MITOS DE LOS SANFERMINES

11 de julio

LA FERIA DEL TORO

Como dice algún cronista local, a estas alturas de los sanfermines la Feria del Toro deja paso a la Feria del Torero. Algo que pasa desapercibido a la mayoría ya que el público pamplonés, tanto el de sol como el de sombra, y en eso no es muy distinto al de otras plazas –acabemos con el infundio de que Pamplona es en esto diferente, en casi ninguna ciudad habría corridas de toros si no fuera en las fiestas patronales y a la hora de la merienda-, ni entiende de toros ni entiende de toreros, ni le importa un bledo.

Aficionados, de esos de verdad que en invierno se van a ver pastar a los toros en las dehesas y distinguen un berrendo bizco de un jabonero veleto, sólo hay unos pocos, y como en todas partes del mundo –los hay hasta en Nueva York o Estocolmo- forman una pequeña secta con jerga y rituales exclusivos. Espectadores que se enteran más o menos de lo que pasa en el ruedo y son capaces de distinguir al toro del caballo, al matador del picador, hay algunos más. Y luego está esa gran masa que acude a la plaza de toros porque es San Fermín y allí es donde está la juerga por la tarde, y sólo tienen una idea aproximada de por dónde queda el ruedo.

Como el respetable a lo que va a la plaza es a divertirse y no a andarse con sutilezas, ya que le dicen que va a ver toros los quiere ver bien y los exige grandes, cuanto más grandes mejor, y que resulten lo más temibles que sea posible. Lo demás –casta, bravura, y otras zarandajas- se la trae al fresco, hasta el punto de que puede aplaudir con entusiasmo si el toro salta la barrera, indiferente a que ello indique mansedumbre y no bravura, porque resulta mucho más divertido. Ahora bien, como le han dicho que la Feria del Toro de Pamplona es de lo mejorcito, también quiere ver a los mejores toreros, esto es, a los más conocidos, especialmente si salen en la prensa rosa –bueno, en la prensa a secas, que últimamente casi toda va teniendo el mismo color-, para aplaudirles o para abuchearles, según estén los ánimos.

Así que la empresa –a la que los aficionados critican igual que en el fútbol hay que criticar a los árbitros, pero a la que en Pamplona al final se le perdona todo por la coartada de su carácter benéficosocial- tiene el criterio salomónico de presentar los primeros días las ganaderías más acreditadas y los toros más tremebundos con los toreros más necesitados de méritos para ascender en el escalafón, y los últimos días a los toreros de moda con, digamos, otro tipo de toros. La fórmula suele tener un resultado óptimo; el público pronto se cansa de ver toros pero no faenas –con estos toros no se puede hacer ná, se excusan los toreros- así que está deseoso de otorgar trofeos a las figuras a nada que se esfuercen, y transige con cualquier cornúpeta que suelten en el ruedo. Y si algún día se produce la feliz coincidencia de un toro bravo con un torero inspirado llega el delirio y el presidente no da abasto de orejas suficientes para calmar el ardor del público.

Y denunciemos ya ese otro mito sobre el público de Pamplona, el de que no hace caso a lo que sucede en el ruedo, lo que provoca la desesperación de algunos toreros y la negativa de otros a actuar en esta plaza. El público hace caso, pero sólo cuando le viene en gana, que para eso paga. Y le da la gana a veces, cuando en el ruedo hay espectáculo –no arte, ni profesionalidad, ni valor, ni orden en la lidia, que son cosas por las que la mayoría no ha pagado la entrada, sino espectáculo, que para eso está en fiestas-. O sea, un toro escandalosamente inválido, un picador desmontado, un toro saltando la barrera, una cogida, un banderillero huyendo despavorido, un matador que no puede matar al toro después de tres pinchazos y quince descabellos y, por supuesto, una buena faena de las que piden pasodoble y olés. Y cuando no hay nada de eso en el ruedo ¿para qué va a hacer caso de lo que allí sucede?

 

 

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