EN DEFENSA DE LOS DERECHOS LABORALES

 

Por el Foro Iruña: Sagrario Alemán, Helena Berruezo, Iñaki Cabasés, José Luis Campos, Ginés Cervantes, Miguel Izu, Javier Leoz, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz y José Luis Úriz.

 

Uno de los pilares esenciales del llamado “estado del bienestar”, lo constituye el conjunto de los derechos laborales reconocidos en las sociedades del llamado primer mundo o de economías desarrolladas. Porque lo son, los derechos laborales deben formar parte de los derechos humanos. Y ser permanentes y naturales. Sin embargo, son la consecuencia y el fruto del trabajo de mucha gente que con su lucha y esfuerzo consiguió su establecimiento, reconocimiento y aplicación en nuestra era moderna. Los que nos permiten desarrollar unas condiciones de trabajo que se configuran como condiciones de vida.

Así, la propia jornada laboral con un horario de trabajo y de descanso determinados, el sistema retributivo regular y regulado, el reconocimiento de la jubilación retribuida, etc., son derechos de vigencia muy reciente que disfrutamos una parte, la más pequeña por cierto, de la humanidad y constituyen situaciones que, por hacérsenos ya habituales, consideramos prácticamente naturales e indestructibles.

Por el contrario constituiría un grave error pensar que lo ya conseguido es irreversible y que caminamos más hacia una ampliación de los mismos y su extensión a países que empiezan a conocer el desarrollo económico que lo opuesto, la regresión que empieza a producirse en los países desarrollados y la carencia de reconocimiento, cuando no negación expresa, en los de nuevo crecimiento económico.

La progresiva sacralización del mercado como elemento regulador de la economía, el desarrollo y aun las condiciones sociales, es una vuelta atrás hacia la hegemonía del liberalismo económico como filosofía imperante en las relaciones sociolaborales, entre las economías, entre las empresas y aun entre los países. La llamada globalización no constituye sino la eliminación de barreras administrativas y de ella se aprovecha quien más fuerza tiene. Y la fortaleza de la economía como suma de capital y trabajo sigue estando más en el capital que en el trabajo. Sería imprescindible que, paralelamente a la existente globalización capitalista, se produjese la globalización alternativa de los derechos laborales si no queremos terminar en un mundo tremendamente injusto

El mercado está pretendiendo llevar a cabo, a través de la globalización, un proceso de unificación económica y hasta cultural del planeta. Las multinacionales nunca habían logrado tal grado de elusión del control de los estados y un poder tan completo imponiendo sus reglas, sus políticas y sus intereses a tantas naciones del mundo. Nunca como ahora existió una red tan densa de instituciones internacionales -como el FMI, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, etc.- dedicada a controlar, gobernar y administrar la vida de la humanidad, según las reglas del libre mercado.

Y cuando se habla tanto del mercado o, peor aún, se practica tanta subordinación a él, se está hablando en mayor medida del capital y se está subordinando a él todo el sistema de relaciones y de derechos. Incluidos los laborales. Y en la cuestión laboral reside la cuestión social, incluidas las condiciones que configuran la dignidad de las personas.

Se puede decir que ha sido la gran industria la que ha creado este mercado mundial. Las antiguas industrias de promotores con nombre y apellido, están siendo sustituidas continuamente por nuevas más anónimas cuya implantación se convierte en cuestión vital para todas las naciones, desarrolladas o no, porque son la base de su nivel económico y de empleo. Industrias que ya no dependen de materias primas locales, sino que las materias primas vienen de las más diversas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo.

Entre tanto, el conjunto de los trabajadores asalariados sujetos al régimen establecido por el mercado, es la mayoría de la población económicamente activa que asegura que el sistema funcione. Incluso para la conformación del capital de las mayores empresas, constantemente sujeta al movimiento de capitales en las bolsas: muchos de sus continuos cambios de propietarios se producen por razones especulativas no industriales, puramente financieras, que buscan la máxima rentabilidad a corto plazo por medio de compraventas de acciones que realizan fondos de inversión constituidos, entre otros capitales, con las aportaciones de los propios trabajadores a los planes de pensiones. Se produce así el contrasentido de que los propios trabajadores contribuyen, indirectamente y sin saberlo, a una especulación que, por buscar esa máxima rentabilidad a corto plazo, obliga a las empresas adquiridas a incrementar los beneficios aun a costa de empeorar y reducir las condiciones y derechos laborales de sus empleados. Surge así el temible concepto de competitividad que, a diferencia del de competencia, persigue ganadores y perdedores

Las consecuencias son evidentes: precariedad en los nuevos contratos laborales con abusiva generalización de la temporalidad y de modalidades de contratación rocambolescas para evitar antigüedades y otros derechos, sustitución de trabajadores de contratos fijo por otros temporales más baratos, reducción de las retribuciones para mantener el empleo, deslocalización de las plantas industriales buscando emplazamientos donde abunde mano de obra más barata y regímenes políticos más tolerantes con esta situación. Reducción de las indemnizaciones, de las coberturas asistenciales, empeoramiento de las condiciones de jubilación……

Y en los países de economía baja o emergente, la implantación de condiciones más próximas a la esclavitud que al trabajo: horarios abusivos, contratación de menores, inexistencia de atención sanitaria, etc., que hacen imposible la comparación con los del primer mundo.

La estructura social que de todo ello se deriva constituye sin duda alguna la base sobre la cual descansará la historia política e intelectual de esta época. Y no le será ajena esta progresiva debilidad de la gran mayoría social obligada a competir entre si para sobrevivir, en detrimento de condiciones y valores de dignidad personal que se sustituyen por aquellos otros que valgan al mercado. Y que empieza a notarse en actitudes acríticas de los nuevos que se incorporan al mundo del trabajo que no solo ignoran la historia de la consecución de los derechos laborales sino que se ven obligados a renunciar a ellos para poder trabajar

Es indispensable que se produzca una importante reacción social que impida la progresiva regresión de los derechos laborales. Es conveniente que los poderes políticos se percaten de que esta considerable dependencia de las reglas del mercado, nos lleva inexorablemente a sociedades regidas por un liberalismo económico que, en mayor medida, crea injusticia social y económica y que no hace mucho costó sudor y lágrimas embridar. Es necesario que el reconocimiento de los derechos laborales se globalice tan rápidamente como lo hace el capital.

Es fundamental e imprescindible que, entre todos, impidamos un nuevo orden mundial sin derechos laborales.

 

 

* VOLVER A LA PÁGINA INICIAL DE MIGUEL IZU