Nuevas tradiciones

 

EL ENCIERRO DE LA VILLAVESA

 

 

         Todo el mundo sabe qué es el encierro; fuera de Pamplona casi todos ignoran qué es una villavesa. Aparte de la mujer natural de la vecina localidad de Villava, mundialmente conocida como patria chica de Miguel Induráin, es también el nombre popular que damos a los autobuses urbanos. Su origen está en una empresa, “Autobuses La Villavesa”, que en 1929 estableció las primeras líneas de transporte urbano en nuestra ciudad. La razón social todavía existe aunque ya no se ocupe de este servicio público, hoy en manos de una multinacional.

 

El encierro de la villavesa se corre en la mañana del día quince de julio. Es decir, en la primera mañana en que después de ocho días de sanfermines, dado que las fiestas han acabado en la medianoche anterior, no hay encierro (y, como explicaré enseguida, tampoco hay villavesa).

 

         De toda la vida ha habido juerguistas irreductibles que han hecho caso omiso de la circunstancia de que las fiestas han concluido y han seguido de jarana durante toda la noche e incluso bien entrada la mañana del quince de julio. Allá por mitad de los años ochenta, llevados de la nostalgia, algunos empezaron a acudir a las ocho de la mañana a la cuesta de Santo Domingo y a cantar a San Fermín como si realmente fuera otra mañana de fiestas más y de un momento a otro los toros fueran a llegar galopando en dirección a la Plaza Consistorial. Como es lógico, no llegaba ninguna manada de astados pero en cambio sí una villavesa, la de la línea 6 que hacía la ruta desde la Rochapea hasta Santa María la Real atravesando el Casco Viejo, y que ese día retomaba su recorrido habitual después de haberlo tenido que alterar durante los sanfermines. Los mozos, a falta de bóvidos, empezaron a correr delante del autobús. Así nació el encierro de la villavesa.

 

         En 1988 los periódicos locales, alertados de esta incipiente costumbre, le dedicaron amplios reportajes. Uno de ellos señalaba que este acto ya “tradicional” llevaba celebrándose al menos tres años por iniciativa de unos vecinos de San Jorge empeñados en incluirlo en el programa. La cosa empezaba a estar tan organizada que se iniciaba con un cohete lanzado en cuanto se avistaba la villavesa subiendo por la cuesta. Gracias a la atención de la prensa al año siguiente en vez del centenar de mozos habitual concurrieron más de mil y el chófer de la villavesa se las vio y deseó para poder seguir con su viaje sin atropellar a nadie. La avalancha de corredores provocó algunas contusiones en la chapa del autobús y un herido atendido en urgencias.

 

         En 1990, popularizada y asentada la tradición, la villavesa desapareció del encierro de la villavesa. La empresa concesionaria y el consistorio decidieron no reponer el recorrido mañanero de la línea 6 hasta el día dieciséis y evitar así males mayores. No importó demasiado. La mocina siguió acudiendo a las ocho del día quince y se dedicó a correr delante de una furgoneta con cuernos y rabo específicamente aparejada para la ocasión y que además, a diferencia de la villavesa de la línea 6, completaba el recorrido del encierro hasta la plaza de toros.

 

         Desde esa época los participantes del encierro de la villavesa han corrido delante de infinidad de sustitutos. Coches, furgonetas, bicicletas montadas por un doble de Induráin, toros de cartón con ruedas, villavesas de otras líneas que se cruzan con el recorrido del encierro, cualquier cosa sirve. Más que la carrera importa estar allí a las ocho de la mañana cantando las tres veces reglamentarias “a San Fermín pedimos...” para demostrar que las fiestas no han acabado por más que el doctor Arazuri hablara de “un festejo postsanferminero”. A falta de la imagen del santo que se coloca en la hornacina de la cuesta de Santo Domingo durante las fiestas unos años se ha colocado una botella y otros ha comparecido en ella un mozo disfrazado del mismísimo patrón de la diócesis de Pamplona, con su mitra, su báculo y su capa pluvial.

 

         La persistencia del encierro de la villavesa nos recuerda que los intentos oficiales de acabar con algún acto sanferminero suelen tener efectos inversos. En algunos momentos antes del siglo XIX estuvo prohibido correr delante de los toros; a principios del siglo XX se prohibió bailar delante de la marcha a vísperas y gritar ¡riau, riau!; en 1990 se desmontó la fuente de Navarrería y se suprimió la villavesa del día quince. Aunque no figure en el programa y la prensa ya no le haga mucho caso, el encierro de la villavesa se ha convertido en tradición y, como todas las tradiciones, no desaparecerá hasta el día en que sus devotos se aburran de ella.

 

 

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