EL FUTURO DE LA MONARQUÍA

Qué se le va a hacer, uno es republicano y no desea tener como Reina de España ni a Eva Sannum ni a nadie. Pero en el fondo los chicos me caen bien; quiero decir ella y Felipe. Es la simpatía que brota del lado más tierno del corazón, ese que nos explotan tan bien los cuentos de hadas y Hollywood y que nos identifica con las parejas que afrontan todo tipo de obstáculos para que su amor triunfe. Sobre todo si el obstáculo es esa chorrada de que un príncipe no debe casarse con una plebeya, como en La Cenicienta o El Príncipe y la corista. Las buenas historias de amor son siempre relatos de sufrimiento y de lucha contra la adversidad. Hace poco vi una comedia romántica donde el chico y la chica se enamoran desde el principio de la película; tras media hora de felicidad sin que nada amenazara su amor empecé a revolverme nervioso en la butaca y a mirar el reloj. ¿Cuándo llegaban las penas? Afortunadamente a los cuarenta minutos llegó la crisis; a los setenta los protagonistas se separaron; a los noventa y cinco se reconciliaban. Salí del cine satisfecho y compartiendo un poquito de su felicidad.

A mí, personalmente, la Sannum no me acaba de seducir del todo; tiene la boca demasiado grande y muchos dientes. Pero si al príncipe le mola, pues venga, que se casen, allá ellos que es su vida. Me desagrada que sobre una elección ajena y tan privada como es el noviazgo, el matrimonio, o un simple polvete sabatino, tengan que comadrear los más rancios santones de la monarquía, los profesionales del cotilleo y una legión de ociosos internautas. Y si me sueltan que no es tan privado porque la novia de este cuento puede acabar de jefa de estado, diré que dado el carácter simbólico y ceremonial que tiene hoy la corona y su ausencia constitucional de poder efectivo y de responsabilidad no se me ocurre mejor candidata que una modelo de probada fotogenia. Al fin y al cabo, el papel representativo de la futura reina no va a diferir mucho, salvo por lo solemne, del que tiene Miss España. La reina de Suecia antes fue azafata, la difunta princesa de Mónaco actriz, y no pasa nada.

Como la cuestión tiene tan alterado al país voy a proponer una fórmula práctica para que Felipe y Eva se puedan casar, si así les place, y que deje contento, o al menos aplacado, a todo el personal. Pasemos de la monarquía como forma de gobierno a la república, pero sin necesidad de abolir la primera. Me explicaré.

Vivimos una época de cambios en que los estados surgidos de la revolución liberal de los siglos XVIII y XIX y de las reformas sociales del siglo XX abandonan algunos de sus más característicos signos de identificación. Su soberanía se cede a pasos agigantados a otras instituciones. La ONU se permite imponerles sanciones y la OTAN ejecutarlas (no siempre con mucha equidad y acierto, todo hay que decirlo). Se crean tribunales penales internacionales y los tribunales de algunos países se arrogan el derecho de juzgar incluso a jefes o exjefes de estado extranjeros. Varios países europeos renuncian a la potestad de acuñar su propia moneda para unirse en una moneda común. Los ejércitos dejan de ser "la nación en armas", abandonan el servicio militar obligatorio para profesionalizarse, admitir inmigrantes e integrarse en organizaciones supranacionales. Los responsables de la seguridad pública aconsejan a los ciudadanos procurarse seguridad privada. La protección social se desvía cada vez más hacia el ahorro personal, el aseguramiento particular y la acción de organizaciones no gubernamentales. Las selecciones deportivas nacionales buscan patrocinadores publicitarios. Las antiguas compañías aéreas "de bandera" se privatizan, igual que otras empresas e incluso monopolios tradicionales del Estado como carburantes, tabaco, electricidad, teléfonos, etc., que pasan a competir con otras compañías en el globalizado mercado de hoy. En algunos lugares hasta las cárceles son de gestión privada. Incluso hay países enteros de propiedad privada (no diré nombres, está feo señalar, pero algunos de sus propietarios suelen veranear en Marbella).

En este contexto, en el que Aznar acaba de proclamar en Quintanilla de Onésimo que "hay que privatizar más" ¿por qué no privatizar la monarquía? Uno de los argumentos que suelen darse en el Reino Unido, la monarquía por excelencia, a favor de mantenerla es que se trata de una institución que fomenta el turismo y proporciona muchos ingresos gracias a la imagen que da del país. Ciertamente no sería lo mismo visitar Londres sin el cambio de la guardia real en el palacio de Buckingham. Aplíquese lo mismo a España, el país turístico por antonomasia; ¿qué sería de Mallorca o de Baqueira sin monarquía? Pero si no es prudente abolirla, sí podemos privatizarla e, igual que nos cuentan que se consigue con la privatización de tantas empresas del sector público, optimizar su eficacia y rendimiento.

Modifíquese la Constitución para desvincular la corona de la jefatura del Estado (que sería atribuida a una presidencia de la República, como dicta el sentido común democrático) y convertirla en entidad privada, quizás una fundación sin ánimo de lucro y de utilidad pública. "Fundación Corona de España", podría llamarse, cuyo patronazgo correspondería, lógicamente, a la familia real, que podría seguir conservando todos sus títulos, como esos aristócratas italianos o rusos que los siguen utilizando pese a que sus países se convirtieron en repúblicas hace muchas décadas. O quizás una sociedad anónima con accionariado de suscripción popular que cotizara en bolsa, con una presidencia perpetua a favor del jefe de la familia real. O quizás una ONG. Es cosa de pensarlo.

Por supuesto, el Rey, la Reina, el Príncipe de Asturias, las Infantas y resto de sus parientes podrían continuar haciendo la misma vida. Habitando el Palacio de la Zarzuela y veraneando en el de Marivent (el Estado tendría que cobrarles un alquiler razonable), viajando por todo el mundo, presidiendo las reales academias, otorgando títulos nobiliarios y condecoraciones, entregando la Copa del Rey de fútbol y otros premios, asistiendo a otros actos solemnes y ceremonias y, lo que es más fundamental, apareciendo en el ¡HOLA! Únicamente se les dispensaría del fatigoso trabajo de recibir embajadores, firmar tratados, leyes y decretos, de hacer nombramientos y de abrir la legislatura en las Cortes, tareas que corresponderían al Presidente (o Presidenta) de la República. Los monárquicos, por tanto, seguirían disfrutando del mismo símbolo histórico de unidad y permanencia de la patria que para ellos constituye la figura del monarca, podrían seguir pidiendo audiencia en palacio o aplaudiéndole en sus visitas por el país. No se verían privados de las bodas, bautizos y funerales reales. Y por su parte, los republicanos podríamos prescindir de todos esos espectáculos (e incluso asistir) con la tranquilidad de que no se financiarían con nuestros impuestos. Al ser una institución privada la corona dejaría de percibir ingresos públicos pero podría mantenerse con financiación privada: donativos (como el que generosamente hicieron hace algún tiempo los empresarios baleares en forma de barco), retribución por asistencia a actos, explotación de merchandising y derechos de imagen (tal que tan bien hacen las estrellas del deporte), etc. Como en tantas otras actividades, tener que ejercer una sana competencia en el mercado con otras casas reales y personajes públicos sin duda haría mejorar la eficacia de la institución monárquica. Estúdiese la idea. El futuro de la monarquía podría pasar por las mismas pautas con que nos venden la globalización neoliberal. Y el príncipe podría casarse, o no, con quien quiera; sería una cuestión realmente privada.

 

 

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