LA ECONOMIA MEJORA, LA JUSTICIA EMPEORA

 

Por el Foro Iruña: Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Ginés Cervantes, Fermín Ciáurriz, Reyes Cortaire, Javier Leoz, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz, José Luis Úriz

 

 

A la memoria de José Luis Castejón, hombre solidario, buscador de acuerdos y  tejedor  de puentes.

 

El título es prestado. Apareció hace varios lustros. Pero, con algún que otro matiz, continúa vigente. Representa el telón de fondo de lo que pretendemos abordar: el problema de la pobreza. Una pobreza que un crecimiento económico sostenido se muestra incapaz de atajar. Y una incapacidad que no es asunto de técnica ni de números, sino que hunde sus raíces en la injusticia. Esto es: en una concepción de lo económico que ignora su primordial destino humano; que olvida el derecho de acceso a los bienes básicos como inherente a toda vida humana; que pasa por alto el destino social de los medios de vida y la hipoteca social que grava la propiedad; y que no reconoce que el interés, legítimo y todo, para ser justo, debe ser de algún modo universalizable.

 

1. Aun siendo en el mundo mayoría aplastante, los pobres no cuentan. En cuanto tales, sólo esporádicamente son noticia y salen de su invisibilidad o de su prisión estadística. Por eso, en este mundo complejo, conflictivo y globalizado, es preciso afirmar, de entrada, que los pobres constituyen lo más real de todo lo real. Y que, en consecuencia, la pretensión de construir aquél a sus espaldas, o ignorándolos, o a su costa, es un intento inhumano, irracional y vano que, tarde o temprano, pero inapelablemente, pasa factura. Creemos que los pobres representan el hecho mayor y el reto o desafío mayor que la humanidad, globalmente, tiene planteados. Por varias razones. Porque, en última instancia, la pobreza está significando muerte para millones de seres. Porque se nos presenta en términos de tan agudo y escandaloso contraste que desnuda nuestra soberbia satisfecha, dejando la instantánea de nuestra verdadera estatura humana y moral. De modo que ya no hay ética ni derecho dignos de tal nombre y merecedores de respeto que puedan avalar semejante situación. Lo que nos apremia, finalmente, a ponerle remedio e instaurar nuevas fórmulas de relación y gobernanza mundiales.

 

2. Al decir pobreza, ¿a qué nos referimos? Es sabido que las metodologías – pautas y baremos – de apreciación y medición difieren. Mientras unas toman en cuenta aspectos culturales, sociales y materiales, otras, en cambio, se ciñen a criterios estrictamente económicos. En tanto unas sitúan el umbral más arriba, otras lo ponen más abajo. Es bastante común, en todo caso, la práctica de ubicarlo en la mitad de la renta media reconocida per cápita. Sin olvidar, por supuesto, que pobreza y riqueza son realidades correlativas entre sí y relativas a un tiempo y ámbito humano dados. Pero hay dos cosas que importa subrayar. La primera es que en este país, a pesar de un largo período de bonanza económica, se mantiene la cifra de aquellos más de 8 millones y medio de pobres; y que, del 93 al 2000, casi la mitad de los hogares españoles pisaron transitoriamente el umbral de la pobreza. La segunda apunta a los nuevos rostros de la pobreza. Además de otros sectores suficientemente reconocidos, hoy la pobreza toma rostro y nombre de pensionista, mujer, joven y trabajador o trabajadora con contrato legal pero precario.

 

3. También en Navarra la pobreza es parte significativa e interpelante de nuestro paisaje social. Según recientes datos del INE, el 12’7% de navarros subsisten con menos de 371 euros al mes. Y esto en una comunidad que se precia de ser la autonomía con más alto sueldo medio bruto mensual y que no rehuye ocasión de mostrarse autosatisfecha por sus niveles de bienestar. Justo es reconocer que aquí la pobreza se da en proporción menor que en otras partes. Pero la valoración cualitativa de su porcentaje es, si cabe, más grave. Tenemos recursos suficientes y hacemos ostentación de ello. Empeora y decrece, sin embargo, la inversión en protección social. Con lo que, por otra parte, dos valores tan reconocidos y apreciados en nuestra sociedad, como son la familia y la cohesión social, quedan bastante maltratados. La familia, que siempre ha cumplido esa función, debe hacer un nuevo esfuerzo redistribuidor. Y la cohesión social, por su parte, se ve peligrosamente erosionada por una desigualdad abrupta y creciente. Hoy, en Navarra, el principio de dignidad cede aceleradamente terreno ante el todopoderoso principio del mercado liberal.

 

4. ¿Cómo superar las situaciones descritas? No somos ingenuos ni pretenciosos. Ni ignoramos la coyuntura actual, tan distinta de otras pasadas, ni nos creemos poseedores de la respuesta. Pero sí reafirmamos, al menos, algunas convicciones. Por ejemplo, que otro mundo es posible. Es probable que, para hacerlo realidad, nos sobren recursos y herramientas, medios y capacidades; y que nos falten, en cambio, sentido humano y energía ética. Por eso nos cuesta asumir que, en un mundo de pobres, apelar a la solidaridad no es ante todo recabar ayudas, por necesarias que estas también sean, sino tratar de poner en pie el derecho y la justicia. De todos modos, si no somos capaces de combatir la pobreza – ni siquiera en nuestro pequeño territorio -, deberemos tener por lo menos la decencia de no alardear de riqueza. Y añadiremos dos cosas más pensando en nuestra propia casa. Con un mercado absolutizado que se imponga e imponga su ley a la política, con una política que se eche en sus brazos, con pobreza y exclusión, sin unos mínimos de bienestar general garantizado, ni hay real democracia, ni ésta es completa, ni es posible que la ciudadanía pueda reconocerse como tal a sí misma en plenitud y totalidad. Por eso reclamamos, en positivo, democracia económica. Estamos, por último, con quienes proponen repensar –refundar quizás–, con verdadera sensibilidad social, sentido de eficacia y afán de mayor justicia, los modelos vigentes de ayudas y prestaciones a personas y familias desfavorecidas.

 

 

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