DESPUÉS DEL 12 DE MARZO (I)
Después del 12 de marzo la sociedad española es, a efectos electorales, más conservadora. No porque muchos ciudadanos que antes votaran a la izquierda ahora hayan decidido votar a la derecha: los votantes del PP casi han sido los mismos, sólo ha ganado unos cuatrocientos mil votos entre diez millones; pero está claro que se sienten lo suficientemente de acuerdo con que "España va bien" como para ir a votar en masa. En cambio, tres millones de antiguos votantes de la izquierda han preferido quedarse en casa; no consideran que España vaya tan mal como para impulsarles a votar, y en todo caso la propuesta de la izquierda, principalmente de IU y PSOE, no les ha ilusionado nada. Por eso, en su conjunto, el cuerpo electoral ha otorgado la mayoría absoluta al PP, un éxito que ha sorprendido a sus propios protagonistas.
Se viene señalando estos días que asistimos a un cambio en el ciclo político. El triunfo del PP en 1996 se revela ahora no como un hecho accidental, resultado de un puntual castigo al PSOE por sus años de gobierno y de la división del voto en la izquierda, sino como el inicio de una época de predominio de la derecha. Desde la transición la sociedad española había oscilado hacia la izquierda, como consecuencia de las aspiraciones de cambio que se habían generalizado al final del franquismo: libertad, democracia, estado de bienestar, descentralización, en suma, una modernización que se identificaba con la aproximación a nuestros vecinos europeos y con la idea de progreso ligada principalmente a la izquierda, mientras que la derecha se vinculaba con la dictadura. UCD, integrada por muchos hombres del aparato franquista, inició por ello la carrera desde la derecha hacia la izquierda, presentándose como un centro progresista, y después también ha sido obsesión del PP ese mismo viaje al centro y la huida de la etiqueta de derecha. Y han tenido éxito; tras el relevo generacional postfranquista –sólo queda Fraga como reliquia sagrada- el PP de hoy, presentándose a sí misma como una fuerza progresista, ha hecho olvidar sus orígenes y borrar el miedo a la derecha.
Por parte de la izquierda es evidente el agotamiento. El PSOE ha cerrado la época que abrió en Suresnes bajo el liderazgo de Felipe González y no ha sido capaz de encontrar otro líder que lo sustituya o de dotarse de una estructura eficaz no basada en un hiperliderazgo. Cumplida la mayor parte del programa con que gobernó entre 1982 y 1996 –la modernización a la que antes aludía- en estos momentos no ofrece un mensaje nítidamente alternativo al del PP, por los motivos que luego diré. En IU la crisis era evidente antes de las elecciones y probablemente tiene que ver también con la del PSOE. Hay que recordar que IU nace en 1986 como intento de aglutinar a las fuerzas –y al electorado- situadas a la izquierda del PSOE y que son críticas con la labor de éste desde el gobierno, principalmente por su sucesiva renuncia a las principales señas de identidad de la izquierda antifranquista: al marxismo, a la república, al federalismo, a la oposición a la OTAN, al socialismo radical sustituido por una socialdemocracia lindante con un mero liberalismo de ribetes sociales y con excesivas concesiones a los poderes económicos. La crítica y la formulación de una alternativa desde la izquierda al PSOE que caracteriza a IU desde su nacimiento hace que en 1996, cuando el PP llega al gobierno, se le plantee una complicada disyuntiva: unir sus fuerzas al PSOE en contra del PP, o mantener el enfrentamiento con el PSOE, con el riesgo de que ello favorezca a la derecha. La evidencia de que esto último se estaba produciendo –la famosa "pinza", real en cuanto imagen efectivamente transmitida- y que no perjudicaba sólo al PSOE sino también y principalmente a IU es uno de los factores que llevan a un cambio de rumbo de cara a las elecciones del 2000. En el acuerdo electoral de febrero entre IU y PSOE prima la conveniencia de hacer causa común frente al PP, superando anteriores enfrentamientos y diferencias. Diferencias que son reales y significativas, pero no tan importantes como los puntos en común. La persistencia de elementos ideológicos comunes entre ambas fuerzas de la izquierda se pone de manifiesto en el simple hecho de que en el PSOE militan muchos exmiembros del PCE o de IU, mientras que en IU tampoco es difícil hallar antiguos miembros del PSOE. El trasiego de personal en uno u otro sentido ha sido constante; el último episodio, la integración de Nueva Izquierda, sino estrictamente en el PSOE, sí en sus listas electorales.
La apuesta que ha significado al acuerdo entre IU y PSOE no ha rendido los resultados esperados; no ha movilizado el voto de la izquierda, y en cambio sí ha habido una movilización del voto de la derecha. Una de las razones, probablemente, ha sido el escaso tiempo que ha existido para explicar ese acuerdo al electorado. Pero otra quizás sea la dificultad de ofrecer un discurso renovado por parte de la izquierda en este nuevo ciclo político abierto a partir de 1996 que despierte ilusión y esperanza en los votantes. Y hay que decir que es muy difícil elaborar una alternativa convincente al PP en el poder. No porque no exista, sino por la situación de ventaja con que cuenta en este momento la derecha.
De un lado, el PP ha disfrutado de unos años de bonanza económica que contribuyen a generar esa percepción de que "España va bien". Por otra parte, el PP no sólo se ha hecho con el formidable aparato de propaganda de que disponía anteriormente el gobierno (cuyo núcleo más aparente son la radio y televisión públicas) sino que lo ha ampliado a través de grupos empresariales afines que controlan también los medios de comunicación privados. Pero además, el PP ha hecho algo típico de la derecha de todos los tiempos: vampirizar las ideas y los mensajes de la izquierda e incorporarlos a su propio marketing político –las ideas propias de la derecha suelen estar al nivel del "cero patatero" que representa por ahora el máximo de la producción ideológica del señor Aznar-. La derecha en cada época ha combatido la ilustración, los derechos humanos, el estado liberal, la democracia, los sindicatos, la política social, etc., para a la vuelta de unos años venderlos como patrimonio propio.
El PP ofrece como suyos contenidos tradicionales de la izquierda. El pacifismo, a través de la supresión de la mili y del envío de tropas españolas en misiones internacionales a Bosnia o Kosovo –con lo cual tapa el hecho de que la política española de defensa está totalmente plegada a la norteamericana-; la solidaridad, a través de una cooperación internacional bien pregonada que responde más a intereses comerciales españoles que a las necesidades de los países subdesarrollados. El feminismo, insistiendo en la igualdad legal sobre la real y promocionando en cargos políticos de relumbrón a mujeres que pertenecen al sector minoritario que sí ha avanzado hacia la igualdad de oportunidades –mujeres entre treinta y cincuenta años con formación universitaria y de clase media- obviando el hecho de que la pobreza y el desempleo tienen mayoritariamente rostro femenino. El ecologismo, a través de la profusión de conferencias, organismos y normativa sobre medio ambiente, pero sin cambios importantes en el carácter depredador de nuestro sistema productivo; la mayor parte del esfuerzo se agota en promocionar un próspero sector industrial cuya actividad se dirige a la protección del medio ambiente y cuyos beneficios están asegurados por las inversiones públicas, pero cuyos resultados son más que discutibles. Por ejemplo, en España se recicla cada vez más –cada vez más empresas viven del reciclado- pero no se avanza ni un paso hacia la reducción de residuos. Los derechos sociales a través de una constante publicidad sobre el superávit de la Seguridad Social que oculta que España está a la cola de Europa en gasto social; la bajada de los impuestos directos y la buena situación económica ocultan que crecen los impuestos indirectos y que la creación de riqueza no se reparte, sino que están aumentando las desigualdades. El pleno empleo, siempre que sea precario y poco protegido.
La usurpación del lenguaje progresista por la derecha –y no solo por la derecha política: las multinacionales hacen lo propio- contribuye a fomentar los postulados del pensamiento único –advirtió Walter Lippmann que "donde todos piensan igual, nadie piensa mucho"-. Se diría que ya no hay diferencias ideológicas entre los diversos partidos políticos, ya que todos proponen lo mismo. El objeto de la política ya no es ofrecer ideas ni alternativas, sino gestionar con eficacia el sistema para ofrecer bienestar a los ciudadanos. Estas afirmaciones, que por desgracia se están convirtiendo en moneda corriente, ocultan unos postulados ideológicos conservadores; hacen suponer que no hay otro modelo de sociedad y de sistema económico que el existente. Y es falso que no haya alternativas. La propia idea de eficacia, tan querida por el pensamiento único, supone capacidad de lograr los objetivos propuestos; y es en la formulación de los objetivos donde aparece la posibilidad de formular alternativas en función de distintas ideas políticas. El objetivo del sistema económico puede ser el mayor crecimiento posible y de forma constante, aunque sea a costa de la desigualdad social y de la destrucción del medio ambiente –objetivo que presuponen como natural los defensores a ultranza del mercado-; pero también puede optarse por un crecimiento menor pero más respetuoso con el medio ambiente –lo que suele llamarse hoy desarrollo sostenible- o con un mejor reparto de la riqueza que no incremente sino que atenúe las diferencias sociales –desarrollo socialmente sostenible-; o podría optarse por orientar todo el crecimiento económico a la producción de armamento, en caso de guerra; o puede decidirse fomentar el desarrollo económico de determinadas zonas geográficas, y no de otras; etc. La eficacia, por tanto, no es un valor en sí mismo; hay que preguntarse eficacia, para qué; y la respuesta no es única. No vale decir que para conseguir el bienestar, que es solo una obviedad; por definición, nadie persigue el malestar, pero de nuevo la pregunta es otra: en qué consiste el bienestar, y cómo se consigue.
La renovación imprescindible en la izquierda no pasa solamente por cambiar las caras, aunque tampoco es malo que éstas se renueven, sino por adecuar sus ideas a unas circunstancias diferentes. La derecha, sin cambiar sus fines últimos –proteger la preservación del sistema socioeconómico y los intereses de las clases acomodadas-, ha sabido cambiar su discurso y sus maneras. La izquierda necesita también un nuevo discurso con el que hacerle frente; y no sólo para ganar las elecciones y conquistar poder en las instituciones públicas, sino también para recuperar peso en la sociedad.
Esta labor no es exclusiva de una sola fuerza, sino de toda la izquierda. Por eso la vía de colaboración entre IU y PSOE iniciada para las elecciones de marzo debería potenciarse en el futuro, con más calma pero también con más ambición, y abrirse a otras fuerzas progresistas -políticas y no políticas: sindicatos, asociaciones, ONGs, etc.-. La cuestión no puede ser quien gana en peso social, en pureza ideológica o en un curriculum más limpio; el reto es ofrecer a la sociedad española una alternativa a la derecha.
DESPUÉS DEL 12 DE MARZO (II)
Por lo que respecta a Navarra, el diagnóstico que hacía en la primera parte de este artículo, si bien es totalmente aplicable, merece algunas matizaciones. La victoria de la derecha en Navarra ha sido todavía más rotunda que en el resto de España, y ello se debe a algunos factores específicos. Uno de ellos, a que todos los demás partidos han perdido; y conviene decirlo porque hay quien lo ha puesto en duda.
Si durante la campaña electoral es costumbre lanzar promesas que hacen dudar, con razón, a los ciudadanos de la sinceridad de los discursos políticos, existe además cierta tradición en virtud de la cual la noche electoral todos los candidatos deben aparentar optimismo y valorar positivamente los resultados obtenidos, sean cuales sean, de modo que todos parecen haber ganado las elecciones. En esos momentos es cuando los electores llegan a la conclusión de que los políticos han perdido la noción de la realidad o de que deben de ser marcianos.
Algunos no nos sumamos a esa tradición; en IU hemos dicho que el resultado del 12 de marzo fue malo sin paliativos. Pero no han faltado los optimistas. El PSN-PSOE ha perdido 16.000 votos respecto de las últimas elecciones generales y sigue en una caída que, si no es en picado, es constante desde los tiempos de Urralburu y compañía. La valoración de Juan José Lizarbe es que se hallan en un proceso de recuperación –quizás recuperación del optimismo, pero no de los votos-. Por su parte, EH, que llamaba a la abstención, ha proclamado también su triunfo. Teniendo en cuenta que en Navarra la abstención ha crecido menos que en la media española, y que incluso una buena parte de sus anteriores votantes ha decidido votar, resulta difícil saber en qué cálculos se basan los dirigentes de EH para justificar su alegría.
Tanto si PSN-PSOE como EH siguen en sus respectivas trayectorias victoriosas, no cabe duda de que dentro de tres años podrán celebrar un triunfo definitivo, ya que UPN podría obtener mayoría absoluta. Ese día la derecha navarra debería ofrecer un homenaje a quienes tanto le han ayudado a crecer, es decir, principalmente a PSOE y EH.
Desde hace años el discurso del PSN-PSOE pone el acento en la estabilidad institucional y la gobernabilidad de Navarra. Esa ha sido la justificación para permitir gobernar a UPN en 1996 y 1999, y para suscribir sucesivos acuerdos presupuestarios. Si, como decía en la primera parte de este artículo, resulta a la izquierda de hoy difícil transmitir un mensaje diferenciado del de la derecha, el PSN-PSOE opta por no intentarlo siquiera. Enunciar la estabilidad como valor superior que justifica renunciar a gobernar y a llevar adelante el propio programa para entregar el poder a la derecha es un mensaje de consecuencias profundamente conservadoras. Las instituciones y la gobernabilidad deben ser, para la izquierda, valores instrumentales de la transformación social. Cuando se convierten en criterio decisivo de la acción política se renuncia a hacer política de izquierda. Además, la entrega del gobierno a UPN por parte del PSN-PSOE se ha hecho invocando similares argumentos a los que utilizan los primeros como principal baza electoral; me refiero al factor navarrista. Navarra está en peligro, amenazada en su identidad por un nacionalismo vasco agresivo, y hay que unir las fuerzas para aprestarse en su defensa. Este argumento ha reportado gran éxito electoral a UPN, pero utilizado por el PSN-PSOE no sirve más que para su propia erosión electoral. Porque si se trata de votar navarrismo, el ciudadano de a pie preferirá votar al auténtico que al sucedáneo. En cualquier caso, el recurso al peligro vasco se basa en una falacia. Navarra no está en peligro; la Constitución, el Amejoramiento, incluso el Estatuto vasco, suponen garantía sobrada de que Navarra será únicamente lo que los navarros decidamos que sea. Y hacer un discurso navarro –reivindicar que la decisión de su futuro está en mano de los navarros y de nadie más, cosa que suscriben no sólo UPN, PSOE, IU, CDN, sino hasta EA, PNV e incluso algunos sectores de EH- no quiere decir tener que hacerlo navarrista –es decir, con resabios de nacionalismo español menendezpelayesco, defensivo, esencialista y desconfiado ante todo lo vasco-.
El PSN-PSOE debiera reflexionar seriamente si una oposición inteligente consiste en apoyar constantemente a UPN de modo que el elector no perciba al fin ninguna diferencia entre ambos, o si más bien supone plantear alternativas. Y si en Navarra no es incluso más urgente que en el resto de España buscar la confluencia de fuerzas políticas progresistas que hagan posible en las elecciones del 2003 ofrecer una alternativa solvente al gobierno de UPN.
EH en estas elecciones ha dado un importante paso atrás. Si entre 1998 y 1999 se atisbaron esperanzas de que apostara por vías políticas para defender sus tesis y se distanciara de la tutela de ETA, su campaña abstencionista ha puesto de relieve su incapacidad para actuar autónomamente de esta organización terrorista. Los postulados que mantienen los encapuchados que parecen dirigir todo ese entramado hace tiempo que perdieron cualquier conexión con la realidad. La apuesta por la abstención y por una fantasmagórica asamblea constituyente vasca han hecho que un sector de las propias bases de EH –es el caso de Batzarre- se alejen de la línea oficial y que una parte de sus votantes haya acudido a las urnas. Desde la perspectiva de la pacificación y la convivencia, la línea de EH no hace sino ayudar al mantenimiento de la violencia de ETA y aportar argumentos electorales al navarrismo de UPN y al neonacionalismo español del PP –no en balde es en el País Vasco dónde éste crece más-. Desde la perspectiva de la izquierda, es claro que se desperdicia una parte de electorado potencialmente progresista, ya que la orientación nacionalista radical de EH anula completamente cualquier discurso de izquierda que pudiera anidar en sus bases; las propuestas de construcción nacional arrojan por la borda las de construcción social.
Navarra es una comunidad económica y socialmente acomodada, que corre el peligro también de serlo ideológicamente. El conformismo de la mayoría con su situación de bienestar –olvidando las minorías menos favorecidas-, la falsa identificación de progreso social con crecimiento económico, la aceptación de un sistema económico basado en una globalización del capital que está llevando a que las empresas navarras sean cada vez menos navarras y más extranjeras –ahí sí existe el riesgo de perder identidad y autogobierno-, la dependencia de la industria navarra de decisiones exteriores, la introducción de las grandes superficies en contra del comercio autóctono, la potenciación de la construcción de infraestructuras y de vivienda con criterios de interés público más bien dudosos pero que proporcionan grandes ingresos a unos pocos, la integración social de los inmigrantes que vienen, las políticas de empleo en precario que prometen pan para hoy y hambre para mañana en cuanto cambie el ciclo económico; todo ello debería ser objeto de una respuesta por la izquierda. Pero debe empezarse por una crítica inteligente de cómo está siendo gobernada Navarra, que vaya más allá del corto plazo de aparente prosperidad.
Las fuerzas políticas de la izquierda navarra debieran dedicarse, como en el resto de España, más a formular propuestas que a enredarse en problemas de organización interna, más a abrirse a la sociedad que a competir por sus votos. Creo que para Navarra también se abrió en 1996 un nuevo ciclo político, y que es responsabilidad de la izquierda navarra iniciar un proceso de renovación profunda, que en cualquier caso debe pasar por la búsqueda de fórmulas de colaboración.
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