ˇDIALOGUEMOS!
Mikel Armendáriz, Víctor Ayerdi, Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Ginés Cervantes, Fermín Ciáurriz, Reyes Cortaire, Miguel Izu, Manuel Ledesma, Iosu Ostériz, Ramón Peñagaricano, José Ángel Pérez-Nievas, Víctor Rodríguez, Pedro Romeo, Javier Sánchez Turrillas, Andoni Santamaría, José Luis Úriz, Patxi Zabaleta
EN MEMORIA DE ERNEST LLUCH
Hace ahora un año un grupo de personas de diferentes sensibilidades, ideologías, partidos, decidimos sentarnos alrededor de una mesa de ese lugar tan entrañable de Pamplona, cargado de historia, que es el Café Iruña. A todos nos unía la inquietud de estar viviendo un momento de nuestra historia tremendamente peligroso. ETA había vuelto a asesinar después de catorce meses de esperanza y los partidos políticos vivían una confrontación extrema con el peligro de que se trasladara a una sociedad harta ya de tanta violencia, de tanto sufrimiento, de tanta tensión. La posibilidad del "choque de trenes" entre nacionalistas y no nacionalistas era cada vez más evidente.
Allí, en aquella mesa nos sentábamos gentes nacionalistas y no nacionalistas, desde la izquierda hasta la derecha, con el deseo compartido de demostrar que era posible dialogar entre diferentes e incluso entre muy diferentes. Que era posible un lugar de encuentro desde el respeto a las ideas de cada cual para ponerse de acuerdo y sintetizar planteamientos dispares. No teníamos más proyecto que el de hablar, dialogar y, si era posible, elaborar escritos que trasladar a la sociedad a través de los medios de comunicación. No nos fijamos fechas, ni número de artículos, ni temas, todo eso ha ido surgiendo sobre la marcha.
Han pasado doce meses en los que se ha mantenido la tensión y la violencia. Afortunadamente las demandas de diálogo, de entendimiento, de lugares de encuentro, cada vez son mayores en nuestra sociedad, desautorizando así a los que han estado empeñados en una estrategia de confrontación. La histórica manifestación de repulsa por el asesinato de Ernest Lluch en Barcelona marcó un hito en este sentido, y constituye un motivo de aliento para profundizar en experiencias como la nuestra. También se han celebrado unas elecciones al Parlamento vasco que debieran ayudar a destensar el clima político.
En los últimos tiempos estamos asistiendo a una situación paradójica: se dialoga muy poco y en cambio se debate públicamente sobre si dialogar o no, con quién dialogar, sobre qué dialogar. Parece una obviedad que cuando en una sociedad el debate que se produce es sobre el propio diálogo se evidencia una crisis del mismo y, por lo tanto, un déficit democrático.
Podríamos coincidir en que para dialogar es preciso determinar los sujetos del diálogo, lo cual no es una cuestión esotérica, a menos que se pretenda o interese que así sea. El sujeto del diálogo viene determinado, sencilla y claramente, por el objeto del mismo diálogo. Y si se nos permite poner un ejemplo coloquial, diremos que para resolver el problema de un campanario habrá que hablar no sólo con el obispo sino también con el campanero. Pero añadamos a este ejemplo que no tiene sentido que el campanero pretenda decidir sobre la liturgia o sobre el estilo artístico románico, gótico o barroco del templo.
Cuando en política no se acepta el principio de que los agentes políticos, los partidos políticos, están obligados a dialogar todos con todos y de todo, sin exclusiones ni condiciones previas, se evidencia la incapacidad de aceptar las posibles propuestas del contrario como legítimas en democracia, y se evidencia además y en consecuencia, un talante de imposición, totalitario.
Los democráticos derechos de expresión y de opción exigen el deber incuestionable de garantizar tales derechos a los demás, a todos, sin excepción. Las condiciones previas para dialogar suelen responder más a un artificio para eludir el diálogo que a una razón. Si previo al diálogo es preciso abandonar las propuestas propias y reemplazarlas por las del contrario, eso representa tanto como consolidar "el pensamiento único", y representa, en fin, nada que ver con el diálogo, sino, simplemente, con el dialogismo, o sea, con el diálogo consigo mismo.
Si recordamos lo de "en la coincidencia, unidad, y en la divergencia, libertad", por imperativo democrático, por imperativo ético, se puede y se debe profundizar en las coincidencias y superar las discrepancias, siempre mediante el diálogo. Pero, en cualquier caso, siendo los partidos políticos en el marco de las instituciones los más obligados al ejercicio del diálogo, sería grave olvidar que, democrática y legítimamente, el diálogo no pertenece en exclusiva al ámbito político, sino también al social, que el diálogo posee estructura piramidal, por cuanto la cúspide institucional debe contar con los agentes sociales, con los ciudadanos que, en definitiva, son los titulares de la soberanía. La sociedad se estructura en instituciones, pero también se estructura en vivos y dinámicos agentes sociales.
No se debe tener miedo a la libertad. No se debe tener, desde las propias convicciones, miedo a las otras convicciones, a escuchar y a realizar un honesto y sincero esfuerzo que permita entender al contrario. No se caiga en la tentación de convertir el poder político institucional, no en un instrumento para promover la libertad sino en un instrumento para la dominación.
De ahí nuestro compromiso para seguir por una senda difícil, a veces con incomprensiones, pero necesaria de búsqueda de lugares de encuentro, de foros de diálogo como el que llevamos poniendo en práctica en los últimos doce meses. Desde esa experiencia queremos proclamar con firmeza: ˇDialoguemos!
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