Euskara Navarra Futuro
12 de Noviembre 2004
Jornada organizada por Euskara Kultur Elkargoa

 

 

Miguel Izu

Parlamentario foral por

Izquierda Unida de Navarra/Nafarroako Ezker Batua

 

 

 

1. Un pacto político para una cuestión política.

 

Uno de los lugares comunes en el debate que se produce en Navarra en torno a la cuestión del euskera es afirmar que se trata de una cuestión indebidamente politizada que se debería despolitizar. No falta quien afirma que no tendría ningún inconveniente en apoyar el euskera pero sólo una vez que se despolitice. O quien afirme que defiende el euskera como hecho cultural, y que quien se oponga a esa defensa está politizando el tema.

 

He querido hablar de pacto político, y no de pacto social o pacto institucional, como se hace a veces para intentar evitar la mención de la denostada política, para poner de manifiesto que estamos hablando de una cuestión que es política desde al menos hace dos siglos. No se puede despolitizar la política lingüística, como no se puede desalinizar la sal.

 

La cuestión de las lenguas tiene mucho que ver con el establecimiento de los estados nacionales que se afirman en la Edad Moderna y se afianzan principalmente como consecuencia de la Ilustración y la revolución liberal. Son los estados nacionales, sobre todo en los siglos XVIII y XIX,  quienes establecen una lengua oficial con la que relacionarse con sus ciudadanos y, sobre todo, en la cual alfabetizar, educar y adoctrinar a toda la población. Cabe recordar aquí el  rapport Grégoire“ de 1789 "sobre la necesidad de destruir los patois y de universalizar la lengua francesa" y sus afirmaciones de que uno de los medios más eficaces para la movilización de los ciudadanos es promover el conocimiento y uso de una lengua nacional: "la unidad de idioma es parte integrante de la revolución". O a la Junta de Instrucción Pública establecida por las Cortes de Cádiz y dirigida por Jovellanos que siguiendo el ejemplo francés disponía en 1813: "Debe ser una la doctrina de nuestras escuelas, y unos los métodos de su enseñanza, a que es consiguiente que sea también una la lengua en que se enseñe y que ésta sea la lengua castellana".

 

         La elección de unas lenguas como oficiales, como lenguas nacionales, tuvo el resultado de que otras lenguas, normalmente con menos hablantes, quedaron condenadas a un espacio marginal y amenazadas de desaparición. Los conflictos lingüísticos, por tanto, tienen unas causas políticas que no se deben ocultar. Los nacionalismos estatales habitualmente han promovido la extensión de la lengua oficial del estado nacional, mientras que los nacionalismos periféricos han defendido la pervivencia de otras lenguas como signo de identidad.

 

         Es cierto que han pasado dos siglos en los que han cambiado algunas cosas. Hoy se va desechando la idea de que cada nación deba tener una lengua única, una sola lengua oficial que excluya el uso de las demás. Se ha venido a reconocer a nivel político y jurídico lo que siempre ha sido un hecho: que en casi cualquier territorio del mundo conviven varias lenguas, conviven personas que hablan diversas lenguas. La coexistencia de varias lenguas oficiales en la misma comunidad política no es algo siempre fácil o exento de problemas. Pero las sociedades modernas, conseguida la suficiente homogeneidad cultural y lingüística para su normal funcionamiento mediante la alfabetización y educación obligatorias, pueden respetar diferencias culturales que no engendren discriminaciones o barreras sociales, y hoy es normal que los sistemas educativos incluyan una segunda y hasta una tercera lengua, sean lenguas cooficiales o lenguas extranjeras imprescindibles para comunicarse en un mundo cada vez más globalizado. Lo normal y deseable, en una población culta, hoy no es el monolingüismo sino el plurilingüismo. Buena muestra del cambio de percepción es el art.  3 de la Constitución española de 1978, que después de hablar de la posibilidad de que haya varias lenguas españolas oficiales, se refiere a que “La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”, o la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias de 5 de noviembre de 1992 que en su art. 7 señala como uno de sus objetivos “El reconocimiento de las lenguas regionales o minoritarias como expresión de la riqueza cultural”.

 

         Sin embargo, en Navarra se produce la paradoja de que el debate en materia lingüística en vez de avanzar en la misma dirección que el resto de Europa en cierto sentido ha retrocedido hacia estadios anteriores.

 

         La idea de que la pluralidad lingüística no era un problema sino un elemento de riqueza cultural es antigua entre nosotros. Fue promovida ya desde 1877 por un grupo de personas de diversas tendencias políticas –liberales, republicanos, carlistas, integristas, algunos posteriormente nacionalistas vascos- reunidos en la Asociación Euskara. A finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX todas las tendencias políticas navarras estaban de acuerdo en la necesidad de conservar el euskera como parte de la identidad tradicional de Navarra, sin que ello conllevara otro proyecto político de carácter nacional. En 1919, en un momento en que se planteaba un proyecto de regionalización que quedó a la postre frustrado, alguien tan poco sospechoso de incitar al nacionalismo vasco como Víctor Pradera proponía la cooficialidad de todas las lenguas autóctonas junto al castellano; y también en todos los proyectos de estatuto vasconavarro o navarro de los años treinta se establecía la cooficialidad del euskera.

 

La ruptura de la unanimidad se produjo a partir de la guerra civil de 1936. Se abrió un abismo infranqueable entre el nacionalismo vasco y el navarrismo (o entre el navarrismo vasquista y el navarrismo españolista, como prefieren decir otros) una de cuyas consecuencias fue la práctica desaparición del vasquismo españolista, la defensa conjunta de la unidad española con la cultura vasca y el euskera en Navarra.

 

En la segunda mitad del siglo XX y hasta hoy por determinados sectores políticos se ha establecido una vinculación necesaria entre el euskera y una causa nacional. Desde determinados sectores del nacionalismo vasco se defiende al  euskera como lengua nacional, y en consecuencia se aboga por una política de reeuskaldunización cuasiobligatoria, al tiempo que se sugiere que solamente un Estado vasco independiente garantizará la pervivencia del euskera. Desde sectores del navarrismo se acepta ese mismo principio, hasta el punto de calificar al euskera como "caballo de Troya" del nacionalismo vasco en Navarra (así lo hace Jaime Ignacio del Burgo en su libro El ocaso de los falsarios).

 

La consecuencia de ello no es que el euskera se haya convertido en cuestión política; es que se ha convertido en elemento de confrontación partidista. Debido al temor de que el fomento del euskera en Navarra se convierta en el fomento del nacionalismo vasco en Navarra (hecho desmentido por los datos electorales: después de un cuarto de siglo de democracia ha aumentado espectacularmente el número de estudiantes en euskera, mientras que el número de votantes del nacionalismo vasco ha permanecido más o menos estable), el navarrismo  político, principalmente Unión del Pueblo Navarro, ha basado su política lingüística en una política de contención del euskera, y todas sus acciones consisten en imponer una rebaja a su impulso o protección. Lo hizo en 1982 en el Amejoramiento del Fuero; si en 1980 el Parlamento Foral acordó, con el voto en contra de UPN y UCD, que "el castellano y el euskera serán las lenguas oficiales de Navarra" y que este principio se incorporaría al Amejoramiento, los dos citados partidos utilizaron su mayoría en la comisión negociadora para confinar la cooficialidad a las zonas vascófonas. Lo hizo en 1986 con el proyecto de ley foral del vascuence elaborado por el Gobierno del PSOE, a base de enmiendas parciales se rebajó el grado de tutela del vascuence. Donde el objetivo era "impulsar" su recuperación, se puso "proteger"; donde se reconocía en la zona mixta el derecho a usar el euskera "para relacionarse" con la Administración, quedó sólo "para dirigirse"; donde se decía que los programas de enseñanza en la zona no vascófona "fomentarán su conocimiento y aprendizaje" quedó una genérica remisión en toda Navarra "a los objetivos de esta ley"; y las Administraciones Públicas no "fomentarán" el euskera en los medios de comunicación sino sólo "protegerán". Si inicialmente la denominación de los topónimos iba a ser bilingüe en toda Navarra, al final la cosa va también por zonas. También lo hizo en 1994; en marzo el ejecutivo presidido por Juan Cruz Alli aprobó un decreto sobre uso del euskera en la Administración, y un sector de UPN encabezado por Alfredo Jaime, alcalde de Pamplona, se opuso y consiguió su modificación. En julio del mismo año se aprobó otro decreto con una rebaja en el uso del euskera: desapareció la vinculación para las empresas públicas, establecer circuitos administrativos bilingües dejó de ser obligatorio, en nombre de su autonomía las entidades locales fueron eximidas de elaborar planes lingüísticos y de usar rótulos y papelería bilingüe, y los impresos bilingües se proscribieron de la zona no vascófona. Este decreto foral de julio de 1994 sufre otra rebaja el año 2001, con el ejecutivo presidido por Miguel Sanz, pretextando la supuestamente desvirtuada igualdad en el acceso a la función pública. El bilingüismo en la zona mixta se ve reducido a la existencia de traductores, el euskera desaparece de los rótulos en edificios y carreteras (vuela cualquier rastro de autonomía local, se obliga a las entidades locales a utilizar sólo el castellano en sus membretes) y se ponen límites a la valoración del conocimiento del euskera para el ingreso o promoción en la función pública. Este decreto foral fue anulado por sentencia judicial, y rápidamente sustituido por otro de 2002 que también ha sido objeto de diversos recursos y de anulaciones parciales.

 

         La cuestión que se plantea en Navarra, por tanto, se hace en circunstancias anómalas. Una política lingüística en situación de normalidad debiera ir dirigida a resolver cómo hacer compatibles las dos lenguas habladas en Navarra; aquí se pueden ofrecer varios modelos políticos, varias opciones, así hay que reconocerlo y no fingir que no se trata de una cuestión política sino simplemente cultural. Tal política lingüística podría debatirse y decidirse por los mecanismos ordinarios del sistema democrático, es decir, básicamente por las mayorías parlamentarias.

 

Pero en la situación que vivimos, previamente habría que llegar a un compromiso para que la política lingüística no consista en un enfrentamiento entre dos nacionalismos, entre dos concepciones distintas de Navarra en el que el euskera se convierte en un rehén de intereses partidistas irreconciliables, y en última instancia en víctima de los distintos sectores políticos que afirman estar a favor de su defensa y protección.

 

Sería imprescindible un acuerdo de mínimos en el que participaran sectores políticos tanto del navarrismo como del nacionalismo vasco. Sería también necesario que la comunidad vascohablante se viera representada en dicho acuerdo, cosa que hasta el presente no ha sucedido dado que dicha comunidad se identifica más con las posiciones del nacionalismo vasco que con las del navarrismo.

 

 

2. Un pacto político entre navarros.

 

         Es también lugar común identificar a Navarra con sus fueros, aunque la definición de qué sean los fueros varíe de unos sectores políticos a otros, y es usual también basar los fueros en la idea de pacto entre Navarra y el Estado, aunque sean también muy diversas las consideraciones en torno a sus características (si se trata de un pacto político o jurídico) o la misma pervivencia de dicho pacto (si se mantuvo o no después de 1841, si se mantiene en el Amejoramiento o este es fruto de una imposición).

 

En todo caso, los sucesivos pactos entre quienes han dirigido en cada época la política navarra y quienes han regido las instituciones estatales no han sido precedidos por un pacto entre los propios navarros, entre sus diversos partidos, banderías o corrientes ideológicas. Al contrario, todos los actos presentado como pactos entre Navarra y el Estado han tenido como acto previo la victoria política, a veces también bélica, de unos navarros sobre otros. La denominada Ley "Paccionada" de 1841 es un pacto de los liberales navarros que monopolizaban la Diputación con sus correligionarios en Madrid para plasmar sus ideas sobre la acomodación del régimen foral a la Constitución de 1837, una vez derrotados los carlistas. Lo mismo se puede decir del primer convenio económico, el de Tejada Valdosera de 1877, un pacto entre liberales no por casualidad concluido tras una nueva derrota de las armas carlistas. El Decreto-Ley que en 1925 adaptó el Estatuto Municipal al régimen foral y el convenio económico de 1927 se aprueban durante el régimen de Primo de Rivera y suponen también el triunfo de los partidarios del régimen establecido por la Ley de 1841, en sintonía con la Dictadura, frente a los partidarios de la reintegración foral, que no podían expresarse en esas circunstancias. La guerra civil de 1936-1939 supuso de nuevo que una parte de los navarros pudiera imponer por la fuerza de las armas sus ideas (no cambia este hecho que las ideas impuestas fueran mayoritarias). Los convenios económicos de 1941 y 1969 o el Fuero Nuevo de 1973 ratificaron la doctrina del pacto foral; pactaron en nombre de Navarra quienes habían triunfado y obtenido el poder en la guerra y lo mantenían gracias a su integración en la dictadura franquista. La transición desde el franquismo iniciada en 1975 fue una oportunidad de corregir el curso de la historia, pero por desgracia el Amejoramiento no consiguió todo el consenso que hubiera merecido, y que sí tuvieron la mayoría de los estatutos de autonomía del resto de las comunidades autónomas. No cabe reprocharle ausencia de legitimidad formal; fue aprobado con una sobrada mayoría del Parlamento Foral. Pero hay que lamentar dos circunstancias que le han privado de convertirse en una auténtica "Constitución foral" no sólo acatada sino aceptada, asumida e interiorizada como la base legítima de sus instituciones por todos los navarros, cimiento de un patriotismo constitucional o foral propio. La primera es que contara con la oposición en bloque del nacionalismo vasco; una oposición minoritaria, es cierto, pero ni coyuntural ni susceptible de ser ignorada, ya que constituye una corriente organizada, consistente y representativa de una parte del pueblo navarro. La segunda, que no se sometiera a referéndum, a diferencia de lo sucedido con los Estatutos de Autonomía de otras comunidades. Sin estas circunstancias el Amejoramiento hubiera obtenido un plus de legitimidad que hubiera evitado algunos de los problemas de integración que ha sufrido Navarra desde entonces.

 

         Este problema es subsanable con un desarrollo inteligente y abierto hacia todos de las instituciones establecidas en 1982, que permitiera la adhesión a las mismas de quienes inicialmente se opusieron al Amejoramiento. Pero uno de los principales obstáculos para ello es precisamente la cuestión lingüística, y más en particular el principio de zonificación establecido en el Amejoramiento para la oficialidad del euskera y desarrollado en la Ley Foral del Vascuence de 1986.

 

         Resulta particularmente lamentable que la regulación sobre lenguas oficiales contenida en el Amejoramiento no fuera fruto de un amplio pacto entre los navarros, sino imposición de sectores políticos no mayoritarios en Navarra al resto aprovechando la ocasión del pacto con el Estado. Cualquier modificación del Amejoramiento en este sentido, o cualquier otra medida legislativa en torno a política lingüística, no debiera seguir el mismo camino sino ser fruto de un consenso más amplio.

 

 

3. Presupuestos del pacto. Cambio del paradigma territorial.

 

         Desde que los estados nacionales, que son entidades primordialmente territoriales, establecieron la idea de lengua nacional, resulta difícil concebir un territorio sin su lengua oficial. Cada territorio pertenece a un estado nacional, por lo cual tiene una lengua oficial, y por lo cual cada lengua se habla en un territorio determinado (o varios territorios determinados).

 

Sin embargo, como ya he dicho, la idea de lengua oficial o nacional es moderna. Durante siglos en Europa han coexistido muy diversas lenguas con múltiples dialectos –de límites difusos- hablados en comunidades reducidas, con algunas lenguas francas que permitían la comunicación y que en ocasiones daban lugar a lenguas literarias utilizadas por minorías ilustradas. No es hasta la Edad Moderna cuando la acción de la imprenta fomenta las lenguas vernáculas frente al latín y contribuye a fijar las lenguas literarias. Inicialmente, ni lenguas literarias ni administrativas coincidían con límites políticos y era normal la coexistencia de varias lenguas en un mismo territorio. Como relata Jimeno Jurío en Historia de Pamplona y de sus lenguas, en la capital navarra se han hablado y escrito desde la Edad Media euskera, latín, occitano, gascón, romance navarro, castellano y hebreo, sin necesidad de declarar a ninguna de ellas como oficial. Paradigmático es el panorama de mezcla lingüística en Centroeuropa hasta entrado el siglo XX, que se puede ejemplificar en Kafka, un judío checo que escribía en alemán, aunque hablase también checo o yiddish.

 

         Aunque hoy gane terreno la idea de pluralidad lingüística, la idea de lengua nacional o “lengua propia” persiste en los nacionalismos, sean estatales o periféricos, y con ella la idea de territorialidad. A cada lengua, su territorio, y a cada territorio, su lengua. Por eso los croatas dicen hablar en lengua croata, los serbios en lengua serbia y los bosnios en lengua bosnia, e incluso la escriben unos en alfabeto latino y otros en alfabeto cirílico. En realidad es la misma lengua, que lleva camino de convertirse en tres lenguas distintas por razones políticas, que no filológicas, algo parecido a lo que sucede con el catalán y el valenciano.

 

De ahí que la Constitución española en su art. 3 disponga la cooficialidad de las lenguas españolas distintas del castellano solamente “en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos”. No son lenguas cooficiales del Estado, sino solamente de las Comunidades Autónomas. En esto la Constitución española sigue un criterio territorial distinto del que encontramos en otras constituciones de algunos países con pluralidad lingüística. La constitución suiza dispone que son lenguas nacionales el alemán, el francés, el italiano y el romanche, sin limitaciones geográficas aunque, como es evidente, no todas esas lenguas se hablan en todos los cantones. La de Paraguay dispone que éste es un país pluricultural y bilingüe cuyos idiomas oficiales son el castellano y el guaraní. La constitución de Finlandia reconoce como idiomas nacionales el finlandés y el sueco, sin referencia territorial, pero además reconoce el idioma sami (de Laponia) y los derechos de los gitanos y de las personas que utilizan el lenguaje de signos. La de Italia no hace declaración ni de oficialidad ni de restricción territorial, sino que se limita a declarar que “la República protegerá mediante normas adecuadas a las minorías lingüísticas“. La Constitución Europea no hace una declaración sobre lenguas oficiales, pero sí establece el derecho de los ciudadanos a dirigirse a sus instituciones y a recibir contestación en cualquiera de las que denomina “las lenguas de la Constitución” y que son nada menos que veintiuna: alemana, checa, danesa, eslovaca, eslovena, española, estonia, finesa, francesa, griega, húngara, inglesa, irlandesa, italiana, letona, lituana, maltesa, neerlandesa, polaca, portuguesa y sueca, sin que exista referencia territorial que limite el ámbito de oficialidad.

 

El Amejoramiento en su artículo 9º asume también un criterio territorial, disponiendo que "el castellano es la lengua oficial de Navarra", y que "el vascuence tendrá también carácter de lengua oficial en las zonas vascoparlantes de Navarra". Esta zonificación anunciada y realizada por la Ley Foral del Vascuence que estableció tres zonas, vascófona, mixta y no vascófona, ha supuesto que los navarros son titulares de derechos distintos dependiendo de su lugar de residencia. Así, los ciudadanos tienen derecho a usar tanto el vascuence como el castellano en sus relaciones con las Administraciones Públicas y a ser atendidos en la lengua oficial que elijan, si se hallan en la zona vascófona, pero solamente tienen derecho a usar tanto el vascuence como el castellano para dirigirse a las Administraciones Públicas de Navarra en la zona mixta, sin garantía de ser atendidos en cualquiera de ambas lenguas, mientras que en la zona mixta los ciudadanos tienen derecho a dirigirse en vascuence a las Administraciones Públicas de Navarra pero éstas pueden requerirles la traducción al castellano (es decir, que pueden recibir el mismo trato que si utilizaran el inglés, el árabe o el suahili). En la zona vascófona los padres pueden elegir en qué lengua oficial quieren que sus hijos reciban enseñanza, mientras que no tienen tal garantía en la zona no vascófona.

 

         De este modo se producen una serie de paradojas bien conocidas. La población que más vascoparlantes concentra, Pamplona, no se halla en la zona vascófona sino en la mixta. Poblaciones que tienen una demanda de enseñanza en euskera superior a otras no la ven atendida porque se hallan en zona no vascófona. La oferta de Formación Profesional en euskera es infinitamente superior en la zona mixta que en la zona vascófona (ya que en zona mixta hay algo, y en la vascófona nada). La “frontera” que separa a la zona vascófona de la zona mixta cruza la aglomeración urbana de Pamplona, de modo que los derechos lingüísticos pueden variar según se cruza una calle.

 

         Frente a este paradigma de restringir la oficialidad de una lengua a un territorio determinado, con el corolario de que los derechos lingüísticos sólo se pueden ejercer dentro de ese territorio, la Carta Europea de Lenguas Regionales y Minoritarias ofrece elementos para su superación. Los firmantes de la Carta se comprometen a aplicar, mutatis mutandis y de manera flexible, sus principios a las lenguas sin territorio. Muchas de sus medidas se refieren, no a zonas donde las lenguas sean oficiales o cooficiales, sino a zonas “del Estado en las que resida un número de hablantes de lenguas regionales o minoritarias que justifique las medidas que figuran a continuación, y según la situación de cada lengua” y “en la medida en que sea razonablemente posible”. También se prevé la adopción de determinadas medidas, incluida la enseñanza, en “territorios distintos de aquellos en que se empleen tradicionalmente las lenguas regionales o minoritarias” “si el número de hablantes de una lengua regional o minoritaria así lo justifica”.

 

Por cierto, que en la declaración que acompaña a la ratificación por parte de España de la Carta se afirma que se entienden por lenguas regionales o minoritarias, a efectos de su aplicación, no sólo las lenguas reconocidas como oficiales en los Estatutos de Autonomía del País Vasco, Cataluña, Islas Baleares, Galicia, Comunidad Valenciana y Navarra, sino también las que los Estatutos de Aragón, Asturias y Cataluña protegen y amparan en los territorios donde tradicionalmente se hablan (es decir, la fabla aragonesa o aragonés, el bable o asturiano y el aranés) aunque no sean oficiales.

 

         Frente a la idea de que la protección de una lengua o de que los derechos lingüísticos están ligados a un territorio determinado, o que exigen la previa declaración de la cooficialidad, debería avanzarse en la idea de que la lengua, y los derechos lingüísticos, forma parte de la relación que se establece entre unos ciudadanos y unas instituciones. En este sentido, el euskera debiera ser no tanto lengua oficial de un territorio (sea el de Navarra o sea una parte del mismo) sino lengua que utilizan las instituciones de la Comunidad Foral para relacionarse con sus ciudadanos. En este sentido, sería preferible hablar de “las lenguas del Amejoramiento”, siguiendo el ejemplo de la Constitución europea, antes que de las lenguas oficiales; y de ciudadanos vascófonos que de zona vascófona.

 

          Entiendo que, frente al criterio territorial de la Constitución española, hubiera sido preferible que declarase lenguas cooficiales del Estado, o lenguas amparadas por la Constitución, a todas las que se hablan en España. También hubiera sido deseable que, en vez de hablar de las zonas vascófonas, el Amejoramiento hubiera hablado simplemente de las dos lenguas de Navarra. Y, en el presente, incluso aunque no se reformara el Amejoramiento en este punto, sería procedente una reforma de la Ley Foral del Vascuence que equiparara los derechos de todos los ciudadanos navarros en cualquier zona de la Comunidad Foral.

 

         Creo que podría ser un ejemplo a inspirar la legislación foral en materia lingüística el de la Comunidad Valenciana. A esta comunidad pertenecen territorios de lengua castellana donde nunca se habló históricamente otra lengua, junto a otros territorios donde la lengua hablada tradicionalmente ha sido el valenciano (valenciano: variedad del catalán, que se usa en gran parte del antiguo reino de Valencia y se siente allí comúnmente como lengua propia, dice el Diccionario de la Real Academia Española). Su Estatuto de Autonomía establece que los dos son idiomas oficiales de la Comunidad Autónoma; y prevé que la ley delimitará los territorios en los que predomine el uso de una y otra lengua, así como los que puedan exceptuarse de la enseñanza y del uso de la lengua propia de la Comunidad. La Ley de uso y enseñanza del valenciano de 1983 reconoce el derecho de todos los ciudadanos a utilizar ambas lenguas con las instituciones públicas; establece la incorporación obligatoria del valenciano a la enseñanza en todos los niveles educativos, aunque en los territorios castellano-parlantes se llevará a cabo de forma progresiva y en todo caso los padres pueden solicitar la exención del aprendizaje del valenciano para sus hijos.

 

         En suma, ese pacto político sobre el euskera debiera explorar las posibilidades de extender la protección del euskera, los derechos lingüísticos de los ciudadanos vascoparlantes y muy específicamente la enseñanza en euskera a todo el territorio de Navarra, incluyendo las zonas no vascófonas o de predominio del castellano, más que hacer cuestión de la cooficialidad o no de las dos lenguas.

 

         En la actualidad trabaja en el seno del Parlamento de Navarra una ponencia sobre política lingüística. Podría ser el primer paso para avanzar hacia ese pacto político y hacia introducir en el ordenamiento jurídico navarro una serie de medidas consensuadas lo más ampliamente posible que normalizara el debate en torno al euskera.

 

         Este pacto debe pasar por desvincular el euskera de otras cuestiones políticas. Sobrarían los discursos en torno a la lengua como elemento de construcción nacional; sobrarían las descripciones del euskera, o del castellano, como lengua nacional; o debates sobre cuál de ambas lenguas es más o menos propia de Navarra. Sobraría establecer objetivos últimos como una reeuskaldunización obligatoria, igual que sobra pretender la contención del euskera dentro de unos límites más o menos artificiosos.

 

         Cualquier pacto debiera pasar por los dos elementos en que, en principio, todas las fuerzas políticas suelen coincidir en sus declaraciones. Es decir, protección del euskera como parte del patrimonio cultural de Navarra, y protección de los derechos lingüísticos de los ciudadanos navarros, en el sentido de poder utilizar libremente cualquiera de las dos lenguas de Navarra sin imposiciones ni discriminaciones.

 

 

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