DERECHO
A NO FUMAR
La entrada en vigor de la “Ley 28/2005,
de 26 de diciembre, de medidas sanitarias frente al tabaquismo y reguladora de
la venta, el suministro, el consumo y la publicidad de los productos del
tabaco”, que tal nombre lleva la conocida popularmente como “ley contra el
tabaco”, pone las cosas cerca de donde siempre debieron estar.
Porque en este país el derecho a fumar
siempre ha estado garantizado y lo sigue estando. Quien quiera puede y podrá
libremente decidir que quiere fumar, puede adquirir libremente tabaco y puede
consumirlo sin que nadie se lo prohíba. Lo que sucede es que ningún derecho
puede ser ilimitado. Todo derecho tiene ciertas condiciones en cuanto al
momento, lugar y otras circunstancias de su ejercicio principalmente para
hacerlo compatible con los derechos de los demás. El derecho a fumar tiene sus límites en el derecho a no fumar. Y
es este derecho, a no fumar, el que hasta el presente no ha estado reconocido
ni respetado.
Hasta hace bien poco se ha entendido
que quien quería fumar lo podía hacer en cualquier momento y en cualquier
lugar, y que su derecho implicaba la potestad de obligar a las demás personas
que estaban a su alrededor a aspirar el humo que fuera exhalando a la
atmósfera. Es decir, que el derecho de los fumadores a fumar implicaba
convertir al resto de la población en fumadores pasivos. Aunque los fumadores
sean una minoría, parece ser que no más de la cuarta parte de la población.
Muchas personas que no sólo no
queríamos respirar el humo del tabaco, sino que además nos hemos sentido
agredidos por él debido a las molestias que origina (mal olor, irritación de
las vías respiratorias y de los ojos) y a los daños que produce a la salud, nos
hemos visto obligados muy a menudo a ser fumadores pasivos contra nuestra
voluntad. He tenido que soportar el humo del tabaco cuando estudiaba (en mis
tiempos universitarios se fumaba en las aulas y en las bibliotecas), cuando
trabajaba, cuando viajaba en autobús, en tren o en avión, cuando iba al
hospital, cuando veía un partido de fútbol o una corrida de toros y, por
supuesto, cuando comía en un restaurante o entraba en un bar.
Cierto es que en los últimos años se
han ido aprobando normas restrictivas que han ido limitando los lugares en los
que se puede fumar y agredir la salud de quienes deben compartir el mismo aire
y no quieren respirar el humo. Afortunadamente mediante normativa sectorial o
autonómica (en Navarra tenemos una ley foral desde hace pocos años) se ha ido
prohibiendo fumar en lugares de estudio o de trabajo, en centros sanitarios o
en los transportes públicos. Ahora, con una ley estatal, por fin se reconoce
con carácter general el derecho a no fumar que tenemos la mayoría de los
ciudadanos frente a la minoría que nos ha estado imponiendo sistemáticamente la
obligación de respirar humo en los espacios compartidos. La mayoría nos hemos
tenido que rebelar por el civilizado método de legislar frente a la minoría que
venía imponiendo de facto la dictadura del tabaco.
Por supuesto, esta ley aprobada con
amplísimo consenso político y que cuenta con un extenso apoyo social que
incluye a muchos fumadores conscientes de los límites de sus derechos está
siendo objeto de ataque por quienes no se resignan a perder la posibilidad de
seguir abusando de la paciencia de la mayoría. Hay quienes dicen que es una ley
excesivamente dura. No me lo parece, porque todavía deja muchas posibilidades a
los fumadores no sólo de fumar ellos (que lo pueden hacer siempre que no
compartan el mismo aire con otros) sino de obligar a fumar a quienes les
rodean. Sucede por ejemplo en los recintos de espectáculos al aire libre (por
mucho aire libre que tenga, si uno está rodeado de fumadores de puros en el
fútbol o en los toros acaba igual de envenenado que si tuviera techo), o sucede
con quienes tengan que trabajar dentro de los espacios reservados a fumadores.
Se suele alegar en contra de la ley que las normas
prohibitivas son excesivas; que hay una persecución de los fumadores, y que
estas cuestiones se deben resolver con una mayor tolerancia entre todos. Se
trata de argumentos perfectamente capciosos.
Si todos los fumadores fueran personas de exquisitos
modales que nunca encendieran un cigarro sin preguntar a todos los que les
rodean si va a molestar; si nunca fumaran sin haber sido autorizados
expresamente a ello; si nunca fumaran en presencia de niños, enfermos o
carteles que les rogaran no hacerlo; si apagaran inmediatamente sus cigarros en
el momento en que advirtieran que alguien se siente molesto o que el ambiente
se está cargando; si junto con el encendedor llevaran siempre en el bolsillo un
cenicero y nunca arrojaran cenizas o colillas al suelo o las fueran depositando
en ceniceros, platos o tazas que otros deberán ocuparse de recoger y limpiar;
si nunca se les pasara por la imaginación fumar cerca de sustancias
inflamables; si nunca concurrieran a aglomeraciones humanas portando un cigarro
con la parte encendida apuntando hacia los demás para asegurarse de que si
alguien se quema no vaya a ser el portador sino su vecino... Si los fumadores
se portaran de ese modo, no harían falta normas prohibitivas. Como tampoco
sería necesario establecer límites de velocidad si ningún conductor hubiese
rebasado jamás los 60 kilómetros por hora ni controles de alcoholemia si nunca
nadie hubiese cogido un volante después de haber ingerido alcohol.
Pero la realidad es la que es. Los avances que hemos
visto en los últimos años en cuanto a que quienes no queremos fumar lo tenemos
que hacer en menos sitios y con menor frecuencia han venido de la existencia de
normas prohibitivas. Mientras no existieron, yo me cansé de advertir en los
lugares donde he trabajado que me molestaba el humo y de tener que soportarlo
de todos modos. Desde que en Navarra se prohibió fumar en los centros de trabajo
he tenido que padecer el humo mucho menos. Bienvenidas las prohibiciones en
este caso. La tolerancia consiste en que se respeten los derechos de todos; no
los derechos de algunos a costa de los derechos de otros.
Algunos agoreros anuncian que la ley provocará conflictos. No sé si quieren decir que, frente a la infinita paciencia que hemos demostrado durante años la mayoría de la población que no queríamos fumar teniéndolo que hacer, los fumadores no van a soportar pacíficamente tener que respetar el derecho ajeno. Si esto fuera así, es obvio que hacían mucha falta prohibiciones y mano dura.
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