DERECHO A SER PLANETA

 

 

         Si Plutón tuviera habitantes seguro que estarían cabreados. La Unión Astronómica Internacional le ha retirado el status de planeta del que disfrutaba desde 1930. Si existieran los plutonianos serían ellos, y no un grupo de astrónomos disidentes como sucede de hecho, los que estarían recogiendo firmas para que se revoque esa decisión y para afirmar su derecho a seguir siendo planeta.

 

         Que Plutón sea considerado planeta o no depende, claro está, de lo que queramos entender por tal cosa, y por eso los astrónomos reunidos en Praga iniciaron sus debates en torno a la definición de planeta, llegando a la conclusión de que se trata de un “cuerpo celeste que está en órbita alrededor del Sol, que tiene suficiente masa para tener gravedad propia para superar las fuerzas rígidas de un cuerpo de manera que asuma una forma equilibrada hidrostática, es decir, redonda, y que ha despejado las inmediaciones de su órbita”. Al mismo tiempo definieron el nuevo concepto de “planeta enano”, un cuerpo celeste que cumple las mismas condiciones antedichas salvo “que no ha despejado las inmediaciones de su órbita y que no es un satélite”, y en el cual han encajado a Plutón. Desde la filosofía griega sabemos que la ciencia empieza por distinguir lo que es de lo que no es, la realidad de la apariencia, y continúa por entender qué son las cosas. Y para eso hay que construir definiciones; como escribió Zubiri saber es, entre otras cosas, definir.

 

         Por supuesto que las definiciones son discutibles. Las aprobadas por la Unión Astronómica Internacional no representan sino la opinión de la mayoría de los astrónomos que estuvieron presentes en la asamblea. Ya han surgido otros astrónomos que no comparten las decisiones que allí se adoptaron, y que no son vinculantes como no pueden serlo nunca las teorías científicas. La ciencia consiste precisamente en poder poner en cuestión el saber oficial y en elaborar nuevas teorías que ayuden a superar las anteriores, de modo que cada vez se tenga un mejor conocimiento de la realidad. Pero no pueden existir las verdades oficiales y definitivas ni en astronomía ni en ninguna otra rama de la ciencia.

 

         La cosa cambia cuando damos el salto de la ciencia a la política. En el mundo de la política hay mucha gente que aspira a poder definir verdades oficiales, definitivas y sagradas y a hacerlas obligatorias. No les basta con que las leyes definan normas que regulen la convivencia, que apañen de forma provisional unas condiciones aceptables para todos en las que todos vean respetados mínimamente sus derechos, sino que aspiran a que las leyes declaren e impongan su visión de las cosas.

 

         Un debate político actual es en torno a si en el proceso de pacificación y normalización iniciado tras el alto el fuego permanente de ETA se debe crear una única mesa de diálogo para “el conjunto de Euskal Herria”, según la expresión que utilizan sus promotores, esto es, para la Comunidad Autónoma del País Vasco y la Comunidad Foral de Navarra, e incluso para Iparralde o País Vasco francés, o si deben crearse mesas distintas en cada una de esas comunidades. Quienes exigen una sola mesa lo justifican en el hecho de que Euskal Herria constituye una única realidad nacional, aunque las leyes todavía no lo reconozcan (exigen también ese reconocimiento jurídico de lo que creen que se produce ya en la naturaleza).

 

         Lo que sucede es que esa mesa o esas mesas debieran servir para que todas las fuerzas políticas puedan defender sus propios programas o propuestas, y para que lleguen a conclusiones de consenso sobre medidas que posibiliten la convivencia pacífica en un marco político presidido por la confrontación de distintos proyectos nacionales o de organización territorial, y en el fondo de distintas formas de percibir la realidad. Si alguien antes de sentarse a dialogar ya exige que la conformación de la mesa se adecúe a sus propias percepciones sobre el hecho nacional, no compartidas por otros de los llamados a sentarse en el mismo foro, imposibilita la propia existencia de la mesa y del diálogo. Si exige de partida el reconocimiento jurídico de una concepción nacional determinada, es decir, que se excluya la posibilidad de defender otras concepciones distintas sobre el hecho nacional o que no se consideren legítimos otros reconocimientos jurídicos de otras construcciones nacionales, en el fondo no pretende otra cosa que resolver mediante la imposición algo que por esencia debe entrar dentro de lo opinable y discutible.

 

Exigir respeto a los derechos nacionales de Euskal Herria o su autodeterminación cuando una de las cosas que está precisamente en discusión es la propia existencia de Euskal Herria como nación o su extensión y por ende su aptitud para ser sujeto de derechos, es como defender la cualidad de planeta para Plutón basándose en el derecho de todo planeta a ser reconocido como tal, excluyendo de antemano la posibilidad de que Plutón pueda ser otra cosa. Porque ahora más o menos sabemos lo que es un planeta (aunque también cabe discrepar de la definición oficial), pero tenemos muchas menos posibilidades de saber qué es una nación ya que hay casi tantas opiniones sobre ello como opinantes.

 

 

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