EL FENÓMENO DE LA PROSTITUCIÓN
Mikel Armendáriz, Victor Aierdi, Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Ginés Cervantes, Fermín Ciaurriz, Reyes Cortaire, Jokin Elarre, Miguel Izu, Manuel Ledesma, Iosu Ostériz, Ramón Peñagaricano, José Angel Pérez-Nievas, Pedro Romeo, Javier Sánchez Turrillas, Andoni Santamaría, José Luis Úriz, Patxi Zabaleta
Este verano hemos asistido en Pamplona/Iruña a una acción policial llevada a cabo en la avenida de Guipúzcoa y Cuatro Vientos. La finalidad de esa acción era intentar erradicar la prostitución, ejercida en ese lugar por mujeres, principalmente de origen africano, y que vino precedida, al parecer, de una constante protesta por parte de los vecinos de dicha zona.
Estas noticias nos han "escupido a la cara" la triste realidad que se produce en nuestro entorno para con hombres y mujeres que se ven llevados a practicar este "trabajo" y que entendemos necesita un análisis más en profundidad.
Al empezar a estudiar el fenómeno de la prostitución nuevamente nos encontramos con una palabra que, ya demasiadas veces, hemos tenido que desarrollar desde este foro: marginación. Lo hemos hecho hablando de cárceles, de delincuencia, de emigración, de drogodependencias, de menores... y curiosamente muchos de estos términos tienen relación con el tema que tratamos hoy. La marginación, queramos o no, es la causa directa en la mayoría de los casos de prostitución y la consecuencia inmediata en todos ellos. Las personas que acaban ejerciendo este "oficio" lo hacen empujados por problemas sociales o psico-sanitarios que les han llevado previamente a situaciones de desamparo social y de marginalidad en las cuales, desde su punto de vista, la prostitución es la única salida, que les conduce, inexorablemente, a agravar sus circunstancias personales entrando en un mundo donde, sin duda, van a tener aún más difícil el poder solucionar los problemas que les han llevado a prostituirse.
Aplicando esto a la práctica encontramos cómo hace no mucho tiempo las causas que llevaban a este mundo eran la pobreza y la drogadicción; estos eran los actores principales de las escenas que hace algunas décadas podíamos observar en la misma Plaza del Castillo. Hoy en día, a ellos, se le ha sumado uno nuevo: la inmigración ilegal. Todos agentes creadores de marginalidad social y prueba evidente de la existencia de problemas sociales que no podemos o no sabemos abordar con soluciones reales. Llevamos siglos tratándolos de la misma forma, aplicando en unos casos (especialmente en lo referente a la droga) medidas exclusivamente prohibicionistas y en otros (inmigración) medidas restrictivas, en cualquier caso sin éxito aparente.
Sin embargo, en el caso de la prostitución existe un factor a tener en cuenta, diferenciador respecto de otros problemas sociales, que supone una evidente responsabilidad social. Para crear y mantener este mundo es necesaria la existencia de una demanda, es obligatorio el hecho de que miembros de nuestro entorno social quieran pagar y busquen hacerlo. Al contrario que en fenómenos como la droga, es la propia sociedad quien alimenta la creación del problema con una demanda a la cual se "agarran" aquellos que, como hemos indicado, debido a estar inmersos dentro de redes de marginalidad social (a su vez no tratadas correctamente por el poder público) ven como única salida el ejercicio de la prostitución. Es decir, como sociedad, somos doblemente responsables ya que por un lado creamos la demanda y por otro, en cuanto no solucionamos correctamente nuestros problemas sociales, les empujamos a aprovecharse de ella.
Nos olvidamos que las personas que llegan a ejercer la prostitución lo hacen en situaciones muchas veces de violencia física, sin las mínimas condiciones higiénicas o de salud, sin condiciones laborales de ningún tipo y, además, apartadas socialmente y perseguidas legalmente, sin acceso a los procesos públicos educativos o de reinserción, produciendo un importante flujo de dinero negro en manos de mafias organizadas que, a su vez, generan más problemas de delincuencia y de inseguridad ciudadana.
Frente a esta realidad, en nuestra "superficie", consideramos el fenómeno únicamente como una cuestión ilegal e inmoral acrecentando aún más la marginalidad que ya de por sí conlleva. Toleramos la existencia de una doble moral: una pública que nos hace condenar, en aras de una farisaica moralidad, todo aquello que provenga de la prostitución y otra privada, generadora de aquella demanda que nos permite mantenernos cómo clientes. Perseguimos y apartamos a quienes lo practican sin reflexionar sobre el "por qué" lo hacen. Con ello, como con todo aquello prohibido en nuestro entorno, fomentamos la aparición de mafias explotadoras de la persona y vulneradoras de los más básicos derechos y acrecentamos problemas tan evidentes como los sanitarios.
Por contra en otros lugares de Europa, a la vista de todo esto, las legislaciones han cambiado. Se ha llevado a cabo una regularización del problema de modo que los hombres y mujeres que practican la prostitución lo hacen de forma normalizada consiguiendo solucionar sus propios "defectos" sociales y, a su vez, se eliminan todos o casi todos los problemas que propiamente nacen de ella.
Regulándolos ante el mundo laboral como cualquier otra actividad se les permite tener acceso, como los demás trabajadores, a los beneficios que las actividades regladas tienen, a la vez que se elimina una importantísima cantidad de dinero "negro" que hasta ahora, en nuestro país, está en manos de determinadas mafias. Se les permite ejercer la prostitución en lugares concretos y en establecimientos adecuados, evitando así enfrentamientos con vecinos que hasta la fecha se ven molestados por el ejercicio de la prostitución cerca de sus viviendas, favoreciendo además un control policial más eficiente sobre actividades que cuando menos suponen un riesgo para la paz ciudadana. Se les entrega una tarjeta sanitaria y se les realiza controles periódicos que permiten atacar problemas sanitarios, como el SIDA, frente a los que únicamente la prevención puede ser eficaz. Se favorece el acceso de estas personas a los empleados públicos del ámbito de la reinserción y la educación para, de este modo, realizar un correcto trabajo de normalización social para intentar "sacar" a quien no quiera estar en este mundo o cuando menos ayudarle en otros aspectos de su vida que puedan verse afectados (por ejemplo los familiares). Por último se consigue que las redes mafiosas puedan ser más eficazmente perseguidas, atacando al verdadero delincuente existente en la prostitución.
Muchos se escandalizarán con todo lo expuesto y otros muchos señalarán que no tenemos todavía el nivel socio-cultural suficiente para llevar a la práctica soluciones de este tipo. Sin embargo, la realidad nos dice que vamos camino de ello, no solo porque así lo observamos en nuestro entorno europeo, sino también en comunidades como en Cataluña ya se han regularizado de modo más racional los locales de "alterne" y parece que sus líderes políticos no tardaran mucho en abordar el problema en su conjunto. Quedarse sin hacer nada, no modificar nuestra actitud frente a la prostitución, supone más de lo mismo, más marginalidad y dolor.
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