Por
el Foro Iruña: José Luis Campo, Ginés Cervantes, Conchita Corera, Ioseba
Eceolaza, Miguel Izu, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz y José Luis Úriz.
En la historia, son muchos
los momentos en los que se ha debatido en torno al sistema republicano como
superación de un modelo, el monárquico, que ha estado relacionado con valores
propios de las tiranías.
Por eso consideramos que
continúa teniendo pleno sentido plantear este debate que en principio,
consideramos, debe superar un debate simple sobre nominalismos. La quema de retratos por un lado, y el secuestro de
revistas por otro, no ayudan a normalizar un hecho positivo para esta sociedad,
como es el debate sobre una institución. Debate que debería ser transparente,
sin cortapisas legales ni de ningún tipo.
Y consideramos que es
interesante ese debate, porque mejora la democracia al generar una tensión
dialéctica entre dos sistemas de raíz muy diferente, y porque creemos que es
necesario repensar constantemente la política con una actitud crítica. Ya que
la elección entre un sistema y otro es más importante de lo que aparentemente
parece.
Apostando por superar los
nominalismos, tenemos que profundizar en las aportaciones de ambos sistemas.
Porque en el marco europeo, en el contexto de las democracias europeas,
mejorables, pero ya consolidadas pretendemos dotar de contenido político a un
debate que supera la actitud contraria a una familia o una forma de vida pagada
por el sistema público.
Es evidente que hay
repúblicas dictatoriales y monarquías democráticas, pero ese no es el asunto en
el que debemos entretenernos. La monarquía es injusta por su propia naturaleza,
ya que discrimina a las personas en función de su linaje, es una institución
que representa valores conservadores, al escenificar unos ritos sociales y
familiares clásicos, alejados de lo que buena parte de la sociedad hace. Además
esta institución se ha constituido en uno de los símbolos de la petrificación
constitucional.
La monarquía es evidentemente una institución
anacrónica, machista y parasitaria. Es una institución que basa en lo fastuoso
su imagen, y eso en democracia resulta excesivo como forma de demostración de
poder, teniendo en cuenta por ejemplo que esos rituales se basan en lo vertical
y lo castrense. Es decir, los valores democráticos no vertebran los sistemas
monárquicos a pesar de que se produzca una convivencia, a veces dificultosa,
entre este sistema y el modelo parlamentario, por lo tanto se produce una vista
gorda sobre esa anomalía.
Apostar por la república
resulta, precisamente, más coherente con la democracia. La monarquía es una
anomalía democrática, en cuanto define que un cargo público es hereditario,
cuestión esta que es un lujo que no nos podemos seguir permitiendo en nuestra
sociedad.
La aportación republicana tiene una profunda raíz democrática. Bebe de esa radicalidad. En este sentido, la gran aportación republicana al pensamiento humano, y por lo tanto a la forma de organizar nuestras sociedades, tiene que ver con la concepción pública de las instituciones. La idea del laicismo, que va más allá de lo religioso, como forma de garantizar no sólo el interés público sino las formas de consenso, es la base del paradigma republicano. Es decir el republicanismo plantea el interés público, la plaza pública, en base a la cultura cívica, a la empatía entre la ciudadanía. Pretendiendo definir lo que nos une y lo que nos separa para así construir una convivencia de religiones o de identidades, mucho más satisfactoria, que no se deriva de autoridades reales o sagradas, sino que emana de la autoridad del consenso, de la autoridad de lo que comúnmente se puede definir como “bien público”.
Eso es lo que precisamente
intentó la II República. Pese a sus evidentes errores, que tienen que ver con
algunos de sus comportamientos militares y de orden público, la republica del
31 trató de trasladar una idea pública en el ejercicio de la administración
institucional. Por eso mismo le concedió una importancia de estado a la
cultura, por eso trató de mejorar la educación y el reparto de la tierra.
El ideal moderno de
libertad, autonomía o soberanía popular resultan incompatibles con una
aceptación acrítica de la tradición, de lo hereditario o de la monarquía. En
pleno siglo XXI no debemos dejar de cuestionar una institución que
paradójicamente necesita una cantidad ingente de recursos públicos para mejorar
su imagen pública. El protocolo sacraliza, diferencia y es un instrumento que
marca y define poder, por eso los chistes sobre lo campechano del actual monarca
resultan secundarios.
Los republicanos y
republicanas de hoy debemos mirar al futuro. Sin desdeñar las aportaciones
anteriores, tenemos que escapar de una visión melancólica de lo que pudimos
conseguir durante la transición. Y tenemos que dejar de lado algunas licencias
retóricas que nos alejan de la actual sociedad, porque decir que seguimos
viviendo en una especie de dictadura porque Franco nominó al rey no es más
radical que no decirlo, como si la exageración fuera más progresista.
Sabemos que los grandes cambios sociales no se han producido de un día para otro. Por eso es necesario mantener vivo este debate, porque se cambia no clamando el “hoy, hoy, hoy", sino serenamente mirando a lo lejos, somos conscientes de que existe un gran escepticismo sobre este tema, pero por eso mismo nos hemos animado desde este foro a plantear este viejo debate.
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