CUESTIÓN
DE FE
En qué poco han quedado
algunas ilusiones de los ilustrados. Los ilustrados de verdad, los del siglo
XVIII. Creían que la base del progreso era la razón científica, una forma de
conocimiento que exige pruebas y demostraciones. “El escepticismo es el primer
paso hacia la verdad”, escribió Diderot; “la ignorancia niega o afirma
rotundamente, la ciencia duda", dijo Voltaire. La libertad de pensamiento
y de expresión, el debate como forma de contrastar ideas y teorías y de avanzar
hacia la verdad no se limitaron al campo de la ciencia sino que se trasladaron
también a la política y son el fundamento de la democracia que hoy
consideramos, con todas sus carencias, el único sistema político razonable.
Y sin embargo, en una época
en que durante la escolarización obligatoria que ocupa una buena porción de
nuestra vida nos tratan de infundir el espíritu científico sigue triunfando la
fe. No hablo de la tradicional contraposición entre fe y razón, que se resuelve
dejando a cada una en su ámbito propio. La fe, la fe religiosa o espiritual, se
relaciona con lo trascendente, con lo que está más allá de la realidad que
podemos percibir con nuestros sentidos. La razón científica tiene que ver con
lo que sí podemos percibir, con la realidad sensible que nos permite hacer
experimentos y demostraciones. La fe sirve para explicar aquello sobre lo cual
la razón no tiene la última palabra porque nada puede probar; y la razón opera
sobre lo que admite prueba científica. No se oponen si respetamos sus respectivos
campos. La fe sirve para dar sentido a la vida, pero no para curar el sida. La
ciencia nos sirve para fabricar electrodomésticos pero no para saber porqué o
para qué existimos.
Lo
curioso de la fe aplicada a la política, a lo que sí quiero referirme, es que
con frecuencia se relaciona, no con hechos trascendentes, más allá de la
percepción sensible, sino a hechos que en principio podrían y deberían ser
objeto de verificación empírica. Se prefiere huir de aplicar tales mecanismos
propios del obrar racional. Damos más valor al prejuicio, solemnizado como
“convicción profunda”, a la idea preconcebida o a la fabulación interesada. La
política exige emitir juicios urgentes, opiniones firmes e ideas contundentes
cada pocos minutos. ¡No hacen falta más pruebas, es evidente!, soltamos a la
menor objeción. Los indicios, las sospechas, los rumores, son fundamento
suficiente e inmune a la exigencia de demostración.
En
este país hay millones de personas persuadidas de que detrás del atentado del
11-M hubo una conspiración para apartar al PP del gobierno en la cual, además
de “los moritos de Lavapiés”, estaban implicados ETA, los servicios secretos
españoles y marroquíes, policías de militancia socialista y quizás el propio
Rodríguez Zapatero. Cuestión de fe, porque de momento ni la policía ni los
jueces han encontrado pruebas de ello. Da igual, la fe mueve montañas. Si no
hay pruebas es porque la policía las ha ocultado y los jueces están engañados.
También
son muchos los convencidos de que el alto el fuego permanente de ETA es
mentira. Ahí están las cartas de extorsión que se siguen enviando. Según qué
fuentes las cartas a veces son cartas y otras veces son una sola carta; no las
he visto ni sé de nadie que las haya visto. A diferencia de lo que ha sucedido
otras veces, no han sido reproducidas en ningún medio de comunicación, ni
tampoco sabemos quién o quienes las han recibido. Por lo visto, ni siquiera se
presentaron denuncias ante la policía o el juzgado correspondiente. Pocos
elementos para un debate público. Sin embargo notables políticos, cualificados
columnistas y muchos ciudadanos de a pie ya han expresado su convicción de que
el alto el fuego no se respeta. No lo sé. Cuestión de fe.
Muchas personas están alarmadas ante la noticia de que Rodríguez Zapatero ha pactado con ETA alguna forma de integración de Navarra en el País Vasco. El presidente Miguel Sanz ha declarado tener sus “percepciones” al respecto. Las partes del supuesto pacto entre el Gobierno y ETA no lo admiten; nadie ha testificado sobre la reunión en que se concluyó, ni se han aportado fotografías o grabaciones sobre la misma, ni se han publicado los escritos en que conste su contenido. Se trata de nuevo de un hecho no situado en el ámbito de lo trascendente, más allá de la experiencia sensible, sino de algo que podría ser objeto de demostración. Me temo que no lo será; es más interesante que se mantenga en el campo de la fe. Contra la fe no caben evidencias. Navarra está en peligro. No lo dude y confíe en sus salvadores. Porque hay quienes han hecho de la salvación de Navarra su profesión habitual y un productivo negocio.
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