DE BUENOS AIRES A NUEVA YORK (I)
El Río de la Plata es marrón
Texto y fotografías: Miguel Izu
Me planto en Buenos Aires a
principios de octubre, sin otras reservas que un hotel en la capital de
Argentina y otro en Nueva York dos meses más tarde junto con un vuelo a Madrid.
Entre medio unos 8.500 kilómetros que me propongo recorrer por tierra. Apenas
he visitado antes este continente, y teniendo tiempo y oportunidad me propongo
conocer de una tacada Sudamérica, Centroamérica y Norteamérica.
Después de trece horas de
vuelo aterrizo en el aeropuerto internacional Ministro Pistarini, más conocido
simplemente como Ezeiza, a 35 km. del centro de Buenos Aires, distancia no
excesiva para una ciudad que presume de la avenida más larga del mundo
(Libertador, más de 30 km.) y también de la más ancha (9 de Julio, 140 metros).
Enseguida me recuerdan un par de cosas de manual; hay que dar propina por todo,
ante mi olvido el sujeto que me lleva la maleta me la reclama, y aunque en
teoría hablen la misma lengua a casi todo dicen diferente. El coche al que subo
no es taxi sino remis, sin señales externas y que no para por la calle.
Pronto me haré a que el metro sea el subte, el autobús colectivo,
a pagar le digan cancelar, que una campera no sea bota sino
chaqueta, y que una tirita de aspirinas no se pegue, es un
envase. Me propongo nunca decir coger, sé que es malsonante (propósito
varias veces quebrantado sin que nadie se ofenda, me reconocen como gallego),
y me ratifico que entre España y Latinoamérica es aplicable aquello de Oscar
Wilde sobre Inglaterra y USA: dos países unidos por un océano y separados por
el mismo idioma. Un titular de prensa que dice “se le pinchó una goma a
Cristina de Kichner” y que “el avión despistó” no sugiere un preservativo
defectuoso ni una aeronave que confunda, sino un pinchazo de neumático que la
sacó de la pista.
El remisero me inicia
en los temas comunes de conversación con los argentinos. Los precios están
caros y los sueldos bajos (aunque para quien, como yo, viene de la zona euro
todo parece a mitad de precio); le tienta hacer como alguno de sus parientes y
emigrar a España. Llego en plena campaña electoral para la presidencia; la
gente echa pestes de los políticos, de todos, que han hundido el país. La propaganda,
por lo que veo, es personalista y poco ideológica; los candidatos reclaman la
confianza que han perdido.
Pese a la enormidad de Buenos Aires y al caótico y ruidoso tráfico
(cinco millones de automóviles circulan a diario por la extensa área metropolitana,
el presidente viaja de la Casa Rosada a su residencia en las afueras en
helicóptero), el centro histórico es bastante paseable y con calles peatonales
muy concurridas. Al primer día me asalta una agencia de viajes (el turista es
abordado continuamente en la calle) y compro todas las excursiones
obligatorias; una forma como otra de inmersión en la ciudad y de contactar con
nativos y otros turistas (abundan los brasileños, el real, como el euro, está
alto). Me apunto al típico City Tour, con la originalidad de ir a un
barrio pobre, la Boca, a ver la Bombonera (estadio de Boca Juniors) y Caminito,
la calleja que inspiró la canción; a una noche de tango, a una fiesta gaucha
con empanadas, asado, caballos y folklore en una hacienda pampera, y a una visita
al Delta del Paraná, que incluye zona residencial sólo accesible en lancha. Los
guías turísticos (en general magníficos) ponen empeño en informar que las aguas
del Río de la Plata no están contaminadas, su color marrón se debe a los
sedimentos que arrastra; una vez depuradas son las que bebemos residentes y
visitantes. Del trato con los diversos guías uno deduce que el tópico sobre el
fanatismo de los argentinos por el fútbol es cierto. El primer día el guía nos
advierte a los turistas que somos hinchas del Boca, que si en el autobús hay
algún seguidor del River Plate será inmediatamente expulsado. El segundo día la
guía nos amenaza con expulsión si somos del Boca, el mejor equipo del mundo es
el River ante cuyo Estadio Monumental pasamos. La tercera guía pregunta por
nuestro equipo favorito; ante el prudente silencio de la concurrencia nos
informa que es el San Lorenzo.
Callejear a mi aire me lleva
a pensar que otro tópico, que Buenos Aires se parece a Madrid, es acertado,
pero en cambio ese otro sobre su carácter tan europeo chirría. Para ser una
metrópolis europea le faltan inmigrantes magrebíes, subsaharianos y asiáticos;
la gente que se ve por la calle es uniformemente blanca. También le diferencia
algo que veré por toda América: la sobreabundancia de monumentos a sus
libertadores, a sus generales y presidentes, a sus mártires por la
independencia o por la revolución, y la presencia desorbitada de banderas
nacionales. Casi todas las iglesias las tienen plantadas en el altar mayor, a
menudo acompañadas de la vaticana; a falta de nuestro nacionalcatolicismo
parecen tener versiones propias de algo parecido (poco después veré que la
policía peruana tiene como lema “Dios, Patria, Ley”), a falta de estructuración
social el fomento desenfrenado del patriotismo.
Entre lo mucho que Buenos
Aires tiene que enseñar hay algo muy anormal como atracción turística pero que
ha devenido en tal. Todos los jueves a la tarde se congregan las Madres de la
Plaza de Mayo para seguir recordando a sus hijos y pedir responsabilidad por el
genocidio cometido durante la dictadura militar. Hay más turistas sacando fotos
que manifestantes.
Córdoba, la docta
De Buenos Aires hacia Córdoba viajo en autobús a través del monótono
paisaje de la Pampa, cientos de kilómetros llanos. En toda América están
liquidando el ferrocarril. En Argentina fue privatizado y seguidamente cerrado,
sólo en la provincia de Buenos Aires se mantienen trenes de cercanías. A
cambio, existen enormes flotas de autobuses modernos y muy cómodos, son
frecuentes los viajes nocturnos que permiten aprovechar el tiempo.
En Córdoba empiezan las
sierras centrales, zona turística y residencial. A diferencia de Buenos Aires,
una ciudad moderna donde no queda nada anterior al siglo XIX, Córdoba conserva
buena parte de su arquitectura colonial. Entre ella, la denominada “Manzana
Jesuítica”, que junto con varias estancias de la Compañía de Jesús en
localidades próximas es Patrimonio de la Humanidad y está en el origen del
carácter de ciudad universitaria que tiene Córdoba, por ello apodada “la
docta”. Es una ciudad muy animada, aunque algo más tranquila que Buenos Aires.
En Córdoba tomo conciencia
de una terrible carencia cultural: en América no hay bares. Lo que aquí
entendemos por bar, un local con una barra cuanto más larga mejor en la que
apoyarse para beber y charlar. Una guía de turismo cuyo marido está de viaje en
Sevilla me comenta que lo que más le ha alarmado a él, se lo ha destacado en su
primera llamada, es que le obligan a beber y comer de pie y a deambular de un bar
a otro. A ella también le causa perplejidad tal costumbre. Caigo en la cuenta
de porqué en Argentina me miran raro cuando pido en la barra. En todo el
continente es sólo para los camareros; los clientes siempre se sientan y
sentados esperan a ser servidos. Lo que llaman bar aquí es más bien cafetería.
Córdoba es la base para
diversas excursiones; entre otras cosas visito Altagracia, donde vivió en su
adolescencia el Ché Guevara y cuya casa es hoy un museo, y Villa General
Belgrano, ciudad fundada por alemanes que no se diferencia nada de las típicas
aldeas germanas, incluso están celebrando la Oktoberfest; eso sí, con el
pastiche cultural propio del país, actuaciones que mezclan jotas aragonesas con
danzas ucranianas y todo envuelto en acento argentino.
Siguiendo en autobús hacia el norte
llego a Salta, preciosa ciudad que mantiene su legado colonial y edificios
modernos en armonía con el casco histórico. Ya cerca de los Andes, casi no hay
turismo extranjero y sí una población más multiétnica, se ven indígenas
quechuas e inmigrantes bolivianos. Una ciudad agradable que permite su visión
panorámica subiendo en teleférico al Cerro San Bernardo, donde se aprecia el
trazado en damero típico de las ciudades coloniales (calles rectas y
perpendiculares y cuadras regulares numeradas de cien en cien) y el
paisaje montañoso del entorno.
De Salta lo más atractivo es hacer la
excursión a la Quebrada de Humahuaca, cerca de la vecina ciudad de Jujuy y ya
cerca de Bolivia, una zona declarada Patrimonio de la Humanidad por sus
curiosas formaciones geológicas y sus abundantes yacimientos arqueológicos de
culturas precolombinas. Corre a lo largo del Río Grande, cauce casi
completamente seco en esta época pero que en temporada de lluvias encauza unas
torrenciales avenidas de agua. Está llena de pueblecitos típicamente andinos
(ya cerca de los tres mil metros) habitados por indígenas dedicados a la
agricultura y cada vez más al turismo.
Y de Salta, otra vez hacia el norte en
autobús, llego a La Quiaca, pueblo del altiplano que sirve de paso fronterizo
con Bolivia.

Bailarines callejeros de
tango en una vía peatonal de Buenos Aires.

Caminito, que inspiró el
famoso tango, inevitable visita para los turistas en el barrio de la Boca

La Avenida 9 de Julio y el
Obelisco en Buenos Aires

Puerto Madero, la zona de
moda en Buenos Aires, viviendas de lujo a un paso del centro junto a los
antiguos muelles.

Catedral y Cabildo de
Córdoba

Casa museo del Ché Guevara
en Altagracia, Córdoba.

Mercadillo en Purmamarca, en la Quebrada de Humahuaca.
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