Cómo capear la crisis en Sanfermines

 

CON LA CUADRILLA

 

 

         Para poder comer y beber, sobre todo beber, sin gastar, el recurso más seguro es cobijarse dentro de una cuadrilla. Se trata de beneficiarse del principio de solidaridad, aunque los demás no sean conscientes de ello, y hacer recaer el consumo propio sobre el peculio ajeno. A estos efectos, cuanto mayor sea la cuadrilla en la que nos vamos a refugiar para recorrer bares, tascas y carpas, mayores las oportunidades. Las posibilidades de culminar la operación de trincar gratis se incrementan notablemente si, además, la cuadrilla ocasional une a personas procedentes de cuadrillas originariamente distintas y si no se conocen mucho entre sí y somos su nexo de unión.

 

         Como todo el mundo sabe, la gestión presupuestaria de este tipo de cuadrillas puede hacerse de dos modos: o se pone fondo, o cada ronda la paga una persona distinta (obviamos uno tercero propio de teutones o catalanes, pagarse cada uno lo suyo, por ser absolutamente inusual y contrario al espíritu de los Sanfermines). El primer modo se suele adoptar cuando hay confianza y cuando la composición de la cuadrilla se prevé más o menos estable durante un período de tiempo razonable. Es algo menos frecuente que el resto del año en Sanfermines, donde se puede ir cambiando de compañía según se va cambiando de bar. En todo caso, si alguien propone poner fondo conviene de inmediato ofrecerse voluntario para llevarlo. Tan generoso ofrecimiento suele ser aceptado sin reparos y es el modo más expeditivo para poder consumir de gorra. La clave, obviamente, consiste en recaudar las aportaciones de los demás miembros de la cuadrilla y abstenerse de hacer ninguna aportación propia. No se sabe de ningún caso en que al portador del fondo sanferminero le hayan hecho una auditoría ni le hayan exigido los recibos, así que cualquier sutil anomalía contable pasa desapercibida. Ningún reproche moral merece acudir a esta pequeña estratagema financiera; llevar el fondo comporta tener que pedir, controlar lo que sirven, negociar con los camareros y liquidar las consumiciones. Nada más justo que recibir alguna compensación por esta dura tarea.

 

         Más frecuente resulta que alguien se adelante a pedir para toda la cuadrilla y a pagar de su bolsillo (salvo entre gente menor de 30 años, que evitaremos). En Pamplona, dada nuestra natural hidalguía, tenemos a gala cultivar la esplendidez y munificencia de invitar aparentando despreocupación como si nos sobrara el dinero o no le diéramos la más mínima importancia. Esto nos lleva a veces a discutir enardecidamente por quién va a pagar; “¡No, deja, ya pago yo!”; “¡Que no, que no, que pago yo!”; “¡Ni hablar! ¡Camarero, cóbreme todo de aquí!”. Cuando uno es invitado suele hacer mentalmente el propósito de invitar en alguna de las siguientes rondas, aunque hay veces que no lo consigue porque los demás son más rápidos en pedir la cuenta o en echar un billete sobre la barra. Especialmente si hay quienes quieren impresionar favorablemente a jefes, subordinados, clientes, votantes o ligues en potencia. Estas circunstancias nos van a permitir, en un caso de necesidad como es el presente, disfrutar de la generosidad ajena. La técnica es simple; aceptar y agradecer todas las invitaciones, jamás tomar la iniciativa. Si nadie se ofrece a pedir, actitud imperturbable y paciencia. Cuando nos pregunten qué queremos, pedir y no hacer gesto de pagar. En todo caso mantenerse lo más alejado posible de la barra, que es donde suelen hacerse las transacciones dinerarias y, si se puede, quedarse en la calle que es el lugar más seguro. Si no podemos mantener la distancia de seguridad y aparece sobre la barra o la mesa la cuenta, es buen momento para ir al servicio y no volver en un tiempo prudencial. Con estas sencillas medidas se consigue una cifra cercana al cien por cien de éxitos, casi siempre habrá alguien que pague por nosotros. Cierto que en alguna ocasión nos podemos despistar y vernos acorralados por un camarero que reclame el pago y nadie acuda en nuestro auxilio; en tal caso habrá que resignarse y pagar, pero si tenemos la habilidad suficiente serán pocas veces a lo largo de los Sanfermines y el balance entre lo consumido y lo gastado será netamente favorable.

 

         Llegado este punto se dirá usted: sí, parece fácil, pero si todo el mundo lee esto y hace lo mismo el sistema no funciona. Tranquilidad; la mayoría del personal no lo va a leer, suele leer otros periódicos de mayor tirada y pedigrí. Peor para ellos.

 

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