EXCELENTÍSIMAS
E ILUSTRÍSIMAS AUTORIDADES
Entre las medidas de buen gobierno que
impulsa el ejecutivo presidido por Rodríguez Zapatero está la de suprimir los
tratamientos honoríficos a las autoridades de la Administración General del
Estado. Es decir, que el propio Presidente del Gobierno y sus ministros pronto
dejarán de ser excelentísimos señores o excelentísimas señoras, y habrá que
llamarles simplemente señor o señora.
La medida, de momento y mientras no
cunda el ejemplo, no afectará a otras Administraciones, es decir, a las de las
Comunidades Autónomas y entidades locales. Sin ir más lejos, los Consejeros del
Gobierno de Navarra acaban de ser equiparados mediante ley foral a los de otros
gobiernos autonómicos ascendiendo de señoría ilustrísima a excelencia, y el
Consejero de Presidencia ha declarado que hay otras cosas más importantes en
las que pensar que modificar el régimen de los tratamientos. Parece que por
ahora tampoco son afectadas con esta iniciativa otras instituciones como las Cortes
Generales, el Tribunal Constitucional, el Poder Judicial o las Universidades,
cuyos rectores no sólo son excelentísimos sino también magníficos. Vamos, que
va a seguir habiendo todavía bastantes excelentísimas e ilustrísimas
autoridades en este país.
El que suscribe actualmente es usuario
interino del tratamiento de ilustrísimo señor junto con el cargo de
parlamentario foral. Usuario pasivo, por supuesto, porque todo el uso que hace
del susodicho tratamiento es recibir documentos oficiales donde se lo dan. Uno
no es tan gilipollas como para ir por ahí autodefiniéndose como ilustrísimo, y
no hace falta decir que no tengo el menor inconveniente en ser despojado de un
tratamiento sin el cual he pasado durante muchos años. En principio me parece
de perlas la supresión de todos los tratamientos honoríficos, como han hecho
otros países de tradición republicana. En casi toda América, quitando jefes de
Estado y embajadores, no utilizan otros tratamientos aparte de señor o señora
que la mención del título académico o del cargo que se ocupa: licenciado
Fulano, ingeniero Mengano, senador Zutano, presidente Perengano. En Francia,
desde el Presidente de la República hacia abajo, todos son simplemente monsieur
o madame (ya olvidaron lo de ciudadano o ciudadana que se generalizó
tras la Revolución de 1789 y decayó cuando el ciudadano Bonaparte se convirtió
en emperador; ojalá que se recuperara).
Lo que sucede es que con esta
iniciativa del Gobierno de Rodríguez Zapatero me parece que se empieza la casa
por el tejado. O quizás tuviera que decir que habría que mirar de arreglar
también el tejado. Tratamientos, en este país, tenemos para aburrir. Además de
los ya mencionados, unas poquitas personas reciben el de Majestad o el de
Alteza Real, sin otro mérito personal que el de ser hijo o hija de alguien que
disfrutaba de tal tratamiento, o el de haber contraído matrimonio con alguien
que ya lo recibía. Otros son excelentísimos señores por ostentar la dignidad de
Duque u otro título con la condición de
Grande de España, o ilustrísimos por haber heredado los títulos de Marqués,
Conde, Vizconde y Barón sin Grandeza de España. Ya sabemos que los méritos de
quienes poseen títulos nobiliarios (una institución rancia donde las haya)
suelen consistir en ser descendiente de algún prohombre que mató muchos moros
durante la Reconquista (y probablemente también a más de un cristiano) o que
prestó mucho dinero al Rey para que combatiese a turcos o herejes.
El caso es que de momento se ponen en
cuestión los tratamientos honoríficos de quienes los reciben por desempeñar un
cargo público al que han accedido por un mandato de la ciudadanía, sea directo
mediante las urnas o indirecto a través de nombramiento por quien en última
instancia responde ante la cámara que ejerce la soberanía popular. Nada se dice
de otros tratamientos todavía de menor justificación. Por esta vía a lo mejor
además de los ministros también los diputados o senadores pronto sólo serán
señores o señoras, mientras que los barones o vizcondes, por no acudir a más
encumbrados ejemplos, seguirán siendo ilustrísimos señores.
En conclusión. Que nos quiten los tratamientos a todos, y cuanto antes. Pero yo me pido de los últimos.
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