DEFENDER NUESTRA CIVILIZACIÓN

En estos tiempos criticar la política exterior de Estados Unidos conlleva el riesgo de ser tachado de antiamericano, de rancio seudoprogresista o de resentido paleocomunista, cuando no justificador y cómplice del terrorismo internacional. Al menos en mi caso la supuesta fobia antiamericana no existe. No sólo creo que los Estados Unidos, como cualquier otro país, posee junto a notorios defectos muchas cosas admirables, sino que además difícilmente podemos considerarlos como ajenos a nuestra propia cultura. Admitamos que, desde el jazz y el rock and roll, pasando por el baloncesto, el cine de Hollywood, la televisión y la fast food, hasta el periodismo y la literatura actuales, recibimos de los norteamericanos tantos patrones culturales que ya son tan nuestros como suyos. Quienes se empeñan en trocear el mundo en múltiples unidades de destino en lo universal que deben compartir en lo interno una cultura y un espíritu comunes que al tiempo los diferencie hacia el exterior me exigirán por imperativo nacional que me identifique, dependiendo del interlocutor, con el chistu, el aurresku y el levantamiento de piedras, o con la jota y el lanzamiento de azada, o con la guitarra flamenca, el pasodoble y la zarzuela, tanto da. Sin renegar de tales cosas personalmente me va más la música de Marvin Gaye, Louis Armstrong o Bob Dylan, y las películas de John Ford, Orson Welles o Woody Allen. Todo eso no me impide considerar que, aunque la Declaración de Derechos de Virginia de 1776 fuera la primera del mundo y en el ámbito doméstico sean los Estados Unidos la democracia más antigua, su política exterior, su forma de relacionarse y de tratar al resto del mundo, ha sido casi siempre deplorable, la cínica aplicación al prójimo de lo contrario que se predica de puertas adentro.

En buena lógica, si reprobar la política exterior estadounidense me hace antiamericano supongo que rechazar la del gobierno del señor Aznar, una simple sumisión a las pautas que marcan los Estados Unidos y la OTAN ("apoyo incondicional" la llama él) me hace antiespañol. Igual que no sentir entusiasmo por las danzas del señor Sanz en Japón me hará antinavarro y no compartir la política de hermanamientos de la señora Barcina antipamplonés. Qué se le va a hacer; casi desde Franco me han alineado con los enemigos de la patria. De cualquier patria.

El caso es que bombardear Afganistán como respuesta a los atentados del 11 de septiembre (como antes bombardear Vietnam, Libia, Yugoslavia o Iraq) no me parece un acto de "legítima defensa" admisible. Dudo mucho de que se cumplan los requisitos de necesidad racional y proporcionalidad de los medios empleados, y que además se esté dirigiendo sólo contra el autor de una previa agresión. Y además ¿qué estamos defendiendo? Según algunos la civilización frente a la barbarie, la libertad y la democracia frente al terrorismo; nuestro way of life, que dicen los norteamericanos, frente al fanatismo. Ahí es donde no sé si todos hablamos de la misma civilización. Entiendo que entre las cosas que merecen la pena de nuestra civilización está la Carta de las Naciones Unidas, que marca como uno de sus propósitos mantener la paz y la seguridad internacionales, "suprimir actos de agresión" y lograr por "medios pacíficos" el arreglo de las controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz. Y que establece que las partes en una controversia cuya continuación sea susceptible de poner en peligro el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales tratarán de buscarle solución "mediante la negociación, la investigación, la mediación, la conciliación, el arbitraje, el arreglo judicial, el recurso a organismos o acuerdos regionales u otros medios pacíficos de su elección". Y también la Declaración Universal de Derechos Humanos, esa que garantiza a toda persona el derecho a ser oída públicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial ante cualquier acusación y la presunción de inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad, o el derecho a un orden social internacional en que los derechos y libertades proclamados se hagan plenamente efectivos. O el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos que establece que el derecho a la vida es inherente a la persona humana y que incluso los países que no hayan abolido la pena capital no pueden imponerla más que en cumplimiento de sentencia definitiva de un tribunal competente. O la propia Constitución española que en su preámbulo afirma la voluntad de colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra (aunque no mejora aquel enunciado de la Constitución republicana de 1931 en cuya virtud "España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional").

Los atentados de Nueva York y Washington son hechos espantosos que a cualquier persona con mínimo sentido ético le llevan al más rotundo rechazo. Que fueron obra de Osama Bin Laden y su organización Al Qaida parece cierto. Que es imprescindible una acción internacional para acabar con ella y con todas las organizaciones terroristas está fuera de duda. Pero que deba hacerse aparcando algunos de los principios fundamentales en los que descansa nuestra civilización no es de recibo. Parece admitirse que la gravedad de los hechos contra los que hay que reaccionar justifica cualquier medio y permite ignorar las exigencias del derecho internacional. Las pruebas contra Bin Laden no han sido sometidas a ningún tribunal, sino comunicadas de gobierno a gobierno (y al menos en el caso del gobierno español de forma verbal); una muy breve negociación con el gobierno afgano de los talibán sobre su extradición ha dado paso con gran premura al ultimátum y al inicio de la guerra. Las acciones armadas han sido decididas unilateralmente por un gobierno, el norteamericano, prescindiendo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas salvo para informarle a posteriori. Y parece asumirse como normal la aplicación de una pena de muerte decidida extrajudicialmente para Bin Laden, sus terroristas y los talibán que los encubran, y que la muerte de civiles inocentes y la avalancha de refugiados que se produzcan como consecuencia de la intervención armada es un precio asumible, un "efecto colateral" sin trascendencia. Todo hace pensar más en una nueva aplicación del "ojo por ojo" (hasta que quedemos todos ciegos, como dijo Gandhi) y de la más primitiva venganza que en la "justicia infinita" con que se bautizó inicialmente la operación. Que la coalición internacional la encabece un país que ha tenido que ponerse al corriente en sus cuotas en la ONU después de ser un moroso contumaz y que se ha negado sistemáticamente a ratificar los tratados concluidos contra el terrorismo o para constituir un tribunal penal internacional y que en la misma figuren regímenes que ni delirando se pueden considerar democráticos, por no decir que algunos son claramente terroristas y que otros imponen el mismo velo a las mujeres que en los talibán se esgrime como prueba de cargo, hace confiar más bien poco en la calidad y el porvenir de la alianza defensora de la libertad y la justicia.

Nos dicen que no hay otra salida; que la guerra de hoy nos asegurará la paz del mañana. Por desgracia llueve sobre mojado. La guerra de hoy viene de las guerras del ayer. Los atentados del 11 de septiembre tienen antecedentes bien conocidos; sin la guerra del Golfo probablemente no se hubiera generado la red terrorista de Bin Laden; sin la guerra de Iraq contra Irán (el primero con el apoyo o beneplácito occidental) no se hubiera llegado a la guerra del Golfo; sin la primera guerra de Afganistán no hubieran surgido los talibán (apoyados entonces por quienes hoy son sus enemigos); sin el conflicto árabe-israelí no se hubiera generado el clima antioccidental que prospera en tantos países árabes y musulmanes; sin la torpe política colonial europea en los países árabes para sustituir al poder otomano en la Primera Guerra Mundial no hubieran surgido el conflicto palestino y tantos otros; y así sucesivamente. Mucho me temo que la guerra de hoy sea la semilla de las guerras de mañana; la violencia engendra violencia. Quienes ayer justificaron los bombardeos de Iraq hoy justifican los de Afganistán y mañana no tendrán más remedio que justificarlos contra quién sabe qué país con parecidos argumentos: con más muertos que vengar.

Defender nuestra civilización, sí; la civilización que ha pretendido sustituir la guerra por paz y justicia. No la de la Ley del Talión, más propia del enemigo al que supuestamente se combate.

 

 

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