ESTADO, PAÍS,
NACIÓN, PATRIA
Desde
antiguo existen los países; pays,
dice el diccionario de la Academia Francesa, es parte de un territorio que se
distingue en razón de diversas particularidades geográficas, históricas,
humanas, etc. Ya Estrabón distinguía países delimitados por su condición de
península (Iberia e Italia) o de isla (Britania), o por los pueblos que los
habitaban (Celtica, Germania). Los límites de los países varían según el
observador y el tiempo. Hispania, luego España, en la antigüedad se
identificaba con la península Ibérica e islas adyacentes; desde el siglo XVI
dejó de comprender a Portugal y se amplió a Canarias. Alemania hasta el siglo
XVIII se identificó bien con todas las tierras de habla alemana, bien con el
Sacro Imperio, y luego con la Confederación Germánica; hoy no incluye
territorios que fueron alemanes y son parte de Polonia, República Checa,
Austria, Italia, etc. Un país puede formar parte de otro país más amplio;
decimos que Francia es un país, pero también lo son el País del Loira o el Pays Basque. En realidad podemos llamar
país a cualquier porción de territorio haciéndolo sinónimo de comarca, región,
provincia, nación…
En el último siglo se ha
tendido a identificar país con Estado, llamamos más usualmente país al
territorio con una organización política independiente. El Estado no ha
existido siempre, aunque sí siempre una determinada organización política sobre
cada territorio habitado (tribu, polis,
monarquía, imperio). Desde el final de la Edad Media el poder se centraliza en
lo que llamamos en sentido más estricto Estado, una organización soberana con
un gobierno, un ejército, unas fronteras estables. Todo Estado se asienta sobre
un territorio, es decir, sobre un país
(Portugal) o sobre varios países (Reino Unido). Cabe un país sin Estado
(la Antártida, Somalia o Afganistán en los últimos años), un país dividido
entre varios Estados (Corea, Chipre), pero no un Estado sin país (Israel, el
Estado judío proyectado por el movimiento sionista desde el siglo XIX, no pudo
constituirse hasta que en 1947 la ONU le otorgó una porción de Palestina).
También
a partir de la Edad Media surge el concepto de nación; aunque su contenido ha
ido variando, inicialmente se refiere a una comunidad humana (a diferencia del
país, que es un territorio, o del Estado, que es una organización). La natio medieval designa a los estudiantes
que en una universidad proceden del mismo país; luego se entiende, así el
Diccionario de Autoridades de 1734, como la “colección de habitadores” de un
país. Desde la Revolución Francesa la nación o pueblo se proclama como titular
de la soberanía frente al monarca absoluto. Surge el Estado-nación,
organización política basada en una comunidad de ciudadanos iguales en
derechos. Su territorio, el país en que se asienta, es heredado de la monarquía
absoluta a la que sucede (obtenido a través de sucesivas guerras, conquistas y
tratados de paz), sus exactos límites son accidentales, mudables dado que el
territorio es instrumental. La nación-Estado puede soportar que le priven de
territorio, no que le priven de derechos.
En competencia con ese primer concepto “francés” de nación como conjunto de ciudadanos con gobierno y leyes comunes surge el “alemán” de nación como comunidad cultural o histórica, conjunto de personas unidas por vínculos de lengua, costumbres, religión, raza o destino común. En tal sentido, una nación puede existir aunque no esté asentada en el mismo país (gitanos, judíos) o en el mismo Estado (los alemanes antes de 1871, los italianos antes de la unificación de 1870, los árabes). Un país puede estar habitado por diversas naciones culturales (Bosnia, Suiza, India) o solo por una (Dinamarca, Japón). Hemos aceptado la idea de Estado multinacional tomando la nación en este segundo sentido (en el otro, a cada Estado solo corresponde una nación).
Al
final de esta evolución terminológica nos hemos acostumbrado a hacer sinónimos
Estado, nación y país, aunque con frecuencia tal uso nos lleva a malentendidos
y discusiones semánticas, no dejamos claro el sentido de cada vocablo. Los dos conceptos de nación suelen
aparecer demasiado entremezclados. La revolución liberal impuso el concepto
político: comunidad de ciudadanos libres e iguales, aunque la igualdad
inmediatamente quedó amputada y limitada a la abolición de los residuos del
feudalismo y a la igualación legal de la burguesía con la nobleza. No se
consiguió la igualdad ni ante la ley (quedaron excluidas las mujeres y en
algunos países los esclavos o las minorías étnicas), ni en el ejercicio del
poder (se impuso el sufragio censitario y se mantuvieron cargos hereditarios),
ni la igualdad económica (no hubo redistribución de la riqueza, sino una
economía capitalista esencialmente desigualitaria), ni la de oportunidades
(irregularmente repartidas según el origen social). Conseguidos los objetivos
de la revolución burguesa se giró hacia el concepto cultural de nación, menos
amenazador para el orden social: comunidad de ciudadanos que compartían la
historia, la lengua, la religión, las tradiciones, el destino, con una lengua
oficial, una religión oficial, una historia oficial transmitidas a través de
una escuela nacional y obligatoria. Se construye una comunidad que más que a la
igualdad aspira a la uniformidad, las desigualdades sociales y económicas
quedan perfectamente justificadas y encubiertas con las invocaciones
patrióticas.
Patria
es un concepto ligado al afianzamiento del Estado-nación que por ello ha
devenido en sinónimo de país, nación o Estado. Mi patria, mi país, mi nación,
suenan hoy intercambiables. Originariamente patria es el lugar donde se ha
nacido, sea una ciudad, una comarca, un país. Cervantes la nombra para
referirse a La Mancha como patria de don Quijote, al Toboso como patria de
Dulcinea y a España como la patria añorada por el moro Ricote. Hoy se entiende
que la única patria (la de “todo por la patria” o de “aberria ala hil”) es la nación; la nación entendida dentro de la
cultura nacionalista generalizada en el siglo XX como comunidad natural con
vocación de eternidad y unidad de destino titular de un derecho sagrado sobre
un país (la gran tragedia nacional es la pérdida de territorios) y del no menos
sagrado derecho a constituirse en Estado. Tan arraigada se halla esta
mentalidad que a toda nación hay que dotarle de un país (a los checos que
tradicionalmente han vivido en dos países, Bohemia y Moravia hoy unidos en la
República Checa, se les inventa un país hasta ahora inexistente, Chequia), a
todo Estado se le supone una nación con himno nacional, bandera nacional y
fiesta nacional (artefactos prescindibles hasta bien entrado el siglo XIX), a
todo país le suponemos dotado de Estado (en la Wikipedia hay una larga lista de
“países extintos” como el Califato Fatimí, el Imperio Inca, el Tíbet o los
Estados Confederados de América, por mucho que los correspondientes territorios
no hayan sido tragados por el océano), y a toda patria la creemos constituida
en Estado (llamamos “apátridas” no a los que no han nacido en ninguna parte,
sino a los que carecen de un Estado que les reconozca como “nacionales” suyos).
Aunque sea evidente que hay Estados sin nación (Ciudad del Vaticano), naciones
sin Estado (Kurdistán), países sin Estado (Tierra de la Reina Maud o Namibia
hasta 1990 bajo fideicomiso de la ONU) y agujeros negros que no son ni país, ni
nación, ni patria, ni Estado (Guantánamo).
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