DE NUEVO ANTE
LA PROSTITUCIÓN
Por el Foro
Iruña: Lidia Arroyo, Fernando Atxa, Ainhoa Aznárez, Iñaki Cabasés, Maribel
Cárdenas, Reyes Cortaire, Miguel Izu, Manuel Ledesma, Javier Leoz, Guillermo
Múgica, Iosu Ostériz, Assumpta Pastor y José Luis Úriz.
De forma intermitente sale a la palestra pública el debate sobre la prostitución. Una cuestión fea e incómoda que la mayoría de la sociedad, incluyendo a los poderes públicos, prefiere mantener oculta y fingir que no existe (cuando en Navarra según las estimaciones más fiables ocupa hasta a setecientas personas y entre medio y un centenar de locales). Sólo de vez en cuando algún hecho mediático, como ha sido hace pocas semanas la publicación de unas provocativas fotos sobre el ejercicio de la prostitución en las calles de Barcelona, reabre la polémica.
Ciertamente
nos hallamos ante un fenómeno complejo, que cobija situaciones muy variadas y
que no ofrece respuestas fáciles. En ningún país se ha conseguido una solución
satisfactoria pese a que se han intentado aplicar distintas recetas. Ni
siquiera los firmantes de este escrito nos hemos puesto completamente de
acuerdo en si procede la regulación de la prostitución cuando menos en sus
aspectos económicos y laborales o si es preferible su ilegalización. Dilema que
se produce incluso en el interior de las fuerzas políticas. Pero sí hemos
coincidido en algunas reflexiones que debieran orientar la reacción social e
institucional ante la prostitución.
Desde
luego no es aceptable la situación actual donde la prostitución ni está
prohibida ni está permitida, en un particular limbo jurídico que no hace sino
perpetuar una hipócrita tolerancia, un goloso ámbito para la economía sumergida
y una actuación arbitraria, contradictoria e ineficaz de la Administración en
perjuicio, sobre todo, de quienes la ejercen y más bien poco de quienes se
lucran con ella. La prostitución no es una actividad cualquiera. No se nos
oculta el hecho de que en ocasiones (muy minoritarias) se ejerce de forma
voluntaria por personas que la eligen como una opción para ganarse la vida, lo
que plantea el problema de hasta dónde debe reconocerse la libertad individual
en este ámbito. Pero, en cualquier caso, se trata de una actividad que por su
propia naturaleza ofrece grandes riesgos. En la mayoría de los casos encubre
situaciones de grave violencia y explotación de la mujer (más raramente de
hombres), cuando no de simple esclavitud. La prostitución es ejercida
mayoritariamente por personas en situación de marginación social, se relaciona
directamente con la pobreza, con la inmigración ilegal (se calcula que
actualmente en Navarra el 98 % de las prostitutas son extranjeras, la mayoría
sin papeles), con la drogadicción, con la delincuencia organizada. Las
situaciones de necesidad llevan a esas mujeres a caer en las redes que la
controlan, pero la propia actividad con frecuencia se convierte en una trampa
que las hunde más en la marginalidad.
No
consideramos que la prostitución en sí misma sea una actividad admisible como
otra cualquiera ante la que quepa una valoración neutra como mera actividad
económica. Contribuye a la cosificación de la persona, sobre todo de la mujer
rebajada a mero objeto sexual, y a la banalización y despersonalización del
sexo, sometido a la mercantilización que se va apoderando de todas las
relaciones sociales. No creemos en ningún caso que pueda aceptarse y regularse
como una profesión más, con sus títulos de FP o de nivel universitario
adaptados al proceso de Bolonia o con sus colegios profesionales. La urgente
necesidad de un abordaje político decidido debiera tener un horizonte
abolicionista; no obstante, sabemos que el simple prohibicionismo no suele ser
solución y en ocasiones multiplica los males que pretendía atajar, como ha
sucedido históricamente con el alcohol (época de la ley seca) u otras drogas,
cuya ilegalización aprovecha principalmente al crimen organizado.
Sin
embargo, entendemos que cualquier solución será mejor que la actual política de
huída del problema por los poderes públicos. A corto plazo parece inevitable
que, junto a las normas penales y los medios judiciales y policiales que
persigan la trata y explotación de las mujeres, exista alguna regulación que
aborde la protección social y laboral de las personas que se dedican a la
prostitución, garantice sus derechos y ayude a clarificar dónde están los
límites de las actividades asumibles a la luz del principio de libertad
individual. Que contribuya a ofrecer seguridad jurídica tanto a quienes han de
perseguir las actividades ilegales como a quienes ejercen la prostitución o a
quienes desean abandonarla. Que actúe también sobre la demanda, sobre los
usuarios que fomentan la existencia de la prostitución pero se desentienden de
sus efectos perversos.
A
largo plazo, debemos perseguir un cambio cultural para hacer efectivos los
valores de dignidad de la persona y de igualdad entre hombres y mujeres, para
superar los patrones machistas, para luchar contra la conformidad social ante
situaciones de explotación y marginación, para trabajar por la desaparición de
las estructuras y causas sociales y económicas que conducen a ellas, y para que
todos, mujeres y hombres, asumamos nuestra responsabilidad en la materia. Ni la
prostitución es un problema sólo de las mujeres que se dedican a ello, ni es un
fenómeno de siempre (la profesión más antigua, como trivial y falsamente se
suele decir) que durará siempre. En nuestra época y en un contexto social,
político y económico determinado la prostitución adopta rasgos propios que no
tuvo en otros momentos históricos; y el futuro nunca está predeterminado si
sabemos qué queremos. Y queremos un futuro donde no haya lugar para la
prostitución o la explotación. Por eso emplazamos a las fuerzas políticas y a
las organizaciones sociales implicadas a que no rehúyan el debate y a que se impulsen
las medidas políticas y legislativas necesarias para abordar con valentía este
fenómeno social.