FANTASMAS EN LA PLAZA DEL CASTILLO

 

Ernesto Hemingway estaba pescando a bordo de su yate cuando se le presentó San Fermín. Hay que advertir que esto sucedía en el mas allá, en la otra vida en la que desde años, o siglos, se encuentran ambos. Que no se corresponde con esas imágenes tan populares que nos representan un paraíso donde los bienaventurados vuelan con sus alas por entre nubes de algodón, y un infierno donde los malvados se consumen entre llamas en las calderas que atiza Satanás. No. En el más allá cada cual consigue ser y hacer exactamente aquello a lo que aspiró durante su vida terrenal; en eso consiste su premio y su castigo. Ya dice el evangelio que quienes tienen hambre y sed de justicia serán saciados, quienes son pobres heredarán la tierra y quienes están tristes serán consolados. Hemingway pasaba la eternidad entre la caza, la pesca y una interminable corrida de toros plena de emoción y espectáculo. Otros tenían peor suerte. Hitler estaba condenado a presidir a perpetuidad con el brazo en alto un victorioso e interminable desfile de arios puros y uniformados que pasaban ante él con banderas y antorchas vociferando himnos guerreros; no hace falta decir que le torturaba el más espantoso de los aburrimientos. Algo parecido le pasaba a Poncio Pilatos, que llevaba una eternidad lavándose las manos, aunque peor era lo de Enrique VIII, que se había casado cientos de veces.

Pero volviendo a lo nuestro, San Fermín le dijo a Hemingway: "¿Sabes lo último de Pamplona?". Hemingway había acudido varias veces en espíritu a Pamplona por los sanfermines, aunque últimamente apenas lo hacía. No le gustaban todos los cambios que había visto, la ciudad se parecía ya poco a la que conoció en los años veinte. En particular le había indignado el cierre de Casa Marceliano y su posterior conversión en oficinas municipales. "Cuéntame". "Pues que tienen la Plaza del Castillo patas arriba; han excavado un enorme agujero para meter coches, y les han salido un montón de restos arqueológicos con los que no saben qué hacer". San Fermín le contó información de primera mano; le había visitado un indignado grupo de vascones musulmanes del siglo VIII, encabezados por un Banu Qasi, cuyas tumbas habían sido desmanteladas y sus huesos enviados al museo. "Bueno, no me extraña nada", dijo Hemingway, "la última vez que estuve allí esa ciudad ya era un desastre; había caído en mano de especuladores y mercachifles. Cada vez se parecía más a las afueras de Chicago; incluso iban a abrir un McDonald’s. No se me ocurriría volver a vivir en un sitio así". Hemingway no pudo evitar comparar mentalmente las magras con tomate que solía almorzar en Marceliano con un McMenú y hacer un gesto de repulsión; "de volver a la Tierra prefiero irme a La Habana, que conservan mi casa tal cual la dejé y siguen bebiendo ron". "Bueno, ya sabes que a mí tampoco me gusta mucho, pero como me dedican las fiestas tengo que pasarme por allí y meter el capotillo en el encierro, que cada vez hay más gente corriéndolo y cada vez lo hacen peor. ¿Vas a venir este año?", dijo San Fermín. "Pues tal como me lo pones no creo. Además, tengo un rifle nuevo y había pensado en ir a cazar leones".

Cuando San Fermín se fue, Hemingway se quedó dándole vueltas a lo que habían hablado y pensó en acercarse de todos modos a Pamplona; le había picado la curiosidad. Resulta que todos aquellos bailes y juergas que había celebrado en la Plaza del Castillo tenían lugar sobre un cementerio, pensó echándose una carcajada mientras volvía a lanzar el anzuelo.

No esperó a los sanfermines y se plantó en Pamplona el día antes. Le desagradó ver en el centro de la ciudad unas grúas que construían lo que parecía ser un enorme bunker de hormigón. "Ya están otra vez esos arquitectos modernos que sólo saben hacer cubos de cemento sin ventanas", pensó. Observó con disgusto que circulaban todavía más automóviles que la última vez y colapsaban todas las calles céntricas; "claro, si se van a vivir todos a los adosados de las afueras y les ponen aparcamientos en el centro…", se dijo.

Pero le disgustó especialmente la vista de la Plaza del Castillo; aunque observó con agrado que el Iruña no era un bingo, sino de nuevo un café, tenía delante un enorme boquete que le recordó las ciudades bombardeadas que había contemplado cuando era corresponsal de guerra. "Qué restos arqueológicos ni qué puñetas", dijo, "aquí sólo han dejado un agujero". Notó que otros espíritus como él vagaban por allí mirando las obras. "Vaya, ya me extrañaba que duraran tanto. Llevaban aquí dos mil años y por fin se han cargado las termas en las que me bañaba cuando era mortal. Desde luego es mucho más práctico poner un aparcamiento", dijo el senador Firmo, que había acudido advertido por su hijo, "yo siempre fui partidario del progreso y de eliminar los vestigios del pasado, aunque no conseguí que todos hablaran latín". "Siempre dije que los navarros eran unos bárbaros incivilizados, y esto me da la razón. Se han cargado dos mil años de historia como si nada. Y todo para meter coches; más les valdría andar, como hacíamos en mis tiempos", soltó Aymeric Picaud con su mala leche característica de la que no había abdicado en la otra vida, en la que seguía peregrinando eternamente por el camino de Santiago y tomando nota de todo. "Muy bien hecho, ya me hubiera gustado a mí arrasar todo el Imperio Romano de ese modo", dijo Atila.

Hemingway no escuchaba porque estaba ya en los Corrales del Gas admirando los toros. "Bueno, al menos esto sigue casi igual que antes, llevan veinte años diciendo que lo derriban pero aquí está", se dijo complacido paseando entre los miuras, "aunque me da que algunos de estos bichos más que toros son bueyes, mucha carne y luego en la plaza cuatro mariconadas, en mis tiempos sí que había toros". Se sobresaltó de pronto con una visión; vio como se construía sobre el río y pegado a la muralla un gran paralelepípedo de hormigón (en realidad todavía no se estaba construyendo nada, pero por supuesto los espíritus ven el pasado, el presente y el futuro). "¿Museo de los sanfermines? ¿Correr un encierro virtual? ¡Menuda gilipollez!", murmuró para sí.

Encontró a San Fermín donde el Ayuntamiento, enfrascado en el programa de fiestas. "Esto ya no es lo que era, cada vez a peor. Si llego a nacer sesenta años más tarde para rato se me ocurre cambiar la pesca en Burguete por esto", le dijo. "Bueno, no te quejes, al menos el programa de fiestas es el de todos los años. Lo único que le han cambiado, como de costumbre, es el cartel", contestó San Fermín. "¿A eso llamas cartel? ¡Si se les han caído y revuelto las letras!", dijo despectivamente Hemingway. "No seas tan cascarrabias. Y recuerda que pese a la decadencia en la que ha entrado Pamplona, que a fuerza de copiar apenas se distingue de cualquier otra ciudad vulgar y hasta van a poner un Corte Inglés, mañana cuando tiren el chupinazo todo se transformará. Por muy mal gobernada que esté la ciudad, de las fiestas me encargo yo", dijo el santo. "A ver si es verdad", gruñó Hemingway con un hilo de esperanza.

 

 

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