Cómo capear la crisis en Sanfermines
ESTAMOS EN CRISIS
Qué felices éramos hace un año. Apenas
se había empezado a hablar de crisis los Sanfermines pasados (acabábamos de
reelegir a Zapatero con la premisa de que no había crisis). Todas las crisis
las teníamos asumidas, tanto la individual que tocara a cada uno (la de la
adolescencia, la de los cuarenta, la matrimonial, la de la jubilación, la
existencial) como las colectivas (la de valores, la de la democracia, la
climática, la del cine español). Al acabar los Sanfermines según los hoteleros
no se había notado ni menos gente ni menos ingresos. Pero en estos meses se ha
agudizado la crisis económica y eso son palabras mayores porque es la que duele
en el punto más sensible del cuerpo humano, el bolsillo. El dinero no da la
felicidad, pero sin él no hay manera de comprarla.
Cuando el Pobre de Mí de 2008 no
habíamos oído hablar de Lehman Brothers, si nos los llegan a mencionar no
hubiéramos sabido distinguirlos muy bien de la Warner Brothers o los Blues
Brothers; ni hubiéramos distinguido la AIG de la AEG ni conocíamos a un tal
Madoff que nos ha costado no confundir con
Madoz, ese apellido que viene del pueblecito del mismo nombre de Larraun. Pero
llegó el otoño y entre que unos empezaron a quebrar en los telediarios y otros
a ser perseguidos nos tuvimos que poner al día de la economía internacional y
aprender, gracias a Leopoldo Abadía, lo de la crisis ninja y que no tiene nada
que ver con las tortugas ninja, y qué rayos son las hipotecas subprime. Luego vino lo de hacernos
cargo los contribuyentes de los agujeros de los bancos y los cuatro millones de
parados.
Así que no hacemos más que hablar de la
crisis, casi tanto como del tiempo; estos son los Sanfermines de la crisis. La
histórica congelación del precio del abono de la Feria del Toro y el
establecimiento de menús de fin de semana en los restaurantes de Pamplona son
pruebas palpables de lo desesperado de la situación. Hasta qué punto hemos
llegado que el Ayuntamiento ha tenido que hacer recortes en los gastos más
esenciales del año, los de las fiestas. Eso sí, ya nos han advertido que el
ahorro apenas se va a notar, que las fiestas van a ser tan buenas como siempre
o mejores que nunca, lo que ha sembrado la sospecha de si es que otros años se derrochaba
o si es que este año nos quieren engañar. Sospecha a la postre intrascendente
porque de todos modos la mayoría de los ciudadanos ya estaba convencida de que
los políticos hacen habitualmente ambas cosas.
Los contribuyentes nos enfrentamos al
mismo dilema que nuestros gobernantes municipales. Hemos de gastar menos,
porque no están las cosas como para permitirse alegrías con el dinero: unos en
el paro, otros temiendo en cualquier momento el ERE o la reducción de
plantilla, otros viendo que su negocio va a menos, unos pocos sin poder gastar
en público por disimular lo que han ganado a costa del resto. Pero no podemos
renunciar a absolutamente ninguna de nuestras costumbres sanfermineras, hasta
ahí podíamos llegar. Podremos prescindir de otros gastos superfluos: pagar la
hipoteca, pasar la ITV, hacer la ortodoncia de los niños, cambiar la cocina.
Pero hay cosas sagradas con las que no se puede transigir y los Sanfermines son
una de ellas. Sobre todo no vamos a flaquear ahora cuando el resto del año incluso
en plena crisis económica mundial hemos mantenido nuestro inquebrantable apoyo
a un sector estratégico como es el de la hostelería pamplonesa (si no de las
mejores, cuando menos de las más caras del mundo). Pensamos salir lo mismo y
patear las calles y el ambiente igual que siempre.
Se impone buscar una estrategia de
reducción de costes pero manteniendo el mismo nivel de disfrute sanferminero.
Se puede; sólo hay que buscar la fórmula acertada. Hemos oído a infinidad de
gobernantes asegurar que se pueden bajar los impuestos y el gasto público y al
mismo tiempo mejorar las prestaciones sociales y los servicios públicos; y
estamos saturados de anuncios y ofertas comerciales donde nos garantizan que
pagando mucho menos podemos obtener productos de mayor calidad.
Pues de esto vamos a tratar en esta
modesta columna a lo largo de los próximos días. Intentaremos dar algunas
pistas y algunas recetas de cómo gastar lo menos posible, pero sin renunciar
absolutamente a nada. Es decir, se trata de consumir lo mismo pero pagando
menos, ahorrar pero no racanear. Un poquito de imaginación, otro poquito de
organización y algo de cara dura serán suficientes para conseguirlo.