Personajes y protagonistas
EL CORREDOR DEL
ENCIERRO
Si hay algún acto sanferminero de carácter masivo y popular que tradicionalmente se ha considerado incompatible con la existencia de protagonistas es el encierro. La referencia a los corredores se ha hecho siempre de forma genérica, “los mozos” (ahora también aunque menos “las mozas”), sin nombres ni apellidos. Los únicos que siempre han tenido nombre, apellido y hasta número son los toros. “Hoy corren los miuras”, decimos, o leemos en la prensa sobre el debut de “los victorinos” o que “los toros de Cebada Gago no dejaron ningún herido”. El indiscutible protagonismo del encierro ha sido el de los bóvidos. A diferencia de las crónicas de las corridas, donde se habla más de toreros que de toros, el relato del encierro se centra en lo que hacen los animales y sólo de pasada en los corredores.
De un par de décadas a esta parte a los cornúpetas les ha salido competencia. Algunos corredores no se conforman, como en otras épocas, con lanzarse al recorrido del encierro a distancia prudencial de los astados, correr todo lo que las fuerzas propias y los demás corredores permitan, ser alcanzados por la manada y retirarse prudentemente a un lado para dejar que los toros sigan su carrera sintiendo el alivio de no haber sufrido ningún percance y la satisfacción de poder presumir de su hazaña. Han decidido convertir la carrera ante los toros en una suerte más del arte taurino. Buscan el lugar y el momento para elegir un toro y meterse entre las dos astas; no les basta un fugaz instante sino que tienen que ir batiendo su propio récord en segundos y en metros recorridos pegados al bicho; no se dejan llevar por la masa en movimiento sino que a base de codazos se han de colocar justo en el espacio que han elegido.
La multiplicación de los corredores que no se resignan a ser uno más va unida a la proyección mediática del encierro. Empezaron los fotógrafos por publicar las fotos del encierro de cada día, bien en la prensa o bien en sus estudios, incitando al personal a querer salir lo más cerca posible del toro. Siguió la retransmisión televisiva, los resúmenes de la carrera y hasta los vídeos recopilatorios de las mejores escenas, provocando la comparación de las carreras de unos y las de los otros. Al público sanferminero se le fueron haciendo familiares los rostros de los más habituales en el empeño de aparecer ante la misma cara del toro, y algunos han dado el definitivo paso a la fama compareciendo como expertos en tertulias televisivas, mesas redondas para arreglar la fiesta y reportajes varios en medios de comunicación de todo el mundo, incluyendo la página web educativa que ellos mismos han contribuido a crear para “volver a la esencia” del encierro. La puntilla la han dado quienes mediante precio llevan publicidad en su camiseta y necesitan ponerse donde las cámaras les vayan a sacar.
Hace veinte años que una periodista catalana calificó a esos corredores que aspiran al estrellato mediático como “divinos” y la expresión ha hecho fortuna. Pero en Pamplona la calificación de divino ya no invoca las características de excelencia que tiene la palabra en el diccionario sino que resulta despectiva. En general, los divinos no caen bien. Se considera que el afán de protagonismo individual casa mal con el carácter original de la fiesta.
El episodio que más claramente ha puesto de manifiesto la mala prensa de los divinos ha sido el ocurrido con el monumento al encierro. El escultor encargado de la obra, bilbaíno no suficientemente avisado de la sensibilidad local, tuvo la ocurrencia de poner a una de las figuras de bronce la cara del divino más célebre. Más célebre y más aborrecido, todo hay que decirlo. Además de forastero (guipuchi, para más señas), es quien más se ha distinguido en cobrar protagonismo con innovaciones tales como dar cursos para correr el encierro anunciados en su propia página web. Aunque lo de incluir rostros auténticos en obras de arte es una costumbre consagrada (Miguel Ángel pintó al maestro de ceremonias papal en el infierno, en el monasterio de Samos como Poncio Pilato está retratado el gobernador civil de la época, y en la vidriera del salón municipal de sesiones de Pamplona figura el anterior secretario como escribano de Carlos III) el veredicto popular fue inmediato y obligó al Ayuntamiento a exigir cambios en la escultura. Nada de caras conocidas, todas deben ser anónimas. Por ahora en el monumento, el deseo subyacente es que sucediera lo mismo en la propia realidad del encierro.
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