LAS
DIFICULTADES DEL CAMBIO
Dice
el último “navarrómetro” (encuesta general sobre la Comunidad Foral de Navarra)
que la mayoría estima necesario un cambio político. Cambio que ya fue ofrecido
en los programas de varias fuerzas políticas en los comicios de 2007, no sólo
de gobierno sino de políticas, reclamando frente a los sucesivos mandatos de la
derecha desde 1991 una orientación progresista y de izquierdas. Cambio que no
fue posible en 2007 pese a que quienes lo reclamaban obtuvieron mayoría
parlamentaria, y que sigue ofreciendo dificultades pese a que esta encuesta
pronostica que esa mayoría teóricamente favorable al cambio (la suma de
Nafarroa Bai, PSN-PSOE e Izquierda Unida) se mantiene.
Se da
la paradoja de que esa mayoría que aspira al cambio (el 68 % opina que el
Gobierno de Navarra lo está haciendo regular o mal, el 58 % expresamente cree
necesario un cambio de Gobierno tras las próximas elecciones, el 51 % prefiere
un ejecutivo de coalición) mantiene más o menos la misma intención de voto
plasmada en 2007. La otra porción del electorado que apoyó la continuidad
también mantiene su peso, aunque tras la ruptura entre UPN y PP redistribuye
sus votos en notorio perjuicio del CDN. Así que no hay que elucubrar mucho para
suponer que los mismos resultados electorales pueden desembocar en los mismos
resultados en cuanto a formación de Gobierno.
La causa principal del contrasentido en
que se halla inmersa la política navarra se halla en la posición adoptada desde
hace años por el PSN-PSOE. Su alegato a favor del cambio, su pretensión de
presentarse como la única alternativa de cambio, su oferta electoral hacia la
izquierda, se ven desmentidos apenas concluyen los procesos electorales y corre
a apoyar con sus votos la continuidad del gobierno de UPN. El empeño en
justificar esa actitud en la estabilidad, la responsabilidad y la
gobernabilidad trasmuta un discurso pretendidamente progresista en una práctica
marcadamente conservadora. Probablemente por lo poco convincente de su
apelación al cambio no despega del suelo electoral al que cayó hace varias
legislaturas (en torno al 22 % en las elecciones forales, cuando en las
generales asciende al 35 %) y mantiene solo el voto de los más fieles. En tales
condiciones difícilmente puede alcanzar en solitario el Gobierno, como parece
pretender al presentarse como única alternativa al tiempo que rechaza la
coalición con otras fuerzas.
Pero a
ese enfangamiento del cambio también contribuye la otra fuerza que se presenta
igualmente como la alternativa y la única garantía real del cambio. Nafarroa
Bai parece cifrar la clave del cambio en haberse constituido en segunda fuerza
electoral (aunque sea en la foto finish y sólo en las elecciones forales) y
en un futuro e hipotético incremento de votantes que le pueda llevar a
convertirse en la primera. Argumentos ambos inconsistentes para apoyar el
cambio político ansiado si los ponemos bajo el foco de la tozuda sociología
electoral de Navarra.
Aunque
con frecuencia quiera presentarse como algo distinto, Nafarroa Bai no puede
ocultar su origen, una coalición creada para “asegurar un diputado abertzale en Navarra” según sus promotores, y
su carácter más marcado, la reunión de todo el nacionalismo vasco en Navarra,
salvo el ilegalizado. Lo que une a los coaligados es el vasquismo; les separan
muchas otras cosas. Su peso electoral (el 24 % en 2007, el 18 % en 2008)
coincide grosso modo con el que ha venido teniendo desde 1977 el
conjunto del voto nacionalista (17 % de media en elecciones al Congreso, 22 %
de media en las forales) y no casualmente con quienes en el “navarrómetro” se
pronuncian a favor de la unión de la CAV y Navarra (23 %). Suponer que Nafarroa
Bai vaya a crecer electoralmente muy por encima del techo histórico del
nacionalismo no parece razonable. Su voto es un voto primordialmente
identitario y quienes votan movidos por cuestiones de identidad se resisten a
traspasar ciertos límites. Un navarrista o españolista jamás votará a los
nacionalistas vascos (antes traspasará las fronteras entre derecha e izquierda,
como revelan los desplazamientos de voto entre PP y PSOE en el País Vasco), un
abertzale no saldrá de las candidaturas vasquistas, un escéptico ante las
cuestiones identitarias raramente dará su voto a Nafarroa Bai. Ante la
imposibilidad de la mayoría absoluta, Nafarroa Bai sólo puede aspirar a
contribuir al cambio mediante un gobierno de coalición. Pero cuanto mejores
resultados electorales obtenga probablemente más alejará la posibilidad de ese
cambio.
Hay un fenómeno constante en
este país por el cual cuanto más potente sea el voto identitario (nacionalista
o regionalista) mayores posibilidades tienen las políticas conservadoras. A
nivel autonómico, las coaliciones basadas en la identidad acaban pivotando
hacia el centro derecha, dada la necesidad de integrar a partidos de derecha y
de izquierda; para desplazar el centro de gravedad hacia la izquierda es
imprescindible que el hecho identitario no sea lo que cohesione la coalición
(ejemplo paradigmático, Cataluña, el actual gobierno de izquierdas es posible
porque ERC atenúa y aplaza sus demandas nacionalistas; una coalición
nacionalista CiU/ERC supondría el desplazamiento a la derecha). A nivel
estatal, los grupos nacionalistas y regionalistas tradicionalmente arrastran al
PSOE hacia políticas más centristas y evitan las alianzas hacia su izquierda.
En Navarra esa constante adquiere características propias. El aumento del voto
nacionalista, o simplemente su concentración en una candidatura, refuerza el
discurso de la derecha navarrista. La persistencia del terrorismo de ETA
contribuye a que la amenaza de que el nacionalismo vasco entre en el Gobierno
de Navarra se puede presentar como una cuestión de Estado. El PSOE cede al
chantaje, no se puede permitir que un pacto con los nacionalistas se entienda como
flaqueza ante el terrorismo y le cueste votos en el resto de España. Mientras
Nafarroa Bai sea la segunda fuerza y el PSN-PSOE la tercera, el pacto no es
posible porque la apariencia de estar subordinados a los nacionalistas
resultará insoportable.
El tercer invitado para
sumarse al cambio, Izquierda Unida, no se halla atrapado en esta lógica
perversa y su crecimiento electoral no entorpecería sino que ayudaría a la
posibilidad de una alternativa. Pero en los últimos años una crisis que tiene
causas endógenas (enfrentamientos internos, discurso confuso) y exógenas
(maltrato constante por los medios de comunicación y los sistemas electorales)
le ha impedido llegar a todo el espacio que la izquierda transformadora
potencialmente puede ocupar y se ha visto reducida también a su suelo de votos
(del 9,4 % en 1995 al 4,2 de 2007). El proceso de refundación que ha emprendido
debiera llevarle a ampliar horizontes y participar en el reforzamiento de ese
espacio, pero se trata todavía de un proceso difuso e incierto.
El cambio en Navarra debiera
ser posible porque una mayoría social lo pide. Pero no será posible si las
fuerzas políticas que lo han de protagonizar no están a la altura de las
circunstancias. Si en las elecciones de 2011 la oferta electoral, tanto en programas
como en candidaturas, es la misma que en 2007, si las recetas que se ofrecen
son las mismas, podemos presumir el resultado. El mismo.
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