GOBIERNO MENTIROSO
Que los políticos mientan no supone ninguna novedad, ni debiera ser ninguna sorpresa. Al fin y al cabo, son seres humanos. ¿Quién no ha dicho alguna vez (o muchas veces) una mentira? Mienten los padres a los hijos; los hijos a sus padres; los maridos a sus mujeres; los comerciantes a sus clientes; los médicos a los pacientes deshauciados; los alumnos a los profesores; los futbolistas a los árbitros; los publicistas por sistema; los abogados por conveniencia; los científicos para salvar sus teorías; los periodistas; los diplomáticos; los empleados al jefe; los reos ante el juez; los penitentes en el confesionario; los parados al redactar su curriculum; los contribuyentes ante Hacienda; los cazadores y pescadores; los videntes; los espías; los historiadores; los jugadores de mus. Si hacemos repaso de nuestras vidas, descubrimos incluso cuántas veces nos hemos engañado a nosotros mismos. No hay manera más segura de acabar con la lapidación que decir "quien no haya mentido nunca, que tire la primera piedra".
Quien miente lo hace siempre por buenas razones; casi todas las mentiras son piadosas, o pretenden evitar los desastres que causaría decir la verdad. La buena educación consiste, básicamente, en no decir lo que pensamos, y el don de gentes en ir un poco más allá y ser capaz de decir lo contrario de lo que pensamos para agradar a los demás.
La sinceridad, por lo tanto, no consiste en decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Es el arte de no decir más mentiras que las necesarias; y sobre todo, que las mentiras sean creíbles, que respondan a lo que nuestros interlocutores necesitan oír o son capaces de aceptar, de modo que nunca nos puedan acusar de engaño y mucho menos de mala intención. En todo caso, si alguna vez se descubre que nuestras palabras se han alejado un poco de la realidad fáctica verificable, que quien lo descubra no sólo nos justifique sino que alabe la creatividad de nuestra versión.
Hay ocasiones, incluso, que damos por hecho que no nos pueden decir la verdad. En esos casos esperamos, al menos, que nos traten con respeto. Es decir, que las mentiras estén bien elaboradas y primorosamente presentadas; que se hayan esforzado lo suficiente como para que no podamos rebatirlas y tengamos que hacer como que las creemos; pero que entre líneas nos hagan saber que nos consideran lo suficientemente inteligentes como para que no las creamos. Que incluso nos permitan responder con nuestras propias mentiras y salir airosos de la situación con la comprensión y la complicidad de nuestros oponentes.
Lo que en este momento resulta imperdonable del Gobierno presidido por José Mª Aznar, y provoca el cabreo del personal, no es que diga mentiras. Llevamos vistos muchos telediarios como para sorprendernos a estas alturas. Lo grave es la falta de respeto con la que miente. El presidente y sus ministros no solamente creen que los ciudadanos españoles somos tontos, sino que nos lo sueltan a la cara cada día. Han prescindido de las técnicas de marketing que durante años hicieron digeribles sus mentiras y nos las quieren hacer tragar crudas y sin masticar. Y se las pillamos todas.
Algo muy serio ha tenido que pasar para que nuestros gobernantes hayan perdido el norte de esa manera. Lo tosco y zafio de sus mentiras, desde hace unos meses, ha ido permanentemente in crescendo. Empezaron por negar la existencia de una huelga general que, sin embargo, provocó una crisis de gobierno y una engorrosa rectificación. Siguieron por afirmar que el riesgo de marea negra había pasado mientras los gallegos, y todo el mundo por la televisión, veían llegar el chapapote a las playas. Que Fraga no se había ido a cazar. Que el fuel se solidificaría en el fondo del mar, mientras veíamos los "hilillos" escapar de los restos del Prestige a tres mil metros de profundidad en el Atlántico. Que la decisión de alejar el barco de la costa fue la más acertada y estaba respaldada por los técnicos, cuando los expertos han ido desmintiendo uno a uno la versión oficial. Que las playas gallegas estaban esplendorosas. Luego nos han contado que las obras del AVE sufrían solamente un ligero retraso y estaban a punto de inaugurarse sus viajes; que los problemas detectados son sabotajes o errores ajenos, aunque nadie, fuera del ministro de fomento, ha sido capaz de respaldar sus fantasiosas declaraciones. Añadamos que el contencioso de Gibraltar iba a estar resuelto para el pasado verano; que el IPC iba a crecer solo la mitad de lo que creció el último año; o que con la reforma de la ley de extranjería iba a desaparecer la avalancha de inmigrantes y se iba a solucionar el problema de las pateras.
Pero las más gruesas e intragables mentiras nos las han contado en relación con el "conflicto" de Iraq. Que Aznar también está contra la guerra; que la cumbre de las Azores, y la frustrada segunda resolución del Consejo de Seguridad, eran intentos por lograr la paz. Que la resolución 1.441 autoriza el ataque contra Iraq; que la guerra es para restaurar la legalidad internacional. Que se trata de desarmar a Sadam; que se trata de evitar que use armas de destrucción masiva; que se trata de luchar contra el terrorismo de Al Qaeda; que se trata de llevar la democracia a Iraq; que los iraquíes estaban deseando ser liberados; que la guerra iba a ser fácil, breve e indolora; que ofrecerá la oportunidad de solucionar el problema palestino. Que el petróleo no tiene nada que ver en esto. Que la política de Aznar va a poner a España en la primera división internacional. Que el PP nunca ha votado en el Congreso de los diputados a favor de la guerra. Que los soldados españoles van a Iraq en misión humanitaria. Que gracias a la guerra sube la Bolsa y baja la gasolina. Que los B-52 norteamericanos no habían sobrevolado el espacio aéreo español, que era un bulo, para luego desdecirse. Que el Papa y los votantes del PP que están en contra de la guerra lo hacen por razones morales y merecen todo el respeto; que los actores, los manifestantes y los partidos de la oposición que están en contra de la guerra lo hacen por oportunismo, son violentos, totalitarios, antipatriotas y despreciables. Que la movilización por la paz encubre una conspiración rojoseparatista para derrocar al Gobierno. Que la verdadera víctima de esta guerra es el PP, cuyas sedes son asaltadas y sus candidatos agredidos por supuestos pacifistas que en el fondo son secuaces de Sadam Husein.
Vale; que nos llamen lo que quieran; que nos cuenten cualquier cosa. Pero, por favor, que se esfuercen un poco más. Que no nos tengan por necios.
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