CORSARIOS DE HOY

En otros tiempos más primitivos era más normal la figura del aventurero –conquistador, corsario, descubridor, llámesele como se quiera, incluso pirata o bandido, que a veces la diferencia es muy sutil- que abandonaba su hogar para viajar en busca de fortuna, afrontando peligros y azares, a lejanas e ignotas tierras. En algunos casos les guiaban intachables objetivos: levantaban mapas y cartas de navegación, clasificaban especies de los reinos animal, vegetal y mineral, fundaban misiones. Las más de las veces se apoderaban a sangre y fuego de tierras, haciendas, rutas comerciales, franquicias mineras, tesoros diversos e incluso personas humanas, y legitimaban sus fechorías en nombre de algún respetado monarca y de la fe cristiana. Las hordas de conquistadores se solían componen de nobles ambiciosos, segundones sin fortuna, mercenarios, comerciantes con pocos escrúpulos, proscritos, penados, huidos de la justicia, destripaterrones deseosos de liberarse del yugo señorial y del hambre. En fin, algunos de los súbditos más recomendables de cada reino, a quienes gustosamente y con alivio los reyes concedían su autorización o su patente de corso para surcar por remotos –cuanto más remotos, mejor- océanos y territorios. España, Portugal, Holanda, Francia, Inglaterra, han rivalizado en los últimos siglos en enviar a esta suerte de emisarios por los siete mares y los cinco continentes y gracias a ellos construir sus imperios coloniales y difundir la civilización europea por todo el orbe. En este siglo los gobernantes de esos países descubrieron que ya no les era cómodo ni conveniente mantener sus colonias –había medios mejores de hacer negocio con ellas- y devolvieron lo que todavía quedaba en pie a sus primitivos pobladores.

En los últimos años, sin embargo, ha reaparecido a la luz pública –la luz catódica de los televisores- una nueva casta de aventureros que viene a reverdecer las hazañas de aquellos antiguos conquistadores. Un grupo de ellos se convoca anualmente en algún punto del continente africano para competir en un alocado desafío que suele tener su meta o su salida en la ciudad senegalesa de Dakar. El patrocinio de los reyes ha dejado paso a quienes hoy de verdad detentan el poder, las multinacionales del comercio. La invocación religiosa ha sido sustituida por la superior apelación al deporte-espectáculo, uno de los principales becerros de oro del siglo XX. El botín que obtienen los vencedores del torneo ya no se lo arrebatan directamente a los indígenas de los desiertos, montañas y llanuras que atraviesan; los patrocinadores se ocupan previamente de recaudarlo y depositarlo en el punto de llegada. La extracción social de estos modernos corsarios que en vez de galeones, naos y carabelas pilotan coches, camiones y motos, es parecida a la de sus antecesores: aristócratas aburridos, deportistas varios, profesionales del cuento, currantes huidos de la monotonía de la línea de montaje, a los que hoy se une la tribu de periodistas que harán las crónicas de los lances de la aventura, parte fundamental de las mercancías de pacotilla que se venderán durante la empresa.

Parece ser que la expedición de este año ha sido amenazada por rebeldes tuaregs del norte de Níger –los mismos u otros que otros años ya asaltaron a los expedicionarios- y ha cambiado de rumbo. He oído en la radio a un conocido periodista que calificaba a los susodichos tuaregs de terroristas, demostrando su ignorancia sobre el terrorismo y sobre los tuaregs. El terrorismo es un fenómeno moderno, propio de las sociedades industriales y urbanas; lo que los tuaregs amenazan con hacer si la expedición pasa por sus tierras es lo que han hecho toda la vida –aunque ahora, probablemente, en vez de alfanjes porten armas automáticas-, lo propio de una cultura primitiva y nómada: asaltar a quien les invade sin pedir permiso y despojar de lo que puedan a los visitantes indeseados, en este caso a esa prepotente y obscena caravana empeñada en recorrer anualmente el Tercer Mundo haciendo publicitaria ostentación de riqueza y consumismo, dejando tras de sí en el desierto una estela de desechos y contaminación y alguna miserable propina para los aborígenes. Conste que no defiendo ese bandolerismo primitivo, poco compatible con las ideas civilizadas de nuestra sociedad. Pero me parece más comprensible, y menos peligroso, que el moderno filibusterismo de los organizadores y participantes en el Dakar, honorables miembros de nuestra civilizada sociedad occidental cuya forma de demostrar su superioridad cultural es aberrante.

 

 

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