EL
ESPACIO FEDERALISTA
Del diario debate político que se desarrolla en esta tierra se deduce
que para mucha gente resulta inevitable que todo ciudadano navarro, y sobre
todo cualquier fuerza política navarra, está irremediablemente condenado a elegir
entre una de dos identidades: navarrismo y vasquismo, o españolismo y vasquismo
según prefieren definir otros (ya que hay quienes se reclaman al tiempo
navarristas y vasquistas). Unos entienden a Navarra como foral y española;
otros la entienden igualmente foral pero vasca. Unos creen en la nación
española, los otros creen en la nación vasca. Si algo suelen tener en común
quienes asumen la defensa política de esas identidades contrapuestas, o de esas
dos formas distintas de sentir la identidad navarra, es suponer que no cabe
tierra de nadie entre ambas trincheras. Para los navarristas, si no te cuentas
entre ellos eres sospechoso de vasquista; y si no compartes credo con los
vasquistas, éstos inevitablemente te acusarán de españolista. La objeción de que
uno no es nacionalista suele ser respondida bien con el argumento de que todo
el mundo es nacionalista, de un lado o de otro, bien con el de que ser
vasquista o navarrista tampoco implica ser nacionalista sino sólo defender una
identidad, algo que todo el mundo hace.
Y sin embargo, también hay vida fuera de tales posiciones identitarias.
Se puede actuar en política desde otros parámetros. En particular, cabe otro
espacio distinto para fuerzas políticas que no incluyan en su programa la
afirmación o la defensa de una determinada identidad regional o nacional, con
la misma normalidad con la que en nuestro país los partidos políticos no se
suelen adherir a una determinada identidad religiosa (hay países en los cuales
entienden normal lo contrario, que compitan partidos protestantes contra
católicos, o cristianos contra musulmanes, o chiítas contra sunitas) o a una
determinada identidad sexual (en cambio, en Estados Unidos o en Brasil sí
existe un Partido Gay) al tiempo que defienden la libertad religiosa o la
libertad de orientación sexual.
Un espacio político de carácter no identitario, que no necesita
profesar ni navarrismo, ni vasquismo ni españolismo, igual que no necesita
abrazar ni el catolicismo, ni el islam, ni el ateísmo, es el federalismo. Aquí
hay que precisar que me refiero al federalismo no como una simple técnica de
organización, sino al federalismo como concepción política alternativa a los
nacionalismos identitarios. Porque a menudo el federalismo se ha utilizado como
mero instrumento del nacionalismo, bien para organizar internamente y
cohesionar una nación con una fuerte identidad propia, bien para mantener
provisionalmente la convivencia entre varias naciones con identidades
distintas. Los Estados Unidos o Alemania pueden ser ejemplo de lo primero, la
desaparecida Yugoslavia o la actual Federación Rusa de lo segundo. La mezcla de
federalismo y nacionalismo es problemática y suele resolverse con el triunfo de
la idea nacional, bien por el fortalecimiento del poder central y el
patriotismo unitario, bien por la disolución de la federación ante las
tendencias centrífugas de los patriotismos particulares.
El federalismo del que hablo es un federalismo pluralista y
multicultural, laico en el sentido de que no hace bandera de la afirmación de
una determinada identidad nacional, cultural o lingüística, sino que se centra
en la convivencia de diversas identidades en un marco democrático y
descentralizado al máximo. Que huye de la pretensión nacionalista de que a cada
estado corresponda una nación cultural, lingüística y espiritualmente
homogénea, o viceversa. Que no edifica la organización política sobre la idea
de soberanía y de imposición unilateral de una voluntad superior, sino sobre la
idea de pacto y negociación multilateral. Un federalismo al estilo del que
funciona más o menos eficazmente en países como Suiza, Canadá o India.
Este federalismo fue connatural a la izquierda europea del siglo XIX,
que preveía para el futuro una organización social y política construida de
abajo hacia arriba, de forma democrática, y que pudiera alcanzar incluso un
ámbito mundial superador de las diferencias nacionales y culturales. En ese
sentido iban las propuestas de autores como Proudhon, en la corriente
libertaria, o Bauer y Renner en la marxista, o de un Pi i Margall en nuestro
país (otros, como Lenin, eran más partidarios del estado centralizado). En el
siglo XX el federalismo ha quedado diluido por la consagración de la cultura
nacionalista, que ha llevado a la multiplicación de los estados nacionales en todo
el mundo y al predominio de la idea de que ésta es la única organización
política viable.
Hoy vivimos en un momento de crisis de esta concepción. Los antiguos
estados nacionales se fragmentan o se descentralizan, buscando de un modo u
otro acercar el poder a los ciudadanos, que suelen quedar demasiado lejos de
las decisiones. Pero al mismo tiempo, necesitan delegar muchas competencias en
ámbitos supraestatales, sea en organizaciones internacionales o en entes
difícilmente catalogables según el paradigma estatonacional como la Unión
Europea. El principio de soberanía ha sufrido tantos recortes que está
irreconocible; la aplicación universal de ciertos principios del Derecho
internacional, la jurisdicción de tribunales internacionales, la posibilidad de
que tribunales nacionales juzguen hechos ocurridos en otros países, el
principio de intervención armada por la comunidad internacional, la extensión
del principio de subsidiariedad y de autonomía local y regional...
Las ideas federalistas deben actualizarse a un mundo globalizado y
postindustrial, pero siguen teniendo vigencia como alternativa a los estados
nacionales. En sociedades complejas y cada vez más plurales, donde los
ciudadanos exigen más cercanía del poder, pero que al mismo tiempo se tienen
que insertar en organizaciones políticas supracionales en las cuales crece la
interdependencia económica, política y social, el federalismo ofrece
herramientas más que adecuadas para manejar las muchas dificultades y
contradicciones con que se enfrentan. El federalismo hace posible la democracia
y la participación ciudadana, el autogobierno local y regional, la cooperación
y la solidaridad interterritorial, el respeto y la integración de diferentes
identidades, la compatibilidad entre autodeterminación y pertenencia a una
organización política común. Frente a la cultura nacionalista de afirmar la
diferencia y la separación, la cultura federalista afirma el pacto y la
voluntad de convivencia, frente a la imposición de la unidad nacional la unidad
federal construida sobre la libertad y la voluntad. Ante la idea de soberanía
nacional, promueve la de soberanía de los ciudadanos ejercida en todos los
niveles de la organización política. Y frente al patriotismo particularista,
impulsa el patriotismo de los derechos.
El espacio federalista también existe en Navarra. Es al que se adscribe Izquierda Unida de Navarra-Nafarroako Ezker Batua, que no se define ni como navarrista, ni como vasquista, ni como españolista, sino que preconiza que en su seno caben todas esas identidades, que son legítimas pero que convertidas en objeto de un programa político caen en el riesgo de ser excluyentes.
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