoescuela. En suma, no les va a interesar lo más mínimo "la vida en directo", pese a que así se lo publiciten, sino tragarse como si fuera de verdad una simple tragicomedia de situación con un deslavazado guión y una duración más extensa de lo habitual, actores menos experimentados, escenas tediosas, calidad de sonido bastante dudosa, pero con episodios profusamente acompañados de comentarios y reportajes adicionales. En el fondo un culebrón bastante cutre pero con los mismos ingredientes de miseria humana, envidias, celos, rivalidades, romances, escenas de cama, peleas, reconciliaciones y elucubraciones superficiales sobre el sentido de la vida que forman parte de todos los culebrones. Con una sola y sustancial diferencia; que se trata de un culebrón pornográfico. Pornografía en el sentido más obsceno del término –no el más inocente, el que tiene en las películas nocturnas de los canales de pago donde sólo se muestran cuerpos humanos y actos sexuales-, como inmoral tráfico de todas las intimidades personales a cambio del vil metal. Los espectadores saben, igual que distinguen el coito fingido de la película erótica del real de la pornográfica, que aunque la trama sea forzada toda la zafiedad que ven es real. Y junto a los actores-concursantes, que prostituyen su vida durante unos meses –o quizás para siempre, su éxito lo dirá-, se venden también periodistas, psicólogos y sociólogos que tratan de dar al invento el aspecto de respetabilidad al que han aspirado siempre las madames para sus burdeles.

 

 

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