Gente
a evitar en sanfermines
EL FUMADOR
Los fumadores son gente a evitar siempre, gente apestosa y peligrosa para la salud. Dicen los expertos que simplemente convivir con un fumador aumenta el riesgo de sufrir un infarto o un cáncer de pulmón. Pero lo peor es lo del olor: huelen mal, huelen a tabaco, mejor dicho, a humo de tabaco, que es un hedor penetrante, irritante y persistente; en una palabra, asqueroso. Tengo la duda de si su adicción les trastorna las facultades mentales de forma que son incapaces de darse cuenta de lo nocivos y desagradables que son para los demás, o si la perturbación es más de orden moral y simplemente les da lo mismo.
Hay fumadores, algunos, no demasiados, que conservan algo de conciencia social y no fuman en presencia de personas a las que pueden molestar; eso sí, hay que hacerles advertencia expresa y reiterada de ello. Pero aquí voy a hablar de ese otro personaje, ese que usted también conoce y padece en forma de amigo, compañero de trabajo, cuñado o vecino, que es el fumador empedernido, insensible e inflexible. Que en contra de la evidencia estadística cree que lo normal es fumar y que quienes no fuman son una minoría de gente rara. Que dice que fumar no es tan malo, que peor son los escapes de los coches, pero no se plantea porqué si nadie respira junto a tubos de escape vaya a ser normal aspirar de un tubito que echa humo de tabaco. Que afirma que no piensa dejarlo porque en realidad fuma muy poco (cosa que usted sabe que es falsa, en más de una ocasión ha ido contando las veces que fuma a lo largo de un día y son el cuádruple de las que admite). Para más inri sostiene que no fuma ni en casa ni en el trabajo (cosa que usted duda porque cuando le ha visitado en esos lugares ha percibido una concentrada peste a tabaco que le ha disuadido de repetir las visitas), sólo cuando sale. O sea, solamente cuando sabe que va a compartir espacio con otras personas a las que intoxicar, pero eso le tiene sin cuidado. Cuando se le pide que no fume dice que sólo va a ser un cigarro (se refiere a uno cada vez, porque detrás del primero vendrá el segundo y a continuación el tercero), y además aparenta tomar medidas expeditivas para no molestar: aleja el cenicero quince centímetros y cambia el cigarro humeante de una mano a otra. Todo el mundo sabe que de esa forma el humo automáticamente deja de expandirse por la atmósfera. Si le adviertes que está prohibido y que hay un cartel que lo anuncia, mira a derecha e izquierda y dice que es improbable que nadie diga nada (tú no eres nadie, al menos a esos efectos, y desgraciadamente tiene razón en el sentido de que nadie más, y especialmente alguna autoridad, vaya a hacer nada para que se respete la ley).
El fumador es particularmente pernicioso en sanfermines y celebraciones similares. Sigue fumando ininterrumpidamente ajeno al hecho de que la ocupación media de cualquier trecho de calle es de cinco personas el metro cuadrado; tiene buen cuidado en que la parte incandescente del pitillo apunte en dirección opuesta a su cuerpo y así se asegura de que cuando quema a alguien, algo que se produce cada par de horas, sea un prójimo. Ante la sugerencia de beber en una terraza o una barra al aire libre insiste en entrar a un local abarrotado donde la compañía de otros fumadores garantice la adecuada concentración de anhídrido carbónico, alquitrán y nicotina en el aire. Si hay resistencia por el resto de la cuadrilla la romperá alegando que tiene frío aunque haga treinta grados a la sombra. También prefiere comer a resguardo y se opondrá a sentarse en la calle; si sospecha que en el restaurante se ha reservado un comedor para no fumadores revolverá Roma con Santiago para modificar la reserva y asegurarse de que podrá seguir echando humo sobre los demás comensales.
Cuando va a la plaza de toros, por supuesto, disfrutará de un puro bien largo, en tamaño y duración. Si el humo de los cigarrillos es repulsivo el de los puros resulta directamente vomitivo. En el tendido o andanada coincidirá con otros aficionados que no conciben una corrida de toros sin ahumar a los vecinos, porque el humo de tabaco tiene una extraña tendencia a no ascender hacia la estratosfera sino a expandirse lateralmente. Si se le hace la observación de que su humo molesta alegará estar en lugar descubierto. No pretenda hacerle ver que su razonamiento puede tomarse a la inversa para invitarle a abstenerse de fumar en lugares cubiertos. La lógica del fumador funciona de modo que le permita fumar siempre.
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