DERECHOS DESDE EL PODER

 

 

Es un fenómeno en auge; me refiero al ejercicio de los derechos políticos no por los ciudadanos, que parece lo natural, sino por quienes detentan el poder. Las declaraciones de derechos, desde el siglo XVIII hasta el presente, se hicieron fundamentalmente como instrumento de limitación del poder. Los derechos políticos clásicos (reunión, manifestación, petición, asociación, libertad de expresión, de imprenta) suponían el deber de abstención de los gobernantes para no interferir en la libertad originaria de los ciudadanos. Las generaciones de derechos que han surgido después, los de participación, económicos, sociales, culturales y medioambientales, individuales o colectivos, han supuesto la exigencia de obligaciones de hacer de los poderes públicos, es decir, otro modo de limitar su actuación.

 

Resulta por ello chocante que sean quienes ejercen el poder público quienes en ocasiones hagan uso de esos derechos, no como individuos, sino desde las propias instituciones. En ocasiones ha sucedido de forma aparentemente inocente; los gobernantes (estatales, autonómicos y municipales) convocan manifestaciones o concentraciones contra el terrorismo, una loable causa que en principio debiera ser secundada por toda la sociedad. Luego se ha ampliado a otras situaciones igualmente metapartidistas como la violencia de género o la lucha contra el hambre en el mundo. El caso es que se ha hecho práctica habitual que las instituciones convoquen concentraciones a las cuales acuden principalmente cargos políticos porque, buscando el prime time de los medios de comunicación audiovisuales, se hacen en horas laborables mientras la mayoría de los ciudadanos están en otras ocupaciones.

 

La cosa fue a mayores cuando el 11 de marzo de 2004 un Presidente del Gobierno convocó por su cuenta y riesgo una manifestación con un lema de apoyo a la Constitución (que poco que tenía ver con lo que acababa de pasar) y un evidente aunque frustrado interés en sacar provecho electoral. O cuando otro gobierno, en este caso el foral, convocó en marzo de 2007 con cargo al erario público una manifestación en defensa de Navarra que al parecer estaba siendo vendida por Zapatero a los terroristas (aunque visto lo sucedido después parece que no había nada apalabrado porque al final quien ha acabado suscribiendo el contrato de compraventa sobre la Comunidad Foral era quien denunciaba la operación). Es decir, gobierno contra gobierno.

 

Resulta así que estas técnicas tan básicas en la movilización política ya no se utilizan por los ciudadanos para controlar y presionar al poder político, como parecía imponer la lógica de la democracia, ni siquiera por los políticos y los partidos políticos para movilizar a los ciudadanos y presionar sobre las instituciones, sino directamente por los propios gobiernos. Nos asemejamos así a algo muy típico de los regímenes autoritarios (sea en versión fascista, nazi, soviética, maoísta o talibán), que la movilización de los ciudadanos se promueve desde el poder, en ocasiones hasta convertirla en obligatoria, para presionar a sus oponentes.

 

Vengo pensando que evitar que lo que en inicio fue instrumento de limitación del poder se convierta en instrumento del propio poder político debiera llevar a introducir en la ley orgánica que regula el derecho de reunión la prohibición de que las instituciones públicas convoquen a manifestarse. Para eso ya están los ciudadanos, los partidos, los sindicatos, las asociaciones de diverso tipo. En general, sería preciso que se concretase qué derechos constitucionales pueden ser ejercidos también por entidades públicas y en qué condiciones (como hace la ley orgánica del derecho de asociación) y cuáles deben excluirlas. Aunque de algunas leyes se desprende implícitamente que su ejercicio sólo puede realizarse por personas físicas (derecho a la educación, derecho al honor) o sólo por personas privadas (derecho de petición), en otras la cuestión debiera aclararse. Hay ya casos de leyes que regulan derechos fundamentales que limitan su posible ejercicio por quienes detentan determinadas potestades públicas; en España no se llega a prohibir el sufragio de los funcionarios como en algunos países pero sí se limita a través del régimen de inelegibilidades el derecho al sufragio pasivo (aptitud para ser candidato) de una serie de cargos públicos para evitar que puedan utilizar indebidamente sus potestades. O sin ir más lejos los miembros de la Guardia Civil tienen prohibido organizar manifestaciones (no me parecen más peligrosos a estos efectos los guardias que los gobernantes). También están prohibidas las manifestaciones cerca de las sedes de las instituciones parlamentarias cuando están reunidas para no presionar a los representantes del pueblo; en justa contrapartida debiera prohibirse que los representantes puedan convocar manifestaciones y presionen a los representados.

 

La última vuelta de tuerca del ejercicio de derechos políticos por quienes mandan la han protagonizado los miembros del Gobierno de Navarra. Recientemente han suscrito un manifiesto como “los abajo firmantes, Consejeros y Consejeras del Gobierno de Navarra” para defender y respaldar a su Presidente ante la opinión pública frente a los ”injustos y difamatorios ataques de que está siendo personalmente objeto por determinados periodistas, medios de comunicación y por cercanos políticos”. Parece que los miembros del ejecutivo foral han considerado necesario ejercer colectivamente su derecho a la libertad de expresión para hacer saber a los ciudadanos que respaldan por completo al Presidente que les ha designado y les mantiene en su cargo, por si se hubiera creado alguna alarma social al respecto. O quizás necesitaban hacérselo saber a quien tiene la capacidad discrecional de destituirlos en cualquier momento. En cualquier caso, llama la atención que los miembros de un gobierno necesiten seguir la senda de Marx y Engels en el “Manifiesto comunista” o de André Breton en el “Manifiesto surrealista” (mucho de surrealista tiene la iniciativa). Parece que no les es suficiente para comunicarse con la sociedad el Boletín Oficial de Navarra, el gabinete de prensa del Gobierno, los gabinetes de prensa de sus partidos, el lugar preferente que los medios de comunicación otorgan a sus ruedas de prensa, declaraciones y apariciones públicas, o el Parlamento de Navarra en el cual pueden comparecer cuando les plazca. Que se vean obligados a acudir a firmar manifiestos como cualquier hijo de vecino hace suponer que en el futuro puedan explorar otras formas de expresión política que hasta ahora creíamos reservadas a quienes carecen de mando. Quizás pronto les veamos acudir a la huelga (incluida la de hambre) o a encadenarse en sus despachos oficiales y a ordenar a sus propias fuerzas policiales que los desencadenen y los detengan como forma de obtener su minuto de telediario.

 

 

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