Gente
a evitar en sanfermines
GENTE QUE HAY QUE EVITAR COMO SEA
Entre sus muchas virtudes como mejores fiestas del mundo, los sanfermines encierran también algunos inconvenientes. Uno de ellos, no pequeño, es el riesgo de tropezar con gente con la que uno prefiere evitar todo contacto, con la que no congeniamos, con la que hemos tenido problemas o un pasado que preferimos olvidar.
El
resto del año, los días que transcurren entre el pobre de mí y el chupinazo, es
relativamente fácil tener la situación bajo control. Todos tenemos nuestras
costumbres y rutinas bien asentadas. Sabemos con qué tipo de gente podemos
esperar coincidir en los lugares que frecuentamos. Conocemos lugares y horas
que debemos esquivar para no soportar encuentros indeseables. A esas personas
que no nos gustan pero que no podemos rehuir porque, por desgracia, son
compañeros de trabajo, de estudios, de cuadrilla, vecinos o incluso miembros de
nuestra propia familia, también las tenemos controladas. Sabemos cuándo y dónde
vamos a tener que soportarlas. Tenemos estudiados sus movimientos y adoptadas
las medidas de precaución correspondientes. Sabemos en qué lado de la mesa
tenemos que sentarnos para no tenerlos demasiado cerca. Conocemos qué temas de
conversación eludir para evitar su intromisión, qué planes ocultar para que no
se apunten, cuándo entrar o salir sin riesgo de que nos acompañen, qué actitud
hay que adoptar en cada caso para minimizar daños.
El
problema de los sanfermines es que durante unos días el tranquilizador orden
que hemos ido implantando a nuestro alrededor se rompe. Las rutinas cambian,
los horarios se alteran, y la gente ya no está donde y cuando suele estar. El
peligro puede acechar en cualquier lugar y a cualquier hora. Durante las
fiestas a la gente se le ocurre visitar sitios y actos en los que nunca ha
estado simplemente por eso, porque no ha estado, y algún instigador le ha
tentado a visitarlos con el argumento de que todo el mundo lo ha hecho alguna
vez. O se le ocurre juntarse con otra gente con la que habitualmente no anda,
que para eso son fiestas, y oye, algún día habrá que quedar, que hace mucho que
no nos vemos. Y una vez juntos acaban andando por donde unos, o los otros, o
todos ellos, no suelen andar, aunque a lo mejor hace diez, o quince años, o
veinte, sí que andaban, y por eso han vuelto para ver si esos sitios siguen
igual o si han cambiado igual que han cambiado ellos. O les han contado que
este año hay que ir a no sé dónde, porque han puesto un no se qué, y se desvían
de sus recorridos acostumbrados para ir donde haya que ir. Total, que hay mucho
personal en lugares donde habitualmente no está, o está a horas en que no
suele, o está haciendo cosas que normalmente no hace, o no las hace en los
momentos en que las hace en otras épocas, y el riesgo de un encuentro
inesperado con gente que no queremos ver se incrementa hasta niveles
alarmantes.
Y a
toda esa gente que tan frecuentemente no está donde debiera, en lugares a los
que no pensamos ir, se une toda esa que habitualmente no está en Pamplona pero
que como son sanfermines, ya se sabe, tienen que caer por aquí. Gente contra la
que no hemos tenido tiempo u ocasión de preparar medios de protección eficaces,
igual que esos indígenas que perecían en masa por carecer de defensas contra
las enfermedades de los invasores. Que se te presentan, que se te pegan, sin
darte la menor oportunidad.
En fin, que si la mala fortuna acompaña uno acaba teniendo que aguantar a personas a las que preferiría no tener que aguantar, en algunos casos con riesgo de arruinar las fiestas. De esas personas vamos a tratar en las próximas columnas. No me voy a referir a categorías generales de gente que es recomendable evitar, como políticos o periodistas. Los primeros pueden ser muy pesados si no se han enterado de que la campaña electoral terminó o si están todavía lamentándose de haber perdido injustamente la alcaldía o el escaño. Los segundos trabajando suelen hacer preguntas tontas del tipo “qué tal llevas las fiestas” o “cómo vives los sanfermines”. No, aquí me quiero referir a personas concretas, personas que conozco en persona, valga la redundancia, igualicas a otras que usted, como todos, se ha visto en alguna ocasión en la tesitura de tener que soportar contra su voluntad. Personas que por caridad hacia ellas o en legítima defensa propia rara vez identificaré por su nombre. Pero personas de carne y hueso, lamentablemente reales, que conviene evitar como la peste. Si se puede.
* VOLVER A LA PÁGINA INICIAL DE MIGUEL IZU