DEMOCRACIA,
LIBERTAD Y SEGURIDAD
Por el Foro Iruña: Isabel
Arboniés, Fernando Atxa, Fermín Ciáurriz, Conchita Corera, Reyes Cortaire, Miguel Izu, Manuel Ledesma,
Javier Leoz, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz, y Patxi Zabaleta.
Las
personas que firmamos este escrito coincidimos en la apreciación de que, de un
tiempo a esta parte, se está primando la seguridad en detrimento de la
libertad, con el consiguiente deterioro de la democracia en su conjunto. El
proceso viene de atrás. Ya en el inicio de la crisis de los setenta, por
ejemplo, la Trilateral apostaba por modelos de democracia restringida,
concentrada y autoritaria. Pero, por poner una fecha emblemática, ha sido
fundamentalmente a partir del 11 de septiembre del 2001 cuando han venido
implementándose más abiertamente políticas de seguridad. Que el resultado esté
siendo una sociedad más exasperantemente regulativa y punitiva nos parece
claro. Como nos lo parece, también, que tal empeño está resultando
escandalosamente selectivo. En tanto para unos ámbitos se postula una
desregulación total, abriendo una vía a la arbitrariedad, el abuso y la
corrupción más descarados, para otros, en cambio, se incrementan los supuestos
delictivos y sus penas correspondientes. ¿Avanzamos, así, hacia una sociedad
más segura? Sinceramente, no lo vemos. Opinamos, más bien, lo contrario. Lo que
nos resulta tremendamente inquietante.
Libertad
y seguridad son, ambas, derechos humanos fundamentales. En cuanto tales,
nuestra Constitución los recoge y figuran entre los pilares básicos de la
democracia. Una y otra, libertad y seguridad, se necesitan e implican: no puede
darse la primera sin la segunda, y viceversa. Es lo que hace que, de suyo y por
fuerza, se salvaguarden y limiten, moderen y modulen recíprocamente. Siendo,
pues, un bien en sí mismas e inseparables, libertad y seguridad tienen, no
obstante, jerarquía entre sí. La seguridad debe garantizar y estar en función
de la libertad, que, no lo olvidemos, define lo humano en cuanto tal. En medio
de una realidad cambiante, lograr entre ambas -en la práctica, que es lo que
verdaderamente importa- un punto de equilibrio, es el objetivo a alcanzar. Una
tarea, ésta, además de difícil, siempre aproximativa, frágil e inestable,
tratándose de dos polos a menudo conflictivos o, en todo caso, permanentemente
en tensión. Sabemos que no hay democracia perfecta y que es quimérico imaginar
una libertad y seguridad absolutas e incondicionadas. Nos hallamos ante el reto
de una constante construcción social y política de las mismas. Dicho intento
estará siempre inevitablemente contextualizado y marcado por las condiciones
históricas.
Tradicionalmente las democracias de corte más o menos liberal han
tratado de resolver las tensiones entre libertad y seguridad buscando un
equilibrio entre lo individual y lo colectivo y social; entre lo privado y lo
público; entre la sociedad civil y la política; entre la ciudadanía y el
Estado; entre los poderes mismos, funciones e instituciones que conforman el
Estado, a través, en mayor o menor medida, de mecanismos de independencia,
contrapeso, control y participación; entre la nación-estado o el estado
plurinacional de una parte y el concierto internacional o de las demás naciones
de otra… Pero la situación ha cambiado. Parece obvio que, hoy, nos hallamos en
un nuevo contexto, que, además de introducir nuevos elementos desequilibrantes,
escapan con frecuencia al control de los estados nacionales y las sociedades
respectivas. Y que dicho marco contextual tiende a forzar la balanza hacia la
seguridad, achicando los espacios de la libertad. Dos tipos de factores,
objetivos y subjetivos, contribuyen especialmente a ello. Otros andan a caballo
entre los primeros y los segundos.
Estaríamos totalmente fuera de la realidad, si pretendiéramos buscar
salidas al problema que nos ocupa prescindiendo de una serie de datos: como la
globalización y lo que ella comporta de interdependencia, dilución de fronteras
o cesión de soberanía; o la ausencia, en dicho marco y al mismo nivel, de
verdaderas instancias de gobernanza y justicia; o el neoliberalismo y neoconservadurismo dominantes, con la
preeminencia de la economía y del mercado capitalista sobre todo lo demás; o la
profunda crisis de modelo que padecemos, que genera inseguridad y que aviva
actitudes reactivas de control y represivas; o el terrorismo internacional, así
como el interno propio, de tan impredecibles y trágicos efectos; o la nueva
piratería con sus múltiples formas, en un mundo que estaría tornándose más
“líquido” o marino y que demandaría, en el sentir de muchos, más regulaciones y
controles; o el enorme poder de los medios de comunicación, forjadores de
opinión y, a menudo, tan proclives a crear alarmas sociales… Nos estamos
refiriendo, pues, a los que hemos denominado factores objetivos. Junto a ellos
están los subjetivos, tan fácilmente manipulables e instrumentalizables por los
distintos poderes. Entre dichos factores cabe destacar el miedo: en ocasiones
totalmente falto de objetividad, con frecuencia irracional, a menudo
interesadamente azuzado, que tiende a crear ciudadanos y ciudadanas débiles y
sumisos, y que, por lo general, refuerza lo establecido y los poderes que lo
mantienen. ¿Acaso no anidan en el miedo el temor a la inmigración y a lo
diferente; o aquella idea de que el espacio privado es más seguro que el
público; o el hecho desconcertante de que un país como el nuestro, con índices
de criminalidad inferiores a la media de los países europeos, y en continuado
descenso, estemos a la cabeza de Europa en población reclusa y, encima, la
hayamos cuadruplicado en unos pocos años?
A medio
camino entre los factores objetivos y los subjetivos están los configurados por
nuestra propia herencia sociocultural. De una parte, nuestra propia memoria
bélica, décadas de dictadura y autoritarismo han podido dejar un poso que,
inconscientemente, nos lleva a primar la seguridad en el cómputo de bienes
necesarios, o a identificar seguridad y orden, seguridad y normatividad. Por
otro lado, aun habiendo trabajado denodadamente por el advenimiento de la
democracia desde posturas progresistas o de izquierda, hemos de reconocer haber
sido en ocasiones muy críticos y duros con ella – la denominábamos
“formal”-; haber flirteado más o menos,
siquiera teóricamente, con una violencia presente históricamente, en su raíz,
en las tradiciones revolucionarias, sea la burguesa ilustrada o la popular
socialista o marxista; y, en cualquier caso, haber sido más fecundos y
creativos en lo que concierne a las libertades que en lo que atañe a la
seguridad.
En esta
situación, ¿cómo avanzar? No tenemos la solución, pero sí podemos indicar
modestamente algunos criterios. En este punto, es oportuno volver a recordar la
primacía de la libertad. Pero sin olvidar que la seguridad no es sólo un bien,
sino un derecho humano fundamental. Lo que es un deber recordar, sobre todo
allí donde está en juego la vida. Y sin
ignorar, tampoco, que no hay libertad ni seguridad absolutas o incondicionadas.
Dicho esto, nos parece necesario nombrar los miedos, tratar de racionalizarlos,
consultar a los expertos y escucharles. Tendremos que ir más a las causas que a
los efectos, invertir más en las primeras que en los segundos, o, dicho en
otros términos, implementar políticas y abrir procesos y dinámicas preventivos.
Hemos de positivizar los derechos, garantizándolos, de modo que sean
efectivamente exigibles y su vulneración recurrible. Por último, dar pasos
hacia la constitución de una gobernanza y justicia mundiales, y ahondar en un
nuevo humanismo intercultural nos parecen otras de las tareas imprescindibles.
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