MITOS DE LOS SANFERMINES

9 de julio

EL ENCIERRO

Igual que el Riau-Riau se estableció contraviniendo la prohibición expresa de bailar delante de la corporación en su marcha a vísperas, el encierro se inventó desafiando las órdenes de la autoridad en contra de correr ante los toros que eran conducidos a la plaza. De donde se desprende que ese chiste según el cual, para meter cuarenta navarros en un seiscientos, hay que decirles que no caben, tiene bastante fundamento sociológico.

Fuera de Pamplona se suele presentar al encierro como una especie de primitivo rito de iniciación a la edad adulta que debe pasar cualquier joven navarro, demostrando su valor en una prueba arriesgadísima. No es raro que a uno le pregunten a ver cuantos muertos se producen cada año en el encierro.

En realidad la mayor parte de los jóvenes navarros no corren jamás el encierro. Y más vale. La avalancha de yanquis, neozelandeses, suecos e hispanos de toda la península y las islas que llegan para correr el encierro atraídos por su fama internacional ya casi no deja sitio a los toros dentro del recorrido. Por otro lado, los corredores más habituales suelen haber pasado la edad de cualquier iniciación; no es rara esa gente que lleva veinte o treinta años corriendo delante de los toros.

Peligro, hay; pero no para tanto. Dicen los expertos que quienes realmente corren aterrados el encierro son los toros, que sólo son capaces de ver una enorme y confusa multitud en movimiento a su alrededor y un estrechísimo pasillo por el que se afanan en huir. La única manera segura de ser corneado por el toro es colocarse directamente en su trayectoria de huida. Según las estadísticas, en San Fermín, los forasteros tienen más posibilidades de morir despeñados por la muralla del Redín que en el encierro, y los indígenas tienen más números para encontrarse a la Parca en un accidente laboral que ante un toro.

Y por supuesto, son más numerosos los heridos –aunque de menor gravedad- que son arrollados por los demás corredores que los lesionados por culpa de un morlaco. El verdadero peligro del encierro está hoy, como en los partidos de fútbol, en la multitud, no en los toros; y a decir de algunos, el máximo riesgo está en esos adictos al encierro que lo consideran un arte taurómaco más. Los divinos, apelativo en un principio admirativo pero que en los últimos años empieza a tener connotaciones negativas, tienen fama de jugar sucio y zancadillear o empujar a los demás corredores para quedarse solos con un toro. Y el peligro más reciente son los corredores publicitarios, los que mediante precio corren con publicidad comercial en la camiseta y necesitan chupar cámara, aunque sea también a costa de deshacerse con malas artes de quienes les estorban para colocarse en sitio destacado ante la torada.

Por otro lado, suponiendo que uno haya conseguido deshacerse de la brutal competencia y que el toro le coja, el encierro de Pamplona es el lugar del mundo donde menos posibilidades tiene de morir de una cornada. Pese a esa imagen de fiesta salvaje que se transmite a veces, no hay cosa más organizada y mejor atendida que el encierro. Una vez empitonado, pasarán menos de sesenta segundos antes de que el herido esté rodeado de una nube de médicos y socorristas que de inmediato detendrán sus hemorragias, inmovilizarán sus fracturas y le insuflarán oxígeno. En cinco minutos estará en una camilla, en diez en una ambulancia a la que la policía despeja de inmediato la salida, y en diez minutos más en un moderno hospital de una de las regiones con mejor sistema de salud pública de Europa atendido por los cirujanos más experimentados del mundo en cornadas de toro.

A quien sienta desprecio por su vida y de verdad quiera arriesgarla, se le debe aconsejar que vea el encierro de Pamplona tras el vallado o por la tele y disfrute de los sanfermines. El resto del verano que recorra en coche todos los pueblos de Navarra en fiestas –si se anima, también los de las comunidades vecinas-. Las posibilidades de ser cogido por una vaca, ser procesado tras una alcoholemia positiva, estrellarse una noche contra el vehículo de otro amante de las fiestas en una carretera secundaria o sufrir una intoxicación alimentaria le proporcionarán suficientes emociones.

 

 

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