Que la selección nacional española de
fútbol haya hecho lo de siempre en el campeonato mundial no es sorpresa. Por
muchas ilusiones que se quieran sembrar, que nunca logre pasar de cuartos o de
octavos es lo más lógico. Y mucho más si le toca, como en esta ocasión, jugar
contra Francia. Entre la selección francesa y la selección española hay una
diferencia abismal y determinante, y no es la calidad de sus jugadores o de su
juego. Los franceses tienen himno y los españoles no.
Se me
dirá que España tiene himno nacional como cualquier otro país, nación o estado
del mundo. Cierto que hay una cosa bautizada oficialmente como himno nacional,
que se interpreta en Si b mayor y en dos versiones, la completa que dura
cincuenta y dos segundos y consta de dieciséis compases, y la breve que dura
sólo veintisiete segundos y consta de ocho compases, como precisa un Real
Decreto. En su versión breve suena antes de cada partido que disputa la
selección. Pero en realidad no es un himno. La propia norma que lo regula ya
reconoce que se trata de la “Marcha Granadera” o “Marcha Real Española”. Y
claro, una marcha no se canta, se escucha, y por eso el llamado himno nacional
español no tiene letra oficial.
Esa es
la clave. Un himno no es tal si no se canta. Ya en su etimología griega
“hymnos” implica canto; originalmente un canto coral en alabanza de una
divinidad. En los himnos nacionales la loa se hace con algo igualmente sagrado,
en estos dos últimos siglos, como es la patria. El himno nacional sirve para
congregar a los hijos de la misma nación, a los ciudadanos que comparten la
soberanía nacional, para cantar juntos. A diferencia de las antiguas marchas
reales que servían para acompañar los desfiles a los que los súbditos asistían
como reverentes espectadores pasivos. Como dijo Ortega, la nación sirve para
hacer algo en común, y una de las cosas que ejemplarizan esa comunidad es
cantar al unísono.
Los
franceses sí que tienen un himno, y además un buen himno. Como los mejores
himnos, de origen guerrero, de hecho Rouget de Lisle, su autor, no lo tituló
“La Marsellesa” sino “Canto de guerra del ejército del Rhin”. Uno lo escucha
cantar y siente unos deseos irrefrenables de unirse a eso de “allons enfants de
la patrie...”. Sobre todo si lo escucha en “Casablanca” cuando Victor Laszlo
hace que la banda del café de Rick lo interprete para plantar cara a los nazis.
Por cierto que Laszlo, el personaje interpretado por Paul Henreid, no era
francés sino checoslovaco. Da igual, “La Marsellesa” antes que cántico nacional
fue un himno revolucionario que se cantó en España abundantemente durante todo
el siglo XIX e incluso al proclamarse la II República.
En
nuestros tiempos ir a la guerra para defender la patria está peor visto que en
el pasado. El ardor guerrero ha tenido que buscar una alternativa para
manifestarse y ésta ha sido principalmente el deporte. Las selecciones
nacionales desempeñan el mismo papel que los ejércitos de antaño, y por eso se
adornan de toda la parafernalia que originalmente adornaba a las tropas:
uniforme de colores vistosos (mientras que todos los ejércitos hoy utilizan los
mismos uniformes de camuflaje), bandera, himno, despedida entusiasta de la
población antes de ir a la batalla y desfile triunfal si vuelven vencedores.
A España,
desde la época que se quiso considerar nación, no le fue nada bien haciendo la
guerra. Desde que a partir de Carlos III se estableció el ejército permanente
éste no ha conseguido ganar ninguna guerra frente a los enemigos exteriores (se
perdió toda América y después lo que quedaba de África, sin conseguir recuperar
nunca Gibraltar) y ha dedicado más tiempo a guerrear contra sus propios
ciudadanos en las constantes guerras civiles que llenan los siglos XIX y XX que
a otra cosa. Los españoles rara vez se han dedicado a cantar juntos, ni a hacer
casi nada juntos, salvo la guerra unos contra otros. Así que tiene toda su
lógica que ahora le vaya mal en el deporte. Cierto que hay deportistas
españoles destacadísimos en el ámbito internacional cuando se trata de
competiciones individuales. También España destacó a nivel militar inventando
la guerra de guerrillas. Pero otra cosa es cuando hay que batirse contra otros
equipos nacionales.
Se me
puede replicar que en el último cuarto de siglo España por fin ha ido
normalizándose y ha logrado emprender algunas tareas en común, como convertirse
en un país moderno, democrático, económicamente desarrollado y miembro
prominente de la Unión Europea. Vale, pero demasiado tarde. En el ámbito
deportivo ya no tiene remedio. El español medio antes que forofo de la
selección nacional lo es del Real Madrid o del Barcelona, o de alguno de los
otros equipos que representan las esencias identitarias de alguna ciudad,
provincia, región, nacionalidad o realidad nacional, por no hablar de los que
se identifican más con su selección autonómica.
Así que paciencia y a no hacerse muchas ilusiones para la próxima Eurocopa. Que conste: todo lo anterior no lo digo embargado por el desconsuelo ni para reivindicar una renovación del patriotismo español, pasando por poner letra al himno, que asegure glorias deportivas en el futuro. Podemos vivir perfectamente sin patriotismo, sea de la patria que sea. Al menos la mayoría; los que no teníamos pensado hacer negocio ni con el patriotismo ni con el mundial.
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