ESTADO DE DERECHO
Where laws end, tyrannies begin
William Pitt
Expresaba Pablo Antoñana, en una de sus recientes columnas, desconfianza acerca de la utilidad de escribir en estos papeles: "Pero si los destinatarios de cuanto escribimos no tienen tiempo de leer, si están ocupados en comidas de trabajo, viajes, mirándose al reloj porque no van a llegar a tiempo a ni ellos saben dónde. Si yo supiese escribir. Para qué". Comparto su mismo vicio de juntar letras, por desgracia no su maestría, y el mismo recelo sobre si leen quienes debieran. Sobre si alguna vez lo hacen, para saber de lo que están hablando, los que pontifican en los foros públicos. Sospecho que muchos de los que invocan a todas horas el Estado de Derecho jamás han abierto la Constitución, que los que apelan a la supervivencia de Montesquieu ignoran en qué siglo vivió, que algunos de los que juzgan y sentencian desde la irresponsabilidad de una tertulia radiofónica desconocen que el Código Penal se vende también como libro.
Cuando di en estudiar cosas de leyes me enseñaron que el Estado de Derecho significa que el Estado está sometido al Derecho, que los poderes públicos son los primeros obligados a cumplir la ley, que nadie está por encima de ella. Me temo que sólo unos pocos iniciados compartamos tal idea. Me infundió pavor hace unos meses el ministromásvalorado de Interior, hoy candidato a gerifalte de los vascos, afirmando agriamente frente a alguna reivindicación de derechos que "a quienes hay que aplicar el Estado de Derecho es a los terroristas". Desde entonces he comprendido que Estado de Derecho ha degenerado en el vulgo en sinónimo de enviar a la hoguera, de aplicar garrote, o cuando menos de condenar a galeras. Que el Estado de Derecho no nos protege a los ciudadanos en nuestros derechos tanto cuanto amenaza a los que trasgreden el orden, aunque sea de pensamiento. Que ahora mismo se asocia con prohibir, detener, excomulgar, y ya no con libertad, derechos, límites a la autoridad. Que a lo peor suena lo mismo Estado de Derecho que estado de sitio. Que se invoca a la ley cuando lo que se quiere invocar es al poder, que se clama justicia cuando lo que se quiere es desquite, y que se esgrimen votos para ejercer el despotismo. "El Estado de Derecho soy yo", hubiera podido decir el Rey Sol en este tiempo.
No veo rastro del Estado de Derecho cuando los gobernantes juzgan a los jueces y desde sus tribunas se permiten instruirles sobre las sentencias y autos que deben expedir, cuando los sumarios se instruyen en la prensa y las condenas se dictan desde los telediarios. Cuando se indulta para pagar deudas políticas y no para hacer justicia. No lo veo cuando se legisla desde el ejecutivo, cuando el legislativo sólo asiente y calla, cuando se resuelve a cada paso por decreto-ley aunque no sea ni extraordinariamente urgente ni necesario, abusando de las facultades que la Constitución invocada en vano y a diario atribuye al Gobierno. No lo veo cuando los mismos que permiten que las leyes de enjuiciamiento decimonónicas hayan llegado al siglo XXI, los mismos responsables de que este país gaste más dinero en fútbol que en justicia echan la culpa de que la justicia no funcione a los jueces (que los hay buenos, regulares y malos, como en todo gremio). No lo veo cuando quienes debieran garantizar los derechos humanos de todos los ciudadanos se dedican a buscar culpables y chivos expiatorios en vez de soluciones. Ni cuando el Defensor del Pueblo se ha convertido en un cargo objeto del botín a repartir entre los partidos y en la voz de su amo. O cuando se niegan por ley derechos fundamentales a los inmigrantes sin papeles (a los inmigrantes sin dinero), y en lugares como El Ejido han quedado proscritos los sindicatos y las oenegés, se persigue la disidencia y funciona un nuevo apartheid entre moros y cristianos. No cuando se cumple la ley sólo si conviene, se escucha al ciudadano nada más si jalea y aplaude, se hace tabla rasa del pluralismo y se convierte la política en un juego de amigos y enemigos, de buenos y malos, y se manipulan desde el poder los medios de comunicación públicos y privados en los que siguen saliendo y opinando los mismos y solamente los mismos de siempre. Cuando se oculta información que hemos pagado entre todos. Cuando se insiste en bajar los impuestos a quienes nunca los pagaron y se hace pagar más a quien menos tiene, y hay ministros entre los primeros que para no pagar hacen trampas más o menos ajustadas a la ley que ellos mismos dictan, y luego no hay dinero y hay que recortar gasto social. Cuando nos hemos olvidado por completo del mandato constitucional sobre distribución equitativa de la renta, y cada vez son menos los que poseen más. Cuando del Estado va quedando poco, porque se está vendiendo a trozos so pretexto de su ineficiencia por los mismos que se debieran dedicar a hacerlo eficaz y no lo hacen, y el interés público privatizado va cediendo paso a los intereses privados que tantos bienes públicos prometen para un futuro feliz que nunca acaba de llegar. Cuando no se dice que a menos Estado, menos Estado de Derecho, y menos Derecho. Que sólo habrá derechos para quienes puedan pagárselos. "He observado otra cosa bajo el sol: en el puesto de la ley está el delito; en el puesto de la justicia, la injusticia", escribió Qohélet en tiempos de los seléucidas, hace veintidós siglos, y no parece que progresemos mucho aunque ahora estas palabras circulen por Internet.
Políticos de salón, tertulianos, intelectuales orgánicos, maestrillos, enterados, periodistas de circunstancias, famosos de profesión, leguleyos postizos y frívolos en general verborrean a diario sobre el Estado de Derecho y la democracia en términos que hacen suponer que confunden ambos conceptos porque ignoran su contenido. "Estamos en un Estado de Derecho", repiten, porque les han dicho que lo dice la Constitución. Como si en el Derecho se pueda "estar" y su realidad última no sea la de una cotidiana "lucha por el Derecho", según expresión de un eximio jurista alemán, o "lucha por el Estado de Derecho", que remató otro jurista español. Lucha de la cual, me temo, muchos han abdicado, si es que estuvieron alguna vez, deslumbrados por el éxito de la España que va bien, el brillo del poder, las cotizaciones de bolsa, el producto interior brutal, la tasa de crecimiento, la competitividad y el consumismo desbocado, aunque sea consumo de la basura reciclada con la que nos alimentan cuerpo y alma.
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