INDÍGNATE CON LOS CUENCOS

 

 

          Lo de tener las mejores fiestas del mundo tiene la carga de que los vecinos acuden en masa a visitarnos, sobre todo durante el fin de semana, menos mal que la mayoría de los años, como este, sólo hay un fin de semana. Me refiero a los de las provincias cercanas, vizcaínos, guipuchis, riojanos, zaragozanos, incluso franceses, con los cuales nos unen esas peculiares relaciones de amor-odio, de amistad y de rivalidad deportiva propias de la vecindad. Son más soportables que los guiris, por lo menos se integran sin mayores problemas ya que conocen perfectamente nuestras costumbres festivas ya que tratan de imitarlas torpemente en sus propias fiestas patronales, todas unas malas copias de las nuestras.

 

         Pero los vecinos más molestos son los más próximos, los cuencos. Porque estos no se limitan a asomar el fin de semana sino que se empeñan en venir todos los días como unos pamploneses más. Esa es una de las esencias del cuenco, se cree que Pamplona también es suya y se pasea como si estuviera en su propia casa; en cambio cuando los de Pamplona aparecemos por su pueblo te señalan como forastero con una mirada acusadora. Buena parte de las apreturas, sofocos y molestias de los sanfermines se remediarían si los cuencos se quedaran en su pueblo esperando que lleguen sus propias fiestas sin invadir las ajenas, que es lo que hacemos la mayoría de los pamploneses. Por no hablar del dinero que nos cuestan todo el año, lo que gastamos para ponerles aparcamientos, paradas de autobús, rondas y rotondas, y de los atascos para salir y entrar de Pamplona a las horas en que los cuencos entran o salen. Lo peor es que muchos modernos cuencos son pamploneses renegados que han ido a vivir (a dormir, en realidad, vivir siguen viviendo aquí) y a pagar sus impuestos a los pueblos de la cuenca; no dejan de costarnos dinero porque siguen desgastando nuestras aceras igual y encima presumen de que en su pueblo tienen mejores servicios y hasta mejores fiestas.

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