Partiendo
de la idea de que la política consiste esencialmente en la conquista y en el
ejercicio del poder, que puede utilizarse de diversos modos y para distintas
finalidades mejores o peores, cabe hacer alguna reflexión sobre cómo se reparte
el poder. Que el poder esté más o menos concentrado o más o menos repartido es
uno de esos casos en que las diferencias cuantitativas constituyen también
diferencias cualitativas.
Que la
concentración del poder es peligrosa es categóricamente expresado en la famosa
frase de lord Acton: “el poder tiende a
corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Este político e
historiador británico –católico y liberal- se refería tanto al poder político,
el del rey, como al poder religioso, el del papa; se opuso firmemente a la
doctrina de la infalibilidad papal proclamada por Pío IX en 1870 que generó
viva polémica y algún cisma dentro de la Iglesia católica. Esta desconfianza
está en el germen de la división de poderes que se considera fundamento
indispensable de todo sistema democrático. Como explicaba Montesquieu, “nos ha enseñado una experiencia eterna que
todo hombre investido de autoridad abusa de ella”, “para que no se abuse del poder, es necesario que le ponga límites la
naturaleza misma de las cosas”, esto es, que los diversos poderes
–legislativo, ejecutivo y judicial- se limiten mutuamente.
El
problema de las democracias es cuando el poder efectivo no se halla en ninguno
de los tres poderes clásicos sino en alguna otra parte y no se halla repartido
–limitado- sino que se va concentrando en unas pocas personas con capacidad de
decidir e imponer sus decisiones. En muchas ocasiones el poder real está en un
partido político y dentro de él en una reducida cúpula dirigente. Pero la mayor
parte de las veces el poder político efectivo está subordinado al poder
económico, algo especialmente visible en la actualidad. Los gobiernos deben
ajustarse a las condiciones que marcan “los mercados”, el eufemismo con que se
designa a quienes gestionan las grandes concentraciones de capital que detentan
el dominio del mundo. Y, al contrario que el poder político, el poder del
capital apenas tiene límites y mucho menos se somete a algo parecido al
principio de división de poderes. Más bien la norma es la contraria; cada vez
se va concentrando más. El libre mercado cuanto más libre suele ser menos
mercado porque avanza imparable hacia la concentración empresarial por vía de
las fusiones voluntarias justificadas en nombre de la eficacia o la competitividad
o por vía de las absorciones forzadas según el modelo de pez grande se come al
pez chico. La desregulación de los mercados genera un poder oligopólico. Cada
vez son menos los que controlan los resortes de la economía mundial, y esos
pocos –multinacionales, bancos, fondos de inversión- cada vez tienen más
capacidad de abusar de su poder.
La
globalización neoliberal de las últimas décadas ha supuesto una completa
libertad para los capitales que pueden desplazarse por todo el mundo y someter
a continuo chantaje a los gobiernos (descapitalización, desinversión,
deslocalización). Con motivo de la crisis financiera iniciada en Estados Unidos
se extendió el concepto “too big to fail”,
entidades demasiado grandes para dejarlas caer. Contradiciendo los principios
del libre mercado, donde se supone que cada cual ha de asumir sus propios
riesgos, esas entidades son salvadas de la quiebra con fondos públicos. Una vez
salvadas, vuelven a las andadas; ni piden perdón, ni dan las gracias, ni
muestran arrepentimiento. Por el contrario, intensifican su chantaje sobre los
poderes políticos para que todo el coste de la crisis recaiga sobre los
contribuyentes, que en buena medida y como consecuencia de la aplicación de las
recetas neoliberales son los asalariados, y para que se aceleren las políticas
de desregulación y disminución de la presión fiscal sobre el capital.
En
otros tiempos una entidad demasiado grande para dejarla caer, una entidad que
con tal excusa se apropia de los beneficios y socializa las pérdidas, hubiera
sido considerada como demasiado grande para dejarla en manos privadas. Cuando
el art. 128 de la Constitución española, y preceptos análogos de otras
constituciones o leyes de otros países, prevé la iniciativa pública en la
actividad económica, la reserva al sector público de recursos o servicios
esenciales y la intervención de empresas cuando lo exija el interés general,
sin duda está pensando en ello. El problema es que el dogma neoliberal ha
dejado en papel mojado esas disposiciones constitucionales; la iniciativa
pública ha sido demonizada y el sector público reducido hasta casi su
extinción; la privatización de todo tipo de servicios y recursos se ha
convertido en la norma; la intervención de empresas, las pocas veces que se
produce, no suele ser para garantizar los intereses públicos sino
prioritariamente para garantizar intereses privados.
Los
riesgos económicos producidos por la concentración de poder no son los únicos a
tener en cuenta; con frecuencia se unen a los riesgos tecnológicos. Los avances
técnicos y científicos nos han llevado a que con frecuencia se concentren en
pocas personas decisiones que generan enormes riesgos para el resto de la
población. Me refiero tanto a la capacidad de determinar el precio de materias
primas o alimentos que pueden generar crisis, hambrunas o guerras en ciertos
países (africanos la mayor parte de las veces) o a la de construir plataformas
petrolíferas, centrales nucleares u otras instalaciones industriales que antes
o después desembocan en accidentes catastróficos (se cumple el veinticinco
aniversario de Chernobil con el accidente de Fukushima). Con mucha frecuencia
la investigación posterior de sucesos catastróficos revela que la búsqueda de
rentabilidad a toda costa pasa por descuidar las previsiones legales y las
medidas de seguridad y que los organismos públicos que teóricamente deben
controlar a las empresas privadas aflojan más la vigilancia cuanto mayor sea la
empresa y más influencia tenga sobre los gobiernos.
El abuso, la prepotencia, la concentración de riesgos, no se va a corregir con expresiones de buenas intenciones, con supuestas medidas de autorregulación o con tímidos tirones de orejas desde los gobiernos que no se traducen en disposiciones efectivas. Se corregirá poniendo límites al poder económico, evitando su concentración, sometiéndolo al poder político. En política, alguien que nos diga que necesita todo el poder, sin límites ni controles, para ejercerlo con mayor eficacia respondiendo sólo ante Dios y ante la Historia generará inmediata desconfianza. La experiencia histórica de adónde lleva el Führerprinzip o el principio del caudillaje la tenemos reciente. En cambio, en el ámbito económico parece que todavía se puede presumir del tamaño creciente de la empresa o del grupo empresarial, del balance, de la facturación, del número de países en que opera, de la cuenta de resultados, de los beneficios de los accionistas y hasta de los sueldos e incentivos de los directivos, y todavía se puede reclamar más libertad para seguir creciendo bajo la premisa de que eso es bueno para todos. Con lo que vamos aprendiendo hora es de que tales argumentos nos produzcan los mismos escalofríos que en la Guerra Fría nos producían las cifras de la carrera de armamento nuclear. La única medida efectiva para poner bajo control público lo que es “too big to fail” es considerar que, empezando por la banca, es también “too big to privatize”.
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