CUESTIÓN
DE OPORTUNIDAD
No me gusta la propuesta formulada por Ibarretxe, en particular el
anuncio a fecha fija de una consulta popular, aunque no por los mismos motivos
que se están esgrimiendo en abundancia estos días. El mayor problema no es el
de legalidad. Por supuesto que Ibarretxe carece de competencias para convocar
las consultas que anuncia; que tampoco el Parlamento vasco puede autorizarlas;
y ni siquiera Rodríguez Zapatero es competente para concluir el pacto político
que le ofrece (o le exige) el lehendakari. La crítica que se le hace en este
sentido es fundamentada. Ahora bien, es cierta igualmente la réplica: si
hubiera voluntad de abordar el fondo de la propuesta, los obstáculos legales se
podrían resolver cambiando las leyes. Cuántas iniciativas políticas no
requieren antes o después un cambio legal o incluso constitucional.
Tampoco creo que el problema
sea la persistencia o no de la violencia de ETA. La organización terrorista no
debe condicionar el calendario político, y con ETA presente en el País Vasco
desde 1976 se ha ido a votar en cinco referendos y en veintiocho elecciones
(generales, autonómicas, locales, europeas). Decir ahora que no hay libertad
entre los electores vascos como para que acudan a votar es poco serio.
La cuestión
es que esta segunda parte del Plan Ibarretxe es inoportuna y sobre todo es
irrealizable. Es inoportuno lanzar públicamente una propuesta de negociación y
pacto poniendo unos plazos sin contar con la otra parte; es inoportuno poner
fecha a la consulta cuando ni el contenido ni la convocatoria de la consulta
está en la propia mano; es inoportuno querer empezar a negociar y anunciar ya
las iniciativas que se van a tomar si la negociación fracasa (y más si, como
han hecho algunos de los socios de gobierno de Ibarretxe, se empieza a llamar
ya a la desobediencia civil). Todo ello no es formular una propuesta amigable
de acuerdo sino lanzar un órdago, y en este caso además sin cartas. Cualquiera
sabe que la vía del pacto se hace de otro modo. Se repite el error del
fracasado nuevo Estatuto de Autonomía del País Vasco: se envía el proyecto a
Madrid sin haber negociado antes entre bastidores, sin haber obtenido los
apoyos suficientes para garantizar un proceso con éxito. Se reincide en lanzar
un envite en tales condiciones que obliga al oponente a rechazarlo, para a
continuación poder explotar el victimismo.
Un
pacto político que asegure un nuevo estatus del País Vasco dentro de España que
resulte confortable para todos, o al menos para la mayoría, exige primero un
pacto dentro del País Vasco, un pacto transversal en el que sean protagonistas
el PNV y el PSE y asegure su aprobación posterior en Madrid. En estos momentos
en que parecía superado el frentismo nacionalistas/constitucionalistas la
iniciativa de Ibarretxe no hace sino arrojar gasolina a las brasas.
Y
viéndolo desde Navarra, la propuesta de Ibarretexe también resulta de lo más
inapropiada. Pese a que este verano se ha perdido una oportunidad de oro en
algún momento habrá que hacer posible que la política navarra deje de pivotar
sobre el enfrentamiento de identidades, a menudo tan artificioso y tan
interesado. Habrá que hacer no sólo posible sino normal un gobierno donde
quepan fuerzas políticas que representen identidades y sensibilidades distintas,
incluso proyectos institucionales distintos. Porque una democracia donde no
quepa la alternativa y la alternancia es una democracia de dudosa calidad; una
democracia donde siempre mandan los mismos en nombre de sagrados principios que
no se pueden poner en discusión no es tal. Y una sociedad fracturada donde no
se haga posible la convivencia y participación de los diversos grupos sociales
no puede aspirar tampoco a cultivar una democracia aceptable.
La coalición que ha reunido a la
mayoría del nacionalismo vasco en Navarra, Nafarroa Bai, ha anunciado que
quiere trabajar en esa dirección, apostando por trascender sus orígenes como
formación nacionalista y avanzando hacia la transversalidad y la pluralidad
identitaria. Muy malamente va a conseguir credibilidad si desde algunos
partidos que la integran se hacen proclamas a favor del soberanismo y en contra
de la transversalidad, si la práctica real no es de diálogo sino de
confrontación. El nacionalismo vasco debería superar el vicio de proclamar una
cosa en el País Vasco y la contraria en Navarra. Aquí, respeto por la minoría;
allí, imposición de la mayoría. Aquí, transversalidad, allí, no se sabe qué.
Vicio en el que también incurre el autodenominado “constitucionalismo” en el
que se ubican UPN y PP, que tanto han predicado respeto a la minoría no
nacionalista en el País Vasco y hegemonía de la mayoría no nacionalista en
Navarra, incluyendo la marginación política de los nacionalistas vascos.
Me temo que propuestas como las de Ibarretxe no aportan ni soluciones ni claridad en el debate, sólo argumentos para la estéril guerra de identidades, de banderas y de vísceras a la que tanto estamos acostumbrados.
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