DESPOLITIZAR LA POLÍTICA

Tenía que suceder. Hace ya bastantes años que el vocablo "política" se ha desprestigiado de tal modo que basta con decir de algo que está politizado o se hace por motivos políticos para dejarlo automáticamente descalificado. No resulta extraño que se empiece a exigir a los políticos que no hagan política. El pasado día 19 de marzo en el Diario de Navarra, bajo el título de "Un Parlamento desorientado", el exparlamentario foral Victoriano Bordonaba afirmaba: "Desde hace mucho tiempo, el Parlamento navarro está derivando hacia un Parlamento estrictamente político en lugar de definirse fundamentalmente al menos como un Parlamento legislativo". Más adelante formulaba la acusación de que "algunos miembros de la oposición" en vez de solucionar los problemas de los ciudadanos se limitan "a politizar el Parlamento".

En otra época cualquiera hubiera pensado que el Parlamento es el lugar natural para hacer política ("si quiere hacer política, váyase al Parlamento", le decían a uno en la universidad, en los ayuntamientos, en la Administración). Que todos los debates y decisiones del Parlamento, por naturaleza, tienen carácter político. Que la esencia de la actividad legislativa es política; que las más trascendentales cuestiones políticas se resuelven en el Parlamento. Y que los parlamentarios, sean del bando gubernamental o de la oposición, se ganan el sueldo precisamente haciendo política. Pero ahora resulta que no.

Navarra es lugar propicio para alumbrar las más curiosas teorías políticas. En los últimos años hemos ido aprendiendo que en nuestro peculiar sistema parlamentario (mientras la aplicación del "amejorado" art. 29 del Amejoramiento no lo remedie) el Gobierno no necesitaba tener la confianza del Parlamento, que su Presidente tomaba posesión después de haber sido rechazado por la mayoría parlamentaria y que no responde ante él ni ha de ejecutar sus mandatos. Que cuando el Parlamento quiere condicionar la acción de gobierno es acusado de invadir las competencias del ejecutivo. Que cuando las cosas van mal la culpa la tiene la oposición, no el Gobierno. O que el objetivo de la política lingüística es ser apolítica, despolitizar la cuestión lingüística. Y que no se debe consultar directamente a los ciudadanos nada porque cada cuatro años hay un referéndum donde con una sola papeleta todo queda decidido.

Pero esa nueva aspiración de tener un Parlamento de Navarra apolítico probablemente responde no sólo a peculiaridades locales sino también a vientos ideológicos que vienen de más lejos. El desprestigio de la política se acompaña nada casualmente con el canto a la excelencia de la administración o, como se dice corrientemente, de "la gestión". Mientras el político es un ser perverso que persigue intereses poco confesables, el gestor es un personaje seráfico que hace funcionar la maquinaria de la cosa pública en beneficio de los ciudadanos. El gestor lo mismo puede trabajar en el sector público que en la empresa privada porque no se dedica a hacer política sino a proporcionar servicios o productos de óptima calidad y a buen precio a los consumidores. Menos política y más administración, más gestores y menos políticos, es el "apolítico" lema que promocionan algunos políticos conservadores adalides de la despolitización de la política.

No resulta sorprendente el hecho de que quienes abogan por una sociedad apolítica suelan ser los que mandan, sea a través de las instituciones políticas o a través de las instancias económicas. Su paradigma es el ahora pudorosamente llamado "anterior Jefe del Estado" (en aquel tiempo anterior se decía el caudillo o el dictador, según los puntos de vista) que aconsejaba: "usted haga como yo y no se meta en política". A quienes están bien instalados en la sociedad y manejan sus hilos no les interesa que se haga política (que los demás hagan política). La política tiene que ver con el ejercicio del poder en la polis, en la comunidad; y quienes se interesan por la política suelen preguntarse sobre quién detenta el poder político o económico y porqué, y sobre cómo y para qué lo está utilizando. Incluso llegan a albergar la pretensión de discutir a quien lo tiene su poder y su legitimidad, o de proponer que se reparta de otro modo, o que se utilice para favorecer a quienes no están siendo favorecidos, o que no se abuse de él, o que no se ejerza de determinada manera. En suma, la política puede derivar peligrosamente a cuestionar el orden existente y a pretender cambiar las cosas.

El buen gestor jamás tendrá tales pretensiones. Para ser realmente un buen administrador debe partirse de la base de que está gestionando asuntos ajenos. El gestor tiene un patrón a quien rendir cuentas, y difícilmente hará bien su trabajo si se dedica a elucubrar sobre las razones por las cuales el patrón manda y él obedece. El gestor sólo debe preocuparse de la eficacia; o sea, de cumplir los objetivos establecidos. El gestor debe cumplir las normas y alcanzar los objetivos y no dedicarse a preguntar sobre quién ha puesto las normas y los objetivos y para qué, o peor todavía, si no serían posibles otras normas u otros objetivos. El buen gestor debe hacer que el sistema funcione con regularidad y armonía, y no criticarlo o, peor, pretender cambiarlo.

Quienes se sienten cómodos en esta sociedad tal como es necesitan gestores obedientes y nada de política. Así que tratan de convencernos a todos de que necesitamos lo mismo, porque las cosas no pueden ser de otro modo del que ya son. Vivimos en el mejor de los mundos posibles y únicamente debemos aspirar a que no se corte el suministro de energía y haya que parar máquinas. Las corrientes actuales de "pensamiento único" ("donde todos piensan igual, nadie piensa mucho", dijo ya hace tiempo Walter Lippmann) nos dicen que cada vez hay menos lugar para la política, que ya no hay izquierda y derecha (curiosamente sí hay centro), que no hay ideologías, que no cabe otro sistema que el existente, que de lo que se trata es de gestionar eficazmente. Nos lo dicen principalmente porque a sus promotores no les interesa que haya lugar para la política, que haya izquierda y derecha, que haya ideologías, que se piense siquiera en la posibilidad de otro sistema. En nuestra época los candidatos ideales para los cargos políticos son personas alejadas de la política, carentes de ideas propias y que acrediten experiencia -o al menos buena predisposición, la experiencia puede suplirse perfectamente con la fotogenia- para actuar en la administración o en la empresa privada con una gestión aparentemente neutra, donde se hable mucho de eficacia, de indicadores y de resultados, y muy poco de objetivos. Porque hablando de objetivos a lo peor aparecen las temidas ideologías.

Despoliticemos, pues, la política, empezando por hacer del Parlamento una institución apolítica. Quizás a continuación podamos despolitizar también los partidos políticos. Y ya puestos, lo siguiente pudiera ser deshidratar el agua y desalinizar la sal.

 

 

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