DEMOCRATICEMOS LA DEMOCRACIA
Por el Foro Iruña: Mikel Armendáriz, Fernando Atxa, Ainhoa Aznárez, Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Fermín Ciáurriz, Conchita Corera, Ioseba Eceolaza, Miguel Izu, Javier Leoz, Guillermo Múgica y Iosu Ostériz.
Creemos en la democracia. Valoramos la nuestra. Pero no estamos tan ciegos como para no reconocer sus múltiples carencias, peligros y desviaciones. Apostamos, por eso, por una significativa y ponderada reforma de la misma. A fin de cuentas, la democracia es tarea permanente. Y de ella se ha dicho que, por su misma generalidad, necesita adjetivos que la precisen y cualifiquen.
La
democracia es técnica y es también valor. La reconocemos, de una parte, como
técnica política, conjunto institucional e instrumental para la organización de
una sociedad convivencial en función del bien general. Como tal, se apoya en
principios y criterios como el de que todo poder emana del pueblo, el de
contrato social, el de igualdad básica y ciudadanía, el de la participación de
ésta en la configuración y control del Estado, el de la división y separación
de los poderes del mismo, el de la regla de las mayorías con reconocimiento y respeto a las minorías, y otros. Además, la democracia entraña
simultáneamente, de otra parte, una dimensión ético-política. Se asienta en
valores y precisa de ellos para su funcionamiento, razón por la que ya
Montesquieu la hacía reposar sobre la virtud. Se funda, en efecto, sobre los
derechos humanos fundamentales, de reconocida raíz moral en última instancia.
Persigue objetivos de indudable contenido ético, como el bien común, la
convivencia, la justicia y fraternidad, la paz social… Y precisa de la
solidaridad colectiva para poder alcanzar dichos objetivos.
La
doble dimensión de la democracia que acabamos de recordar, su historicidad como
producto social inevitablemente situado y condicionado en tiempo y lugar, así
como la lógica inherente al carácter utópico de todo ideal humano – y la
democracia lo es – hacen que ésta haya de vivir irremediablemente en una
tensión permanente: siempre en búsqueda de sí misma, insatisfecha por un lado y
aspirando por otro a una más alta y plena realización. Se mueve, pues, entre
una perfección siempre inalcanzable y unos mínimos, nunca absolutamente garantizables
de antemano, por debajo de los cuales la democracia desaparece. Entre uno y
otro extremo se abre de ordinario un ambiguo y gris territorio de agudos
contrastes y difíciles equilibrios entre pragmatismo eficaz y valores, teoría y
práctica, contenidos utópicos y plasmación posible o real de los mismos.
Pongamos tan sólo, de momento, algunos ejemplos. Es claro que no resulta fácil
ni simple conciliar libertad y norma, consenso y disenso, voluntad de la
mayoría y derechos de la minoría, democracia en el terreno político y en el
económico y social, y, en otro orden de cosas, igualdad básica universal o
poder que emana del pueblo y una realeza hereditaria vía masculina. Nos
hallamos ante una dialéctica, conflictiva a menudo, para cuya superación y resolución
no contamos con fórmulas mágicas predeterminadas. Lo que en modo alguno
constituye una invitación al conformismo. La praxis social y política en todo
caso, con visión realista y flexible, creatividad y decisión, está llamada a ir
abriendo vías de salida, siempre limitadas y provisorias, pero necesarias. Nada
está dado para siempre.
La
nuestra es una democracia joven, mejorable y en camino, como todas. Más allá de
la adhesión positiva y mayoritaria a la misma, el aprecio efectivo hacia ella
varía probablemente. No es idéntico el caso de quienes han vivido bajo otro
régimen, han luchado por la democracia o, incluso, han tenido que pagar un
precio por ella, que el de quienes se han reconvertido o adaptado
interesadamente a ella, o se la han encontrado ya implantada como paisaje cotidiano y han crecido en
ella. Creemos, sin embargo, que, aquí y ahora, la democracia es una realidad
consolidada. Nos parece, no obstante, que de aquella voluntad solemnemente
proclamada por los padres constitucionales de “Establecer una sociedad
democrática avanzada” a la realidad presente va un abismo. Justamente el que
nos hace compartir con muchos y muchas el diagnóstico de que la nuestra es una
democracia “de baja intensidad”. El que las democracias de nuestro entorno no
nos ofrezcan hoy un panorama mucho más estimulante no aminora para nada lo
preocupante del diagnóstico. Un diagnóstico que tiene diversos porqués.
El
más importante puede que sea el del desfase entre los grandes cambios operados
en los últimos tiempos y un instrumental político que nos llega de la
ilustración y la revolución francesa, aunque sus antecedentes y gérmenes sean
más remotos; entre un mundo globalizado, con una concentración impresionante de
los poderes económicos y mediáticos, primacía absoluta del mercado, una
economía que se sobrepone e impone a la política, un ciudadano o ciudadana que,
de ser tales, han pasado a convertirse prácticamente en meros consumidores, y,
de otra parte, un instrumental político circunscrito mayoritariamente a lo
nacional-estatal, con una política y democracia convertidas en mercancía, en
espectáculo y apariencia, en un objeto más de consumo sometido a las leyes de
la publicidad y el marketing. En semejante contexto, ¿habrá que sorprenderse de
que la participación se restrinja cada vez más al juego electoral, de que hasta
lo meramente consultivo cause pavor, o de que no se quiera oír hablar de
extender la ciudadanía a la inmigración, al parecer sólo buena para producir y
consumir? Ya sabemos que el poder tiene sus propias pulsiones que le llevan, de
suyo, a incrementarse, concentrase y no repartirse. Pero ocurre que el sistema
económico dominante ya percibió hace tiempo la disfuncionalidad que
representaba para el mismo una democracia de participación ampliada.
A
la anterior hemos de añadir otras causas: como los reflejos heredados del
pasado, las previsibles degradaciones y deformaciones, o las contradicciones
inherentes al modelo democrático vigente. Yendo por orden, nos referimos con lo
primero, por ejemplo, a la concepción política y territorial del Estado, a la
relación centro-periferia, o a las dificultades y limitaciones de diverso signo
para que, en dicho marco, los nacionalismos democráticos periféricos, así sean
mayoritarios en su propio ámbito, puedan llegar a hacer real e íntegramente
efectivo su proyecto. Nos referimos, con lo segundo, a la inquietante deriva de
una democracia en la que se politiza la justicia y se judicializa la política;
en la que por, la amenaza terrorista, real y grave, se restringen derechos, se
violan en ocasiones y, con amparo legal “ad casum” – si bien objetivamente
discutible y de hecho discutido - se deja fuera del escenario político a un
significativo segmento de ciudadanos y ciudadanas; en la que, con reincidente
frecuencia, se legisla y gobierna a golpe de titular y de noticia; y en la que
los escándalos económicos y políticos – a los que no son ajenos los temas de la
financiación de los partidos, de la vorágine electoral y de su maquinaria
imprescindible – nos visitan un día tras otro. Y nos referimos por último, con
lo tercero, a una democracia que exceptúa y no alcanza a una economía que presupone y genera siempre
desigualdad y exclusión, aunque el atributo “social” de aquella atempere
relativamente a éstas.
A pesar de todo lo dicho, no negamos legitimidad ni restamos importancia a la democracia que tenemos. Pero sí afirmamos la necesidad de repensarla y reformularla, de extenderla y ampliarla, de potenciar a la sociedad civil, de buscar nuevos modos y estilos de ejercicio del poder. Y recordamos la responsabilidad de todos y todas en la tarea. Democratizar la democracia, ésta es la consigna.
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