LAS
CUATRO REDES EDUCATIVAS DE NAVARRA
Es el no va más de la vanguardia
mundial en la cual está colocada Navarra en tantas materias. No solamente
tenemos una red de educación obligatoria, o dos redes, pública y privada, como
dicen algunos, sino un total de cuatro redes perfectamente separadas. Eso sí,
todas sufragadas por los mismos contribuyentes.
Se
trata de una increíble operación de ingeniería social. Frente a quienes
mantienen la utópica idea de que la educación obligatoria debe servir para
socializar a los niños y adolescentes de forma integradora, hacerles a todos
ciudadanos iguales de una amorfa masa social, en Navarra el sistema educativo
va a servir en los próximos años para colocar a cada uno en su sitio,
prepararles para integrarse en el grupo social en el cual están destinados a
vivir.
En
muchos otros países y regiones han venido funcionando mecanismos de segregación
social a través de la educación. El más tradicional es la distinción entre
centros públicos, destinados a la mayoría, y centros privados, destinados a las
élites dirigentes. Pero lo nuestro va más allá. No segregamos solamente por
niveles económicos o por creencias religiosas; también por idiomas y hasta por
ideas políticas. La combinación de centros públicos y privados con los
diferentes modelos lingüísticos, que se imparten cada vez más en centros
perfectamente separados (tenemos ya centros solamente en castellano, centros
solamente en euskera, y pronto llegaremos a los centros solamente en inglés),
permiten que los alumnos se eduquen en un entorno social específicamente
seleccionado por sus padres... o por la Administración.
Tenemos
los centros privados donde los padres pueden optar por una formación religiosa
y moral acorde con sus propias creencias. Un derecho constitucional que incluso
hemos ampliado; los padres tienen garantizado también poder enviar a sus hijos
a un centro donde reciban una formación religiosa y moral disconforme con sus
propias creencias. Ahí está un buen número de agnósticos que envían a sus hijos
a colegios católicos por las más diversas razones: porque es el colegio donde
ellos estudiaron, porque allí sus hijos se relacionarán con la clase de
personas que ellos prefieren, porque tiene más prestigio, etc. Tenemos los
centros privados donde los padres pueden asegurar a sus hijos una educación en
su lengua materna... o en una lengua que en realidad la familia no habla.
Tenemos también los centros públicos donde se puede ejercer ese derecho a
elegir lengua.
Pero
la elección va mucho más lejos. Gracias a sutiles mecanismos de escolarización,
a la mayoría se le asegura el entorno social más adecuado para sus hijos.
Optando por un tipo de centro también pueden evitar compañías indeseables. Ya
se sabe que hay cierto tipo de centros donde se acumulan los inmigrantes y los
problemas que ellos generan; o lo que ahora llamamos minorías étnicas (antes
gitanos), u otro tipo de alumnos con alguna discapacidad y cuya convivencia no
hace sino perjudicar la buena marcha académica de sus compañeros. También hay
otros centros dominados por quienes profesan determinadas ideologías políticas,
y de donde ya se sabe con qué ideas y tendencias van a salir los alumnos.
Gracias a Dios que los padres pueden, invocando su derecho a elegir un
determinado modelo educativo, evitar tales centros. Y acudir a donde saben que
nunca serán admitidos alumnos poco deseables, dejando que la solidaridad con
quienes necesitan más apoyo la ejerzan otros y en otros centros. Porque los
centros (la mayoría, salvo los de la red que se ha convertido en residual,
donde van los que no pueden ir a las otras) tienen también sutiles mecanismos
para asegurar su derecho a elegir el tipo de alumnos que desean recibir. En
último extremo se les concede la prerrogativa de priorizar a los hijos de antiguos
alumnos y aproximarse a una especie de club privado con reserva del derecho de
admisión, el modelo de las tradicionales “public schools” británicas que
pese a su nombre y a que están teóricamente abiertas a todo el mundo son
centros privados y elitistas.
Así,
gracias a disponer de una red de centros públicos en castellano, otra red de
centros públicos en euskera, y otras dos de centros privados en una y otra
lengua, podemos reproducir en el ámbito educativo la segmentación que existe en
nuestra sociedad. La educación como uno más de los bienes y servicios que
ofrece el mercado se adecua perfectamente a las diferentes demandas de los
consumidores. Y no sólo eso; sino que además puede servir de instrumento para
diseñar la segregación social del futuro. A ciertos niños nacidos en Navarra la
escuela les servirá para tomar conciencia de que en realidad son inmigrantes
por culpa de sus padres. A los inmigrantes llegados desde otros países les
enseñará que no se van a integrar en pie de igualdad. A los niños de ciertas
zonas la escuela les dejará claro que optar por un centro u otro no es un
derecho concedido por igual a todos, sino un privilegio de quienes viven en las
zonas urbanas donde hay oferta.
Los efectos benéficos en cuanto al orden social que va a tener esta cuádruple red educativa todavía no se advierten nítidamente, pero se irán haciendo más evidentes con el paso de los años. Se suele hablar de “educación en valores”, como si fuera posible educar sin valores. Mejor hablar de qué valores transmitimos a través de la educación, porque siempre se transmiten valores, de forma expresa o implícita. Nosotros, en perfecta sintonía con los tiempos que vivimos, transmitimos los valores de la división social, la segregación y la competitividad.
* VOLVER A LA PÁGINA INICIAL DE MIGUEL IZU